LOS FALSIFICADORES (3)

  17 Marzo 2008
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Título original: Die Fälscher
País, año: Austria - Alemania, 2007
Dirección: Stefan Ruzowitzky
Intérpretes: Karl Markovics,  August Diehl,  Devid Striesow,  Veit Stübner, Martin Brambach, August Zirner 
Guión: Stefan Ruzowitzky, basado en el libro "The Devil's Workshop" de Adolf Burger
Producción: Josef Aichholzer, Babette Schröder, Nina Bohlmann
Fotografía: Benedict Neuenfels
Música: Marius Ruhland
Montaje: Britta Nahler
Duración: 98 minutos
Distribuidora: Wanda Visión
Estreno: 14 marzo 2008

Anteponer la vida a los principios
Escribe Daniela T. Montoya

El nazismo significó exterminio, invasión de países y expolio, experimentación inhumana con personas, disciplina y cultivo de la ideología aria. Y ahora, también, falsificación de divisas. Esta es la realidad que desvela, 60 años después, Adolf Burguer, prisionero en el campo de concentración de Sachsenhausen y protagonista directo de la operación. En su libro, The Devil´s Workshop, se basa la historia de Los falsificadores (Die fälscher, 2007), de Stefan Ruzowitzky.

losfalsificadores2.jpgTambién responsable de la adaptación del guión, el director austriaco desvela los entresijos de la llamada “Operación Bernhard”. Considerada la mayor operación de falsificación, la estrategia consistió en la producción masiva de billetes falsos, fundamentalmente la libra esterlina y el dólar, para desbordar y destruir la economía del enemigo y, a consecuencia del rumbo que tomaba la guerra, hacer valer las falsificaciones como divisas para autoabastecer al ejercito y, a título individual, asegurarse la huida tras la derrota.

Operación Bernhard

Desde 1944 hasta el final de la guerra los nazis utilizaron (como era habitual en ellos) a una serie de prisioneros “selectos” como mano de obra para sus fines. Separados del resto de prisioneros del campo, los falsificadores recibieron un trato especial. En sus dos barracones, denominados la “jaula de oro”, tenían camas mullidas, podían lavarse y tenían suficiente comida que sabía a manjar. Incluso gozaban del privilegio de poder escuchar música. También se les proporcionó ropa y se les apartó de duros trabajos físicos que destrozaban sus manos. El objetivo de la comandancia nazi era mimarlos, pero sin eliminar su condición de prisioneros (despreciados por su supuesta condición de inferioridad racial). La especial atención que les dedicaban repercutiría, pues, en el habilidoso trabajo que debían desempeñar. Pero entre ellos, surgen dilemas morales. ¿Quién puede comerse una manzana, o jugar a ping-pong, mientras al otro lado de la valla exterminan a amigos, vecinos e incluso tu propia familia? Diversas posturas éticas, ejemplificadas en los distintos personajes, se confrontan a medida que pasan los días.

La falsificación, concebida como un arte meticuloso y perfeccionista, permite a los artesanos especialistas prolongar su vida con ciertas comodidades. Retornar a dedicarse a las actividades que dominan, les evade por momentos de su condición de prisioneros. Allí, tras años de concentración de Mauthausen u otros campos de exterminio, el mero hecho de ver una imprenta les hace volver a sentirse personas. Recobran la satisfacción de que se les reconozca un trabajo bien hecho. Con sus conocimientos y habilidades, puestos al servicio de la maquinaria nazi, pueden ganarse un día más de vida.

Pero su trabajo de falsificación de divisas para los nazis, además, ¿va en perjuicio del resto de prisionero que hay tras el muro y en otros campos? ¿Vale la pena boicotear la operación a sabiendas que costará la vida a tus nuevos compañeros pero, quizás, impida la muerte de muchos más ahí fuera? ¿Es un suicidio desperdiciar la ocasión de salvarse cuando, ante la devastadora máquina de exterminio nazi, el destino de los demás ya está escrito? Un prisionero, obligado a falsificar billetes a cambio de su vida, ¿es una víctima o ha de ser considerado co-responsable de las consecuencias de su trabajo?

Pragmatismo y conciencia

losfalsificadores1.jpgRuzowitzky se basa en documentación real para realizar Los falsificadores, pero su objetivo no es documentar una situación histórica por todos conocida. El director austriaco optar por trascender los detalles escabrosos del drama para proyectar dilemas éticos sobre la responsabilidad y el pragmatismo vital.

Dos personajes llevan el peso ético de la narración. Salomon Sorowitsch (Karl Markovics), extraordinario falsificador a quien se le encarga coordinar los trabajos técnicos en los barracones, y Adolf Burger (August Diehl), voz de la conciencia cuyo personaje real es el responsable de la novela en que se basa la película de Ruzowitzky.

