EL MENOR DE LOS MALES (1)

  17 Marzo 2008

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Título original: El menor de los males
País, año: España, 2007
Dirección: Antonio Hernández
Intérpretes: Berta Ojea,  Carmen Maura,  Roberto Álvarez,  Verónica Echegui,  Marta Belenguer
Guión: Antonio Galeano y Antonio Hernández
Producción: Voz Audiovisual
Fotografía: Javier G. Salmones
Música: Pablo Martín
Montaje: Jorge Coira
Duración: 110 minutos
Distribuidora: Filmax
Estreno: 14 marzo 2008

Ni crítica, ni mordaz
Escribe Mister Arkadin

Hace muy poco se ha estrenado Los perros dormidos mienten, un filme que desde la provocación intenta invertir el orden establecido. Desde su idea la última película de Antonio Hernández parece apostar por lo mismo. Partiendo de una situación única (como en la película citada) trata, desde una falsa apariencia genérica (la comedia rosa allá, el thriller acá), mostrar el verdadero rostro (nada complaciente) de una sociedad basada en la mentira. Allí, el entorno era la familia, el mismo estamento sirve de punto de partida para arribar a los vericuetos por los que transita la política. Se trataría en ambos casos de farsas fustigadoras de una (falsamente) feliz convivencia de los personajes. Al fin y al cabo, la diferencia entre la apariencia y la verdad.

elmenordelosmales3.jpgPero, mientras la película española es plana y escasamente hiriente, la norteamericana desde su inicio resulta molesta para determinados espectadores. La causticidad de algunos momentos de Los perros dormidos mienten está ausente de las cansinas imágenes de El menor de los males.

La película de Antonio Hernández parece, desde un comienzo equivocado, jugar al despiste. La apertura deja claro -y además explica- lo que vamos a ver: un perro observa al "inocente" pájaro que se atreve a invadir sus dominios. El resultado es claro, el perro, aunque atado, logra zamparse a quien ha osado acercársele. Vista esta breve secuencia introductoria, cargada de ingenuo simbolismo, podemos marcharnos con total tranquilidad del cine: la película ha quedado suficientemente explicitada.

Tenemos claro de qué va y cómo va a desarrollarse la historia. Lo que aún no suponemos es la catarata de temas profundos que se insinuarán, se reforzarán y se lanzarán a lo largo de casi dos horas. Sus cargas de profundidad son elocuentes: tráfico de influencias, falsas memorias históricas, políticos de doble moral, relaciones con menores, extorsiones, chantajes, familias que encierran secretos, posibles incestos, basura política... Un conglomerado, en fin, trabucado por muchos y graves temas, que suponen el lastre de una sociedad enferma.

Se puede pensar, por ello, que estamos ante una valiente película política: simple espejismo.

En este tipo de cine se han estrellado otros directores españoles. También trataron de hablar, al menos en parte, de algunos de los temas que aquí se exponen. Entre otros títulos, me vienen ahora a la memoria Pesadilla para un rico (1996) de Fernando Fernán Gómez y Resultado final (1998) de Juan Antonio Bardem. Si ambas son citas fallidas, la de Antonio Hernández es un cúmulo de errores.

elmenordelosmales1.jpgTodo el filme transcurre en una especie de casa solariega, refugio y centro familiar, y en el que tramposamente se dan cita una serie de personajes tan absurdos como incongruentes. Puede ser, porque en caso contrario sería aún más inadmisible, que la película sea una comedia. Pero eso no está claro. Lo contrario sería un dislate. Las situaciones son absurdas, los personajes no se sostienen y el filme no comunica nunca el (¿pretendido?) sentido de comedia bufa.

Al parecer, el guión recibió el premio en el festival de cine de Málaga el pasado año. Esa sí que es otra farsa. El premiado guión es incoherente, difícilmente se sostiene y su (falsa) ironía da paso al ridículo más espantoso. Véase: un personaje (acaso la asistenta de la casa de campo) llega a una casa para introducir la acción. Llama a la dueña que no responde. Primer elemento intrigante: casa abandonada, personaje que parece haber "desaparecido". El espectador supone, entonces, que algo pasa. Antes, los letreros de crédito nos han puesto en guardia: un pequeño hilo de sangre rellena las letras de los (escasos) actores de la trama.

La sorpresa de ese inicio se desvanece: nada pasa, todo es normal. A continuación, otro "memorable" momento. El referido personaje introductor abre el horno y la nevera para mostrar que están repletas de alimentos preparados para ser comidos. Un hecho que se remarca por medio de equivocados primeros planos. ¿Se espera a alguien? Se dice que no, pero por si acaso...

El por si acaso, lo impone el guión. El que llega es el hermano de la dueña con unos guardaespaldas. Bueno, los guardaespaldas, por necesidades del guión, llegan antes. En un plano anterior a la llegada de éstos, Julia (Carmen Maura), la dueña del caserón, también por órdenes del guión, ha cogido una escopeta. Por ello irá de esa guisa a abrir la puerta de la casa pensando que quien llega es su hermano. Al encontrarse los guardaespaldas de opereta (claro, no lo olvidemos, es una comedia) con Julia se desencadena el juego (típico de la comedia) del equivoco. .

elmenordelosmales2.jpgLa pobre Julia es confundida con vaya usted a saber quien  (terrorista, ladrona...) y, por eso, la muelen a porrazos. Pero cuando todo se aclara, Julia, buena y educada ama de su casita, prepara un tentempié tanto para los guardaespaldas, como para su hermano. También se le ofrecerá (siguiente personaje que llega a la casa) a la joven amante del hermano, Eduardo (Roberto Álvarez), un político corrupto, de moral dictada para los otros. ¿Es de derechas o de izquierdas? Lo mismo da, dirá el director. El tanto da es relativo, ya que el este político es de "orden": habla de moralismo y trata de ser candidato (¿acaso a la Presidencia de Gobierno?) de un partido (¿busca candidato tal partido político?) que "ahora" está en la oposición (anótese que el filme se produjo el pasado año).

