High-Rise (3)

  25 Mayo 2016

Arriba y abajo

high-rise-1Ben Wheatley es uno de esos directores que ha ido haciéndose un hueco lentamente entre los circuitos minoritarios de culto, los festivales de cine alternativos y los paladares serios del fantástico más paroxístico. Por eso, no es de extrañar que haya sido High-Rise la cinta que termine por abrirle las puertas a un cine más mainstream sin perder sus señas de identidad.

Para empezar, porque el plantel de estrellas que componen el mosaico actoral de la obra es a todas luces envidiable: Tom Hiddleston, Sienna Miller, Jeremy Irons, Elizabeth Moss, Luke Evans o James Purefoy son los nombres más destacados aunque aún hay toda una ristra de actores magníficos que sustentan todo el entramado de este rascacielos infernal.

Para continuar, porque Wheatley adapta uno de los textos más queridos por el público del autor, lo que convierte a esta película en el proyecto más ambicioso de su realizador. Amén de que Wheatley se mantiene fiel a todo su potencial cinematográfico desplegado en sus obras anteriores aunque esta vez con resultados seguramente superiores.

Todo comienza de forma muy normal, a mediados de la década de los 70, con la llegada del doctor Robert Lain, quien se muda a su nuevo apartamento situado en un elitista edificio a pocos kilómetros de Londres, un lugar donde busca tranquilidad y anonimato. Sin embargo, se topa con sus vecinos y la especial estructura social del edificio, lo que despertará sus deseos y miedos más profundos.

Finalmente, Robert se decide a formar parte de este nuevo orden, luchando por encontrar su lugar en el epicentro del mismo. Cuando las luces se apaguen y la gente del inmueble pierda el control, la salud mental de este médico se desintegrará en una espiral de fiestas, bebida y sexo que terminará de forma inesperada.

Dentro del rascacielos

Para la obra de Ballard, y por la que Wheatley muestra absoluto respeto y fidelidad, es el propio edificio el que se convierte en un monstruo multiforme que hace las veces de sociedad completa y estratificada, con un sistema de jerarquización y castas que empieza en las capas más bajas (las primeras plantas del edificio) y termina en la cúspide del propio inmueble con, cómo no, la plena soberanía de esta sociedad cerrada.

El edificio proporciona todo lo que necesitan sus inquilinos a priori, tiene gimnasio, supermercado y un sinfín de espacios y comodidades que hacen que el salir del propio bloque sea superfluo. El edificio se convierte en la misma vida y esa cotidianeidad reiterada hace que la estabilidad de este núcleo urbano se vaya al traste.

En este sentido, su director crea una bomba de relojería que dura unas dos horas y que está planificada para que el descontrol vaya in crescendo. Pese a tener secuencias un poco reiterativas (aunque quizás estén ahí puestas con toda la intención), el carácter surrealista y marxista de la propuesta hace que ésta sea completamente radical y fuera de lo que estamos acostumbrados a ver.

Wheatley sabe como tratar el tema de la lucha de clases y de la supervivencia social con un imaginario onírico, poderoso y con unas secuencias que son difíciles de olvidar.  Con el gran añadido de estar mostrando todo un despliegue de ideas antropológicas sobre el ser humano, su comportamiento y sus vicios más bajos. En este sentido, Tom Hiddleston se revela como una elección inmejorable en quizás su más completa y compleja interpretación hasta la fecha.

Él es el rostro de la dualidad, de lo ambiguo, de la bondad corrompida y la corrupción bienhechora y ejemplifica perfectamente como se puede dejar arrastrar cualquiera por esa progresiva depravación sexual y social, que termina en el montaje de trincheras por plantas y en un estado de emergencia sólo salvable por un nuevo reinado y por el matriarcado como lema de mando.

High-Rise es una película densa, compleja, larga e imperfecta que, sin embargo, cuenta con algunas de las ideas más frescas tanto narrativas como visuales del pasado año. Desde luego, se trata de casi una experiencia artística proveniente del hipermodernismo distópico, como si de un ready-made cinematográfico se erigiera ante nosotros para hablar de la alienación social y contemporánea. Sólo por ello, merece ser vista.

Escribe Ferran Ramírez

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