Théo & Hugo, París 5:59 (3)

  25 Julio 2016

Conociéndonos

theo-et-hugo-1El título completo de esta tan singular como interesante película es, o debería serlo, sugerente para el espectador: Théo & Hugo, París 05:59. Indica la situación en que se encuentran, al verse y tocarse por primera vez, antes de explorarse físicamente, y convencerse de que necesitan más, porque tanto manos como hombros, muslos y tórax son insuficientes para una relación que vaya más allá de esos momentos.

El comienzo es explícito y alargado: sauna a media luz llena de hombres, de variada edad y condición, tocándose y besándose unos con otros, en un alarde de que allí todo está permitido y que es muy bueno y placentero comportarse así. ¿Por qué esta secuencia dura casi 20 minutos? La respuesta la tendrán, suponemos, Olivier Ducastel y Jacques Martineau, sus directores.

La relación que se establece entre Théo y Hugo, con la que ambos están muy en consonancia, les lleva a deambular por las calles parisinas, casi solitarias de una noche a punto de ser madrugada, buscando conocerse mejor; saber más el uno del otro, desde el porqué de su atracción física al hecho, al margen de estar muy a gusto en mutua compañía, de que su futuro podría ser en común.

Esa duda sobre dicho futuro ¿es por la forma de haberse conocido? ¿Por las circunstancias de unos cuerpos al albedrío del que quisiera? ¿Por ese prurito de que el sentimiento debe ser anterior al contacto? Las imágenes que Ducastel y Martineau muestran inciden en un principio de promiscuidad, acompañado por la resolución, muy evidente, de que hacen así porque así quieren; y hasta porque lo necesitan.

Siempre es natural querer saber algo más del ser con el que compartimos abrazos y caricias; y más si se nota, por ambas partes, que al encontrarse a gusto podría revelar que la dependencia física debe sustentarse con una mentalidad que les lleva a conocerse mejor. En otras palabras, el sentimiento nace, mejor, se manifiesta al cumplirse la regla, no escrita, de que si están en armonía físicamente ¿por qué no mentalmente?

Es muy acertado que el cine, sus imágenes y secuencias, indaguen en nuestro comportamiento. De esa manera sabremos más de nosotros mismos y de quienes nos rodean. De ahí, tal vez, lo alargado de la secuencia inicial: para que nos dé la sensación de que no debe ser solamente carne todo lo que reluce. Que siempre hay un más allá, o debería haberlo, en la mente, el conocimiento y las imágenes que nos conforman.

Se agradece la labor de los protagonistas, Geoffrey Couet (Théo) y François Nambot (Hugo), por su sinceridad y su naturalidad ante la cámara; de la misma manera por un montaje bastante acertado. Tal vez se eche de menos mayor implicación en ese conociéndonos que sustenta la película. Esperemos que se vea con naturalidad y que nadie se escandalice.

Y aunque no sea una película perfecta, en cualquier sentido que a dicha palabra queramos darle, es merecedora de ser vista y recordada. Entre otras cosas por su valentía, su honestidad y ese toque de sinceridad acompasada, dados los tiempos que vivimos.

Escribe Carlos Losada

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