Sorowitsch es sin duda el protagonista principal. Él inicia la película en la Beau Rivage en Montecarlo, cuando los periódicos anuncian que la guerra ha finalizado. Entre las mesas de póquer y las sábanas de seda, un Sorowitsch de mirada apagada saborea los placeres de la vida antes de que un gran flashback nos lleve al Berlín de 1939. La serenidad del oleaje matutino en la playa de Montecarlo contrasta con el jolgorio nocturno de un bar berlinés. El alcohol y los trapicheos pasan por las manos de Sorowitsch. Ya en su buhardilla, entre sus planchas y dibujos, se evidencia su pragmatismo: “¿Ganar dinero haciendo arte? Ganar dinero haciendo dinero, ¡ése es el camino más directo!”. Pero la irrupción de la policía secreta en la alcoba trunca sus proyectos. El campo de concentración de Mauthausen será su próximo destino.

Consciente de su don para el dibujo, Sorowitsch pone en práctica sus conocimientos para granjearse un destino menos rudo. Dejará de picar piedra para hacer dibujos y pintar murales ensalzando a los soldados alemanes ¡Qué importa si lo que le piden es de muy mal gusto si, a cambio, puede saborear una manzana o un pedazo de pollo! Sorowitsch es un vividor pragmático. Ya hace tiempo que dejó atrás su país y su lengua para poder salir adelante. Su excepcionalidad con el dibujo y las texturas, aquello en lo que otros ven arte, a él le ha servido para abrirse camino. También en el campo de concentración. Allí, su trabajo meticuloso, siendo capaz de realizar falsificaciones indetectables por los mayores expertos, es la moneda con la que puede comprar su vida e, incluso, la de sus compañeros. Y, aún así, no tiene nada asegurado.

En el polo opuesto, Burger. Técnico impresor, se aferra a sus principios para abogar por la no colaboración con el proyecto nazi. Sus posturas, comprensibles en situaciones menos dramáticas, son cuestionadas por sus compañeros. Para ellos, las circunstancias obligan a adoptar una postura ética más relativista o, por lo menos, a jerarquizar prioridades. Ante la incerteza de futuro, el presente se antepone a fantasías magnánimas. Mientras, el criterio de heroicidad es cuestionado porque la muerte se ha hecho cotidiana. ¿Tiene sentido un mártir entregado a una buena causa? Incluso la noción noble de suicidio queda desfigurada cuando la victoria consiste en sobrevivir.

Las vallas, que separaban los dos barracones de la “jaula de oro” del resto del campo de concentración, simulaban un mundo aparte en un proceso sistemático de exterminio. Una situación extrema, el nazismo, que supuso un paréntesis en las premisas lógicas de la convivencia y la integridad humana. ¿Justifica adaptar las normas éticas a la situación excepcional que supuso este periodo negro de la historia europea? Sorowitsch parece simpatizar con la afirmación del comandante alemán Friedrich Herzog (Devid Striesow) lo tiene claro: “Cada cual debe salvarse a sí mismo”. Porque para Sorowitsch, lograr seguir estando vivo, no es un motivo para avergonzarse; muy al contrario, su trabajo, su empeño en realizar unas falsificaciones más que satisfactorias, son la clave real para salvar unas pocas vidas. En contra, los postulados abstractos que defiende Burger, hablan de posibilidades intangibles, especular sobre pequeñas acciones frente al magnicidio.

A ritmo de tango

losfalsificadores3.jpgLos falsificadores es una película técnicamente correcta. Sin el afán de realizar una obra excepcional, la dirección de Ruzowitzky imprime profundidad y sensibilidad. Profundidad, por ser capaz de plantear cuestiones incisivas que, fácilmente, se hacen extensivas a la actualidad. Las desigualdades sociales que persisten en los inicios del siglo XXI hacen que las prácticas aburguesadas de las sociedades bienestantes (asimilables a la pulcritud de la familia del comandante Herzog) sean estúpidas ante los ojos de a quien, literalmente, le va la vida en “congratularse su simpatía”. ¿Se puede ir de turismo a países remotos, en busca de “experiencias extremas”; o aumentar el tiempo y el dinero destinado al ocio; o saciarnos con delicatessen mientras hay personas que se desplazan por necesidad, trabajan sin descanso y apenas tiene para comer? El abuso y la necesidad generan distintas escalas de valores que obligan a re-contextualizar la situación.

Por otro lado, además de este debate ético próximo al que contienen El experimento (Das experiment, 2001) y Viven (Alive, 1993), Ruzowitzky tiene la suerte de contar con el extraordinario actor Karl Markovics. La extraordinaria interpretación de este último, junto con la sensible mirada de Ruzowitzky, nos ofrecen una fantástica radiografía de la evolución anímica del protagonista, de quien con su trabajo se ha ganado un nombre (en lugar de ser llamado por el número tatuado en el antebrazo). Sorowitsch, aquel que ha perdido todo, desde su familia y su identidad, hasta las ilusiones depositadas en un hijo pródigo a través del cual recuperar el amor por el arte. Aquel que camina con paso seguro, melancólico pero seguro, porque nada tiene ya que perder. Es dueño de su vida, el mayor tesoro que se puede tener.