LA FAMILIA SAVAGES (3)

  11 Abril 2008
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Título original: The Savages
País, año: Estados Unidos, 2007
Dirección: Tamara Jenkins
Producción: Ted Hope, Anne Carey y Erica Westheimer
Guión: Tamara Jenkins
Fotografía: W. Mott Hupfel III
Música: Stephen Trask
Montaje: Brian A. Kates
Intérpretes:

Philip Seymour Hoffman,  Philip Bosco,  Peter Friedman,  David Zayas,  Gbenga Akinnagbe, Laura Linney

Duración: 113 minutos
Distribuidora: Hispano Foxfilm
Estreno: 4 abril 2008

Asumir la vida a través de la muerte
Escribe Daniela T. Montoya

El llamado cine independiente estadounidense se asienta en historias agridulces similares a la que relata Tamara Jenkins en La familia Savages (The Savages, 2007). En ésta, la demencia del septuagenario de los Savages, que ha degenerado en un carácter arisco, es el causante del rencuentro familiar. Esta nueva convivencia forzada hará que los protagonistas expongan el poso de pesimismo que arrastran lafamiliasavages3.jpgen su intimidad. Es decir, el guión crea una situación “extrema”, que provoca una reflexión sobre sus alicaídas existencias, para generar un movimiento catárquico hacia una vida más feliz.

La aproximación a la muerte es un paso difícil de dar, más aún si el proceso es lento, progresivo e irreversible. Asistir al decaimiento físico y mental de un ser próximo resulta doloroso, pero Tamara Jenkins sabe extraer una visión positiva en La familia Savages, caminando por la cuerda floja ente el drama y la comedia. Sin caer en uno ni otro bando, Jenkins marca su propia ruta manteniendo una distancia próxima a los co-protagonistas, los hermanos Wendy y Jon (magníficos Laura Linney y Philip Seymour Hoffman).

A raíz de una llamada telefónica, nos asomamos a sus desanimadas existencias. Observamos cómo ambos contemplan, entre asombro él y cierta envidia ella, los centros idílicos que los geriátricos prometen a sus clientes para gozar de los últimos días de sus vidas; pero la cámara aleja su mirada cuando su integridad anda por los suelos. No es cuestión de juzgar, ni hundir, sino que es preciso dejar un poco de aire, tomar un respiro, para poder darse/darnos cuenta de que las hermosas palmeras bajo el cielo azul son sólo decorado.

Polos opuestos, los hermanos se reencuentran tras muchos años sin verse. Jon, quien paradójicamente es profesor de drama en la universidad, es quien asume el papel más práctico. Quizás cínico, quizás egoísta, opta por una solución directa del problema. Por su parte, Wendy renuncia a aceptar la decrepitud de la vida y se aferra a cualquier cosa que ponga un poco de color a su monotonía gris. Una lámpara, lafamiliasavages1.jpgun gato, un ficus, cualquier detalle, por pequeño que sea, adorna su estampa diaria. Los hermanos tienen estilos de vida diferentes, una distinta forma de sobrellevar el presente, pero coinciden en cómo encaran el futuro: rehuyendo un compromiso serio consigo mismos.

La presencia de la figura paterna les retrotrae figurativamente a su infancia. Apenas hay recuerdos de cuando vivían juntos de pequeños, pero ante su padre siguen siendo como críos. La debilidad de la memoria de Lenny puede inducirle a una percepción infantil de sus hijos Jon y Wendy, pero en realidad son éstos los que se comportan ante él como auténticos niños, indecisos, dubitativos e incapaces de asumir la responsabilidad de tener que decidir. Ambos encadenan preguntas estúpidas, o en el coche discuten por tonterías que es mejor no oír, o antes de hora se comen las galletas de un encuentro social. Son sólo críos que zigzaguean entre sus carencias, a la espera de encontrar el coraje para dar el paso decisivo.

A pesar de que el montaje de La familia Savages pueda resultar tópico, hilvanando las secuencias con incisos sonoros extradiegéticos (cual carteles que indican el paso al siguiente round), tanto la delicadeza del guión de Tamara Jenkins, como la sinceridad que transmiten las lafamiliasavages2.jpginterpretaciones de ambos protagonistas, logran conformar un retrato profundo sobre la proximidad de la muerte, pero también sobre el paso de los años, el autoengaño, el coraje, la soledad, la vergüenza, la culpa, la felicidad y el sentirse orgulloso de uno mismo.

Muchos matices sobre el peso de la existencia, frecuentemente eludidos en la mayoría de películas estadounidenses, pero que son próximos al sentir de Todd Solondz en, por ejemplo, Bienvenidos a la casa de muñecas (Welcome to the doll house, 1995) o a Miranda July con Tú, yo y todos los demás (Me and you and everyone we know, 2005), o incluso American Splendor (2003).

Pedazos de realidad, que acontecen lejos de las ensoñadas casitas de muñecas con cielo azul, y que Jenkins describe con soltura.

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