Kubo y las dos cuerdas mágicas (3)

  26 Septiembre 2016

El arte de contar historias

kubo-1Esperaba con ganas el estreno de Kubo, última película de la emergente y cada vez más sorprendente Laika, productora de Los mundos de Coraline, El alucinante mundo de Norman y Los Boxtrolls. Y lo esperaba con ánimo de desdecirme —en parte— de una crítica parcialmente injusta que publiqué en esta misma tribuna con ocasión del estreno de Los Boxtrolls.

En aquel momento, tras un único visionado, me pareció que a su argumento le faltaba enjundia. Pero como afortunadamente gozo de la compañía de dos hijos que me obligan a revisar una y mil veces las películas infantiles de los últimos tiempos, he podido rectificar esa impresión equivocada con respecto a ella y además me he puesto sobre aviso a la hora de visionar con cuidado la historia de Kubo.

Por debajo de su aparentemente simple arquitectura argumental y su minuciosa escenografía, que había llevado al límite de lo creíble la magia del stop motion, Los Boxtrolls realizaba una fina disección de los mecanismos del poder absoluto y sus cloacas, ilustrando el funcionamiento de la propaganda del miedo con una reflexión sobre la obediencia acrítica, la naturaleza del bien y del mal, y glosando los fundamentos prejuiciosos de la xenofobia. Ello vino a mostrar al espectador descuidado que fui, cómo la preocupación por dotar de un sustrato moral o reflexivo a sus películas no era ajena a los creadores de Laika.

En Kubo sucede, de igual modo, que sus deslumbrantes virtudes artísticas y creativas y sus hallazgos visuales pueden hacer pasar por alto una notable carga narrativa y poética no meramente estética.  

Kubo, dirigida por Travis Knight, que hasta ahora había sido animador, productor y presidente de Laika, mantiene algunas de las señas de identidad de la productora: su gusto por lo paranormal, por la narrativa mítica y por los personajes que, casi contra el mundo, maduran y crecen a lo largo de una aventura plagada de magia. Hay además, como es tradición, un ligero toque de humor y una nada disimulada crítica hacia lo más sagrado de ciertas instituciones que visible o invisiblemente, nos atenazan o aprisionan.

Kubo hace tema también de una especie de impuesto tránsito hacia la madurez con toda su problemática implícita. Por ello, la película se torna en ciertos momentos seria y oscura —quizá más de lo esperable para una historia infantil— aunque no abandone nunca por completo los cánones de su género.  

En ella se narran las aventuras de un niño perseguido por poderes oscuros que buscan alejarlo del mundo de los mortales de una manera poco delicada. Kubo, el protagonista, alterna el cuidado de su madre —una criatura extrañamente autista que parece resurgir al anochecer—, con la ganancia del sustento de ambos gracias a funciones teatrales con personajes de origami.

Kubo es un niño que cuenta historias, pero por circunstancias vitales debe convertirse en un guerrero. El eterno dilema entre la pluma y la espada se resolverá al final de un largo y tortuoso camino en el que se hace una reivindicación casi nietzscheana de los goces y padecimientos vitales: los olores, sabores —sean éstos agradables o repugnantes—, e incluso los dolores físicos o emocionales, son una muestra de que estamos vivos, de que la vida es hermosa y terrible, y de que, por añadidura, ésta no tendría sentido sin música.

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Así, la versión de While my guitar gently sweeps de George Harrison que cierra el filme es un broche magnífico a una película dulce y amarga a la vez, que celebrando la belleza y la vida, no elude los sinsabores del dolor y la muerte.

Hay sin embargo, en su muy bien planeado desarrollo narrativo, un volverse a la vida que —también como en Nietzsche— da la espalda a los dioses, sobre todo a aquellos que predican la eternidad, la infinitud y la omnipotencia. Hay una reivindicación del arte, de la escritura y de la amistad que no niega sin embargo la posibilidad del conflicto: Si Sun Tzu escribió su Arte de la guerra, puede decirse que Travis Knight y Laika nos han ofrecido un sabio complemento con su Arte de contar historias. Hay, en fin, un elogio del humor sencillo, el que se desprende de lo cotidiano y que nos hace vivir con tenue pero constante alegría.

Fuera de los elogios, poco hay que decir de un apartado técnico deslumbrante: en Kubo el arte de la animación fotograma a fotograma ha sido llevado casi hasta la perfección, y si ésta no ha sido alcanzada se debe sólo al hecho de que una stop motion no puede dejar ver que no lo es: los pequeñísimos saltos de fotograma son el marchamo de la pureza. En compensación, los movimientos que realizan las marionetas son tan complejos que quitan el aliento cuando uno se pone a pensar cuántas horas se han dedicado a fotografiarlos. La expresividad facial de los personajes es, de tan delicada, enormemente emotiva.

Algunos puristas pueden sugerir que Laika se ha ayudado del CGI en esta película; a éstos habría que decirles que, en primer lugar, su uso está restringido a paisajes fantásticos no recreables por maquetas o a la inserción de fantasmas que no pueden tener apariencia sólida, y que aún así, éstos se han construido como marioneta para darles luego apariencia espectral. En segundo lugar, que hasta elementos de los que sería impensable hacer una maqueta —como el océano— se han modelado físicamente de manera que no se traicionase el espíritu de la stop motion.  El CGI ha sido un elemento auxiliar que enriquece un trabajo minucioso, y en absoluto lo desprestigia.

Queda poco por señalar en una película que, haciendo referencia al mundo oriental, trata temas universales. No es ilícito compararla en alguno de sus pasajes y temática a la magnífica El cuento de la princesa Kaguya de Ghibli, pero ello no es desprestigio para una obra honesta y entretenida, sin las ambiciones testamentales de la obra cumbre de Takahata.

Knight y su pléyade de mágicos menestrales aún tienen mucho que ofrecer en el supremo arte del entretenimiento. No podemos sino congratularnos de que esa aparente coincidencia argumental pudiera interpretarse como la recogida de un luminoso testigo.

Escribe Ángel Vallejo


Más información sobre la productora Laika:

Los Boxtrolls

El alucinante mundo de Norman

Los mundos de Coraline

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