PING PONG (3)

  29 Marzo 2008
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Título original: Pingpong
País, año: Alemania, 2006
Dirección: Matthias Luthardt
Producción: Niklas Bäumer, Anke Hartwig
Guión: Meike Hauck y Matthias Luthardt
Fotografía: Christian Marohl
Música: Matthias Petsche
Montaje: Florian Miosge
Intérpretes: Sebastian Urzendowsky,  Marion Mitterhammer,  Clemens Berg,  Falk Rockstroh
Duración: 89 minutos
Distribuidora: Sherlock Films
Estreno: 28 marzo 2008

Disfunción del éxito social
Escribe Daniela T. Montoya

“Debajo de esa fantasía de fama hay otro sueño, el sueño de no disolverse ni permanecer en esa chatura gris, en esa masa insípida de productos sin rostro, el sueño de convertirse en un producto admirado, deseado y codiciado, un producto muy comentado, que se destaca por sobre esa aglomeración informe, un producto insoslayable, incuestionable, insustituible. Ésa es la materia de la que están hechos los sueños, y los cuentos de hadas, de una sociedad de consumidores: transformarse en un producto deseable y deseado”.
                                                     Zygmunt Bauman: Vida de consumo.

La plenitud material de las sociedades consumistas ha traído como consecuencia la insustancialidad de la existencia. Una vez cubiertas las necesidades básicas con la sobreabundancia de productos, la urgencia de alcanzar el éxito social se convierte en una patología. Produce pavor la mera posibilidad de quedar excluido, de formar parte de esa inmensidad de gente anodina que constituye “la infraclase de los desconocidos”.

pingpong1.jpgPor ello, ser acogido en un colectivo pasa a ser una premisa básica del desarrollo personal. No tanto, ya, por facilitar la convivencia al circunscribirse a un ámbito jurídico-ético (según postulaban Hobbes y Rousseau hace un par de siglos), sino por delimitar un círculo de posibilidades (y, también, limitaciones). Acatar las normas internas, implicará el reconocimiento, mientras que el férreo respeto a sus convenciones abrirá las puertas al prestigio.

¿Hasta dónde, pues, suplantar la vida personal por alcanzar el éxito social? Esta es la pregunta que sale a flote a lo largo de Ping Pong (2006), del alemán Matthias Luthardt. Sorprendente estreno en el largometraje, Luthardt, rápidamente capta la atención del espectador con esta historia sobre una familia acomodada que, de imprevisto, recibe la visita de Paul, un joven de 16 años.

Tras el suicidio de su padre, Paul desembarca en la casa de su tío Stefan para pasar unos días. La mujer de éste, Anna, se encargará sutilmente de sacar a flote las viejas rencillas que, desde hace tiempo, separan ambas familias. Pero los viejos conflictos no son la única distancia porque para Paul, un chico modesto y trabajador, la idílica casa en mitad del bosque de su tío es un mundo aparte.

pingpong2.jpgEn esa especie de refugio intacto, en mitad de la naturaleza, pasan los días armoniosos de la familia burguesa: el padre, alto ejecutivo, mantiene satisfactoriamente el alto nivel de vida que demanda su estilo de vida; Anna, que bien podría recordar al personaje de Natalie Baye en Mi hijo (Mon fils à moi) de Martial Fougeron, recrea a la perfección su papel de esposa, madre y ama de casa; y el hijo adolescente Robert, virtuoso del piano, prepara una audición para entrar en una selecta escuela. Pero la introducción en esta estructura armoniosa de un elemento discordante, el propio Paul, demolerá la fachada de la foto familiar.

Luthardt, quien también coescribe el guión de Ping Pong junto a Meike Hauck, realiza una película elegantemente cautivadora. El adolescente Paul, quien a ratos recuerda la ambivalencia inquietante del protagonista de Verano de corrupción (Apt pupil, 1997), es el elemento basculante de la trama. Niño, abruptamente “abandonado” por su padre, requiere el cariño de la familia de su tío. Pero la proximidad del vínculo de sangre que les une contrasta con el desapego con que le acogen.

Esta pura formalidad, de permitir la entrada del sujeto externo en la vida de la familia, Luthardt lo recoge con una puesta en escena distante y minuciosa, fijándose en los detalles que reflejan los gestos: la frialdad con que Anna impone el orden del hogar; el recato con que Paul se acurruca en el rincón de vida que le ceden; o la naturalidad con que Robert ahoga en el alcohol su castración personal por complacer el orgullo de su madre. Mientras, el padre, debiendo partir para solventar un problema empresarial, confirma su escaso peso en el núcleo familiar.

pingpong3.jpgEn el planteamiento inicial de la película, el humilde Paul parece ser el sujeto necesitado pero, la exhibición de las disfuncionalidades internas del núcleo familiar, da un giro freudiano a la historia. En Ping Pong, el narcisismo social que despliega la familia de Stefan cristaliza en el desahucio de afecto de los miembros de la casa. Las escasas expresiones de amor, incluyendo un escarceo sexual, son reconducciones de deseos incestuosos contenidos, imposibles de llevar a cabo sin quebrar la bella estampa de éxito y felicidad diseñada, necesariamente envidiada por cualquiera que pase ante su chalet.

Luthardt hace un uso muy inteligente del espacio en que circunscribe el desarrollo del filme. La densidad de la narración se acentúa con la puesta en escena claustrofóbica, a pesar de discurrir alternativamente entre el interior y exterior de la casa.

De forma similar a cómo Françoise Ozon construyó un relato intrigante en torno a la piscina de Swimming Pool (2003), en Ping Pong la casa, y su entorno ajardinado, recluye a sus integrantes abocándolos a un enfrentamiento por la conquista de un lugar en las interrelaciones personales. El trabajo de arreglos en la piscina, desaprovechada por los inquilinos, es la única salida que encuentra Paul para el (auto)reconocimiento.

Por otra parte, la mesa de ping pong se metamorfosea en campo de batalla en el que excluir al “tercer participante” de la partida. Ante esta situación, la presión por ser aceptado y, sobretodo, la incomprensión por ser ignorado, desencadenarán brotes de furia. Crueldad seca, rotunda, intencionadamente dispuesta para herir.

A través de esta película, Matthias Luthardt irrumpe en la cinematografía germana con una propuesta inteligente y elegante. Sin duda, convendrá seguir la pista a este “joven” director que, ante la actual obsesión por el éxito social, nos advierte del peligro de desprendernos de la escasa humanidad que nos dignifica