Mandarinas (2)

  04 Mayo 2015

Para huir de la guerra

mandarinas-1El cine estonio existe. Y no sólo existe, sino que se estrena en España. Y además, lo que bordea ya lo milagroso, se doblan algunas copias. El artífice de tal milagro no es el cine estonio per se, ni su alianza para la producción con el cine georgiano, claro, sino el poder de la industria norteamericana, la que seleccionó esta obra para los Oscar y los Globos de Oro a la mejor película en habla no inglesa, y de este modo hizo que todo el mundo se fijara en ella.

No es sorprendente que los estadounidenses repararan en esta historia. En parte se ajusta muy bien a sus gustos, a sus esquemas más elementales. Pero esa parte es la menos interesante. Hay otra que resulta mucho más sugerente.

Mandarinas comienza con la imagen del viejo Ivo trabajando en su taller de carpintería. De inmediato sabemos que está fabricando cajas con las que poder recoger la cosecha de mandarinas de su amigo y compatriota Margus, dos estonios que residen en Georgia donde se han encontrado en medio de la guerra entre esta república caucásica y los abjasios.

Desde el inicio la cámara traza muy suaves panorámicas sobre los personajes y el lugar en el que se encuentran. En toda la película apenas se detendrá en un plano fijo, y sólo alterará esa especie de danza reposada con la que se mece en los momentos en que la guerra irrumpa con toda su violencia. Mientras tanto la música subraya la cadencia apacible de las vidas de Ivo y Margus.

En estos sencillos elementos está contenido el eje esencial de la película. El trabajo con la madera de Ivo es la expresión de la creación frente a los estragos que la guerra anuncia, es la rutina siempre renovada al servicio del renacer constante de la naturaleza. La cosecha, que parece la única preocupación de los dos amigos, simboliza el ritmo constante, metódico e imparable de la vida. Hasta los soldados son percibidos como potenciales ayudantes en sus faenas agrícolas. La cámara y la banda sonora acompañan el devenir sