Experimenter (2)

  04 Octubre 2016

Experimento fallido

experimenter-1Desde hace un tiempo se prodigan en cartelera muchos biopics de personajes considerados grandes intelectuales que han trascendido su condición de académicos para saltar, por uno u otro motivo, a la esfera de lo público. Es de agradecer esta reivindicación de sus vidas, aunque como se ha sugerido, entre los motivos abunde muchas veces lo banal o incluso lo chabacano.

A este ámbito podrían pertenecer películas como Una mente maravillosa (Ron Howard, 2001), Kinsey (Bill Condon, 2004), Hannah Arendt (Margarethe Von Trotta, 2012), Descifrando enigma (Morten Tyldum, 2014) o La teoría del todo (James Marsh, 2014). De todas éstas, quizá sólo Hannah Arendt y en menor medida Descifrando enigma, profundizan a niveles verdaderamente respetables en la vida del personaje sin edulcorar el metraje con relaciones amorosas que a veces se convierten en excusa para hacer avanzar la trama y sobre todo abrirse al gran público.

Con Experimenter podemos encontrarnos ante un enfoque novedoso —lo que es de agradecer— en la manera de tratar estos necesarios biopics: aunque sigue sin eludirse el aspecto emocional del personaje, focalizado en su relación con su esposa —una comedidísima y bien madurada Wynona Ryder— éste no interfiere en una historia que realza la vida intelectual de Stanley Milgram, un psicólogo social revolucionario y provocador que, como Arendt, se atrevió a desenmascarar los monstruos que habitan en nuestra arquitectura racional y moral, base de la convivencia y desavenencia social y que a su vez es fruto de los más crueles enfrentamientos entre las diversas comunidades de nuestra especie.

En este aspecto, su originalidad reside no sólo en mostrar la permeabilidad entre la vida académica y social —Hannah Arendt ya señaló cómo la osadía y la sinceridad intelectual podían crearle a una persona honesta enemigos irreconciliables, más aún entre propios que ajenos—, sino sobre todo en la manera en que esa permeabilidad se traslada al inconsciente colectivo en forma de curiosidades sociológicas de las que todos hemos oído hablar pero que no sabemos de dónde provienen, como los famosísimos “seis grados de separación” o el truco de quedarse mirando hacia lo alto para que la gente se pare a imitarte sin saber qué mirar.

En menor medida, a Experimenter podría agradecérsele también su capacidad para dar a conocer los más famosos —y terribles— experimentos de Stanley Milgram sobre la obediencia a la autoridad. Si bien es cierto que la mayor parte de la gente versada en una u otra rama de las ciencias sociales ya ha oído hablar de ellos, no lo es menos que el común de los mortales no lo ha hecho, y esa es una falla que, siendo coherentes con la intención de Milgram, no puede obviarse: el catedrático de psicología quería mostrar oscuros aspectos de nuestra naturaleza gregaria y sumisa como modo de desenmascarar la conducta gravemente perjudicial derivada de los mismos. Este desvelamiento actuaría como ejemplo moral negativo, de manera que las personas que lo protagonizasen quedasen sobre aviso sobre sus posibles consecuencias.

No estaríamos en este sentido muy alejados de una suerte de educación moral, mediada por la adquisición de la consciencia sobre nuestros irreflexivos instintos, basada en la pura ciencia experimental. La película de Michael Almereyda acierta sin duda en el cumplimiento de este propósito.

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Pero Experimenter falla en casi todo lo demás: de tan académica, resulta fría, y en ocasiones impostada: muchas veces nos parece estar contemplando un documental, dada la planicie expositiva, pero que además adolece de falta de profundidad en las explicaciones y ausencia de datos muy relevantes, como estadísticas y extrapolaciones por país, género y época, que a pesar de mencionarse, no se concretan.

El trabajo actoral viene a redundar en esta planicie: Peter Sarsgaard está completamente hierático, y a veces ridículo, con una barba de atrezzo que recuerda a la de las mujeres de La vida de Brian; la réplica de Ryder es, como ya hemos dicho, correcta, pero su personaje carece de relevancia y profundidad, y esto es a todas luces injusto para una actriz que ha crecido enormemente en sus registros interpretativos y es consciente de su edad y su estatus, huyendo en su reciente carrera del botox y de la torpe sexualización de sus personajes.

Hay además un fallido intento de dotar de originalidades escénicas a la película: los fondos fijos en blanco y negro ya han sido ensayados por Von Trier y Godard con mayor fortuna, sin poder atribuirle el descubrimiento a Almereyda; la inclusión de animales en planos excéntricos —como el elefante en un pasillo tras Milgram— son de tan epatantes, una muestra de exagerado efectismo. Las constantes violaciones de la “cuarta pared” por el personaje de Sarsgaard y su recurso a la narración autobiográfica desde el más allá, son por un lado excesivas y por el otro manidas, y no ayudan a mejorar la consideración de una película que es casi incapaz de generar emociones.

Experimenter se queda así en un insatisfactorio medio camino entre el documental y la película, pero a pesar de estas carencias, al menos hay que agradecerle que no airee las intimidades de los personajes para lograr la devoción del respetable. Esta película, en fin, puede sorprender a los legos no por su calidad cinematográfica, sino por la grandeza de los logros intelectuales de Milgram. Debemos contentarnos con decir que algo es algo, y que ese algo resulta válido al menos para recuperar su proyecto y su memoria.  

Escribe Ángel Vallejo

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