Zootropolis (3)

  10 Marzo 2016

La pixarización de Disney

zootopia-1Es conocido el recurso de las fábulas clásicas a la prosopopeya, una suerte de antropomorfización en la que no se impone específicamente a los animales la forma de los seres humanos —aunque muchos de ellos aparecen en los dibujos como bípedos— sino que se les atribuyen rasgos personales para recrear con mayor cercanía situaciones dramáticas.

En Zootrópolis debemos hacer notar que su propio nombre refiere a esta antropomorfización, enriquecida con una perspectiva sociológica (zoos, anthropos, polis), pero también que el filme se apunta a una tradición reciente —ya evidenciada en películas como Fantástico Mr. Fox de Wes Anderson— que hace que la personificación aparezca un tanto regresiva, en la medida en que se juega con las características biológicas de los irracionales —sean reales o idealizadas por la perspectiva humana— para dotarlos de cierta idiosincrasia animal.

Así, los zorros son depredadores astutos y poco fiables, los perezosos hacen honor a su nombre con unos biorritmos inusualmente lentos, los conejos se reproducen siguiendo una curva exponencial y los lobos aúllan constante y gregariamente sin razón aparente más allá de la exigencia de sus propios instintos.  

Pero lo que Zootrópolis ha conseguido es dar una vuelta más de tuerca a esta tendencia, de manera que esta aparente regresión en la prosopopeya ha conseguido acentuar aún más los rasgos humanos. Así, las diferencias, digamos, socio-biológicas, refieren a caracteres indeseablemente antropológicos —como los prejuicios raciales o clasistas, la discriminación positiva o el individualismo exacerbado que nutre las raíces del sueño americano— como para señalar lo que de "animal" —en un sentido despectivo— queda aún en nuestros comportamientos sociales.

La consecuencia de esto es una película de alto nivel crítico que no chirría en los ojos y oídos infantiles, una de las características que siempre hemos admirado en Pixar. En este caso, encontramos una perfecta adecuación entre la forma visual y el contenido sarcástico: perezosos que se encargan de la administración y la burocracia, conejos que son granjeros conservadores o lobos que son guardaespaldas, bestias de alta agresividad y tonelaje que son policías, un alcalde que es un león y un zorro que es astuto sobre todo para bordear los límites de la legalidad...

Pero abundando en estos hallazgos, también podemos señalar multitud de guiños cinéfilos y televisivos que harán las delicias de los papis —las referencias al Disney clásico del Rey león o Bambi junto a películas como El Padrino o series de televisión como Breaking Bad—, y por último, un exquisito humor blanco que se sustenta, paradójicamente, en nuestra capacidad para pensar lo obsceno: la secuencia de los animales budistas-hippie-nudistas es digna de figurar en los anales de la cinematografía con subtexto de doble y hasta triple sentido.

Pero Disney ha ido un paso más en su pixarización: algo que tan sólo se apuntaba en Frozen —el abandono del icono del príncipe azul o el amor verdadero— o Big Hero 6 —la sustitución de la venganza sobre el villano por la redención y capacidad de perdón del protagonista— adquiere aquí tintes nuevos: hay una nada disimulada crítica hacia los valores tradicionalmente impuestos por las películas de Hollywood que glorificaban el self-made man y llamaban a cumplir el sueño americano.

Además, no deja de señalarse la injusticia axiológica de lo políticamente correcto, ridiculizando hasta el punto de lo grotesco esa querencia por la hipocresía y el lavado de mala conciencia que algunos quieren confundir con el respeto a la diferencia.  

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Pero lo más importante de esto es la capacidad de los ideólogos de esta renovada Disney —entre los que naturalmente, se encuentra John Lasseter— para señalar esos prejuicios como insertos en el inconsciente colectivo y después denunciarlos.

No puedo dejar de sorprenderme ante la habilidad y osadía de una táctica que consiste en hacerte creer que la película va de una cosa —cumplir tus sueños gracias al esfuerzo— y ver cómo puede convertirse en otra —darte cuenta de que a pesar de lo noble de tus aspiraciones, también puedes estar muy equivocado— casi sin que percibas que entre medias te han contado una historieta de policías con la que tus hijos han disfrutado de lo lindo.

Éste es un juego de espejos soberbio, planteado según la consabida prosopopeya y en torno a un trabajado argumento a varios niveles, que consigue mostrar un problema real señalando sus consecuencias  sin moralinas o efectismos soeces.

Es cine inteligente y de altura, dotado también de una factura técnica soberbia, y un ritmo muy equilibrado: es notabilísima también su capacidad para insertar rupturas en la acción que consiguen transmitir lo que está sintiendo la protagonista. Todo aquél que hay podido ver la secuencia de los perezosos en el tráiler, sabe de qué estoy hablando.

¿Y entonces, cuáles son los defectos de Zootrópolis? ¿Por qué no una nota más alta?

Pocos son, en verdad, los peros en una película singularmente entretenida. Si acaso puede señalarse que la historia policíaca sobre la que se construye este artefacto de precisión es bastante simple. A veces uno tenía la sensación de estar viendo un capítulo más de alguna serie de televisión para niños, lo que de alguna manera habla de una inadecuación entre lo que ofrece como espectáculo y como fábula moral.

Pero uno debe preguntarse hasta qué punto puede exigirse complejidad argumental en una película para niños, y responderse que quizá no sea necesario enriquecer esta historia hasta el punto de crear un clásico eterno, porque revisitando alguno de esos ejemplos míticos de la Disney, puede que nos encontráramos con una desagradable sorpresa al comparar los valores que sustentan a la una frente a los otros.

Eso sí, esta riqueza argumental, marcaría la diferencia entre una buena película y una fábula clásica. Aunque quizá sea sólo cuestión de tiempo que Zootrópolis pueda considerarse un hito en este sentido.   

Escribe Ángel Vallejo


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