A todos estos personajes marionetas, actuantes de salidas y entradas en la casa cada más absurdas, se ha unido una chica joven (¿18, luego 17 años?), que se ha liado con Eduardo al parecer únicamente para hacerle chantaje. Así intenta vengarse (el guión tiene estos "originales" y "fuertes" giros) de quien puede ser que dejase embarazada a su madre (o sea que la jovencita no conoció a su padre: ¿qué edad tendría Eduardo entonces? ¿Se habría casado ya con su mujer actual, la María Ángeles de su alma? ¿Estaría metido en esos momentos ya en política o eso es posterior?). O sea que ella (¡atención!) puede ser la  hija de Eduardo. ¿Importa mucho en el relato? No, no importa nada, pero eso le da más "gustillo" al enrevesado asunto.

Personajes y situaciones pugnan por ser más demenciales: guardaespaldas que son matones ("no te creas Julia -dirá Eduardo poco más o menos- son policías con mucho oficio"), pero no saben su oficio (el suspense final de uno de ellos apuntando a no se sabe quién es como para denunciar al autor de tamaña idea); un falso fontanero, escondido en la casa, no se sabe cómo ni desde hace cuánto, y que en realidad es un fotógrafo que capta las fotografías "calientes" entre Eduardo y Vanesa (Verónica Echegui); una "eficiente" secretaria que no sabe ni qué hacer ante lo que ocurre; una casa que debía estar vacía pero que no lo está; una chica más estúpida que joven y que vive las situaciones mas disparatadas (escucha conversaciones como quiere, quiere emular a Jessica Lange en El cartero llama siempre dos veces de Bob Rafelson, pero sustituyendo la mesa de la cocina por la mesa de billar, aparte de aparecer como un Santa Claus cualquiera por una chimenea...).

Y como envoltorio de todo el filme, una situación difícilmente aceptable: el encuentro de una pareja para pactar (en un recóndito lugar) la entrega de unas fotos comprometedoras. La entrada de la chica en el escenario de la película es digna de un mal tebeo: no sólo lleva el coche a chocar contra un árbol, sino que además el vehículo pertenece a la mujer de su amante, cedido por el político para que la joven pueda trasladarse a tal lugar (¡cómo poder creerse semejante bobada!). Menos pamplina y más efectividad. En tamaño asunto la chiquita de marras hubiera durado menos que el caminar de Julia desde la cocina hasta la puerta de entrada de la casa... incluso con su (forzado) esguince. 

Antonio Hernández parece reconvertirse en otras personas de una a otra película. No se entiende que firmase la simpática y poco más F.E.N. (1981), para luego pasar a realizar filmes que o no llegaron a verse o su estreno fue muy minoritario (Apaga y vámonos, Cómo levantar 1000 kilos). A continuación, se dedicó a escribir series para televisión, antes de  realizar un curioso (medianamente interesante) thriller titulado Lisboa. Pero después volvió a las andadas: dirigió un proyecto delirante El gran marciano (2001), para regalarnos, al año siguiente, la sorprendente pero algo embarullada, En la ciudad sin límites, con todos los peros que se le pongan, su mejor película hasta el momento. Después realizó la irregular (siempre en los terrenos del thriller) Oculto, antes de enfrentarse a otro thriller, éste de carácter histórico y dirigido hacia las televisiones: Los Borgia, que en formato reducido llegó a las salas de cine.

Una farsa también tiene sus reglas, una de ellas es la lógica de las situaciones, la forma en que deben orquestarse todos sus elementos y donde, además, los personajes deben tener una entidad. En este caso, no son más que marionetas al servicio de un inconexo guión. No hay evolución en ninguno de los seres que pueblan un mundo asfixiado por la insensata aglomeración de ideas y temas como si con ello se quisiera dar validez a esta absurda narración.

La realización -como el guión- es torpe, apoyada a veces en una planificación clásica y forzada como forma de señalar obsesivamente lo que está clarificado desde el principio. En otras ocasiones se tiende a primar al primer plano como forma de detallar lo obvio tal es el caso ya señalado de la nevera al principio o el plano que "hace ver" al espectador lo que "ve" Julia, algo que hace mucho tiempo que ya se ha visto: la pistola que lleva uno de los guardaespaldas en la parte de atrás del pantalón.

He hablado al principio de Los perros no mienten. Voy a referirme a un momento de ese filme contraponiéndolo con otro de El menor de los males. En ambos títulos hay un momento en que se muestra cómo dos amantes se odian. En el filme de Antonio Hernández se insiste una y otra vez en mostrar esa misma situación sin que se produzca un progreso en la narración. En la película norteamericana tal hecho queda reflejado en la toma de dos simples planos correspondientes a cada uno de los personajes. En ese momento la pareja se "grita" su "amor". Sus miradas, la forma de filmar los planos, dejan claro que piensan lo contrario de lo que realmente se dicen: son auténticas declaraciones de odio. Planos que muy bien podrían haber formado parte de la insuficiente pero corrosiva La guerra de los Rose (1989) dirigida por Danny DeVito.

¿Qué queda en el filme? Poca cosa. Las buenas intenciones teóricas de denunciar todo lo habido y por haber, y la interpretación de algunos actores habituales en mayor o menor medida en el cine del director salmantino, como son Carmen Maura y, muy especialmente, Roberto Álvarez.