El ciudadano ilustre (4)

  27 Diciembre 2016

El límite sutil entre realidad y ficción

el-ciudadano-ilustre-1Directamente desde Argentina, llega en las salas de cines españolas El ciudadano ilustre, una película de los directores Mariano Cohn y Gastón Duprat.

El filme demuestra una originalidad que reside, sobre todo, en su estructura narrativa, ya que se desarrolla en dos niveles distintos. Por un lado, es la historia-recuerdo de un escritor que cuenta su experiencia de volver a su pueblo natal; por el otro, se enfrenta a una sutil crítica social que no carece ni de cinismo ni ironía a la hora de lanzarse hacia la forma más baja de los límites humanos: la ignorancia. Sin embargo, este segundo aspecto, se insinúa clarísimamente sólo al final, como una revelación sorprendente y ambigua.

La película, de hecho, está contada según la estructura de una novela, dividida en capítulos. Esta elección le confiere una ambigüedad en su significado: ¿se trata de una historia real o ficticia? Es reto del espectador descubrirlo y encomendarse a su interpretación.

La historia tiene como protagonista a Daniel Mantovani, escritor argentino afincado en Barcelona. Premio Nobel de literatura, Daniel es un hombre esquivo y difidente hacia cualquier tipo de evento público. Aunque se niegue en participar en los actos que lo ven protagonista, decide volver a Salas, su pueblo en Argentina, para recibir la ciudadanía honorífica.

Notamos que, inicialmente, la llegada de Daniel es acogida de forma auténtica y espontanea por parte de sus viejos amigos, familiares y gente de Salas. Todos le demuestran gran admiración y respeto, ofreciéndole la posibilidad de expresarse, aunque se trate de un pueblo pequeño y con pocos estímulos culturales.

A pesar de esta situación inicial, poco a poco sus “adeptos” empiezan a mezclar la ficción con la realidad, sin darse realmente cuenta de lo que ha ocurrido de verdad y de lo que viene de las palabras escritas; algo que sucede porque Daniel empieza a difundir su libro entre su gente, con la esperanza de conseguir comprensión y empatía, pero lo que obtiene es solo confusión.

La impresión es que trasluce es que él no se puede comunicar con todos los que lo rodean: nadie lo entiende. Así que Daniel empieza un “cara a cara” con su pasado, un proceso de comparación entre lo que era antes y lo que es ahora, dándose cuenta de que se ha quedado estancado dentro de este mismo pasado: el único cambio cumplido ha sido huir, escapar y evitar el contacto con su vida de antes.

Daniel pasea por las calles de Salas, pero las imágenes que aparecen son solo las de un lugar desolado, vacío y melancólico. El pueblo se ha quedado atrapado en un pasado hecho de episodios que la gente continua reconociendo dentro de las novelas de Daniel.

Sin embargo es con esto que juega todo el sentido de este filme. ¿Es lo que vemos real o es ficción? Todo se mantiene en un equilibrio precario sobre este hilo misterioso y cínico, donde un escritor intenta, sin muchos resultados, rescatar su infancia, su juventud, sus rostros familiares y sus recuerdos desenfocados, bajo forma de novela.

“¿Acaso importa si algo en mi libros haya ocurrido de verdad o menos? ¿Esto desacredita mi habilidad de escritor?”. Es con esta afirmación que Daniel excava dentro del significado más intrínseco de la producción artística, mientras nos preocupamos simplemente de averiguar si algo ha pasado realmente o no. Es esto lo que nos importa, aunque lo esencial es cómo un artista nos presenta su obra.

Así que, entre unos tonos nostálgicos que recuerdan en algunas escenas a Totó, el protagonista de Cinema Paradiso, Daniel vive en la eterna consciencia de que no son los lugares que cambian, sino nosotros mismos.

La película posee una fuerza reveladora muy considerable, ya que trata de poner en evidencia la ignorancia no como falta de cultura o de intelectualidad, sino de apertura, de capacidad de “abrirse” a nuevos estímulos.

Daniel dice: “Érase una vez un pueblo donde no existía la palabra libertad. Esto porque los que vivían en esta población ya eran libres”. Con esto, el protagonista marca el hecho de que cuanto más nombramos algo, más pierde su valor, sobre todo la cultura. Hoy en día hay una ostentación de la palabra cultura que hace de ella algo privado de validez, concepto que Daniel remarca continuamente en esta película, refiriéndose a las instituciones, por ejemplo, cuando recibe el premio Nobel, o contradiciendo a la gente común cuando llega a Salas.

La fuerza de esta película y el haber conseguido diferentes premios (mejor actor protagonista a Oscar Martínez en el último Festival de Venecia), se deben a la valentía de proponer una crítica sutil con ironía y cinismo, contra una mentalidad cerrada que sólo quiere saber la verdad, sin quedarse en el juego artístico de aceptar la ficción tal y como es.

Ver y observar más allá de las propias líneas de confort para separarnos de un pasado que protege y que, sin embargo, nos convierte en ciegos.

Escribe Serena Russo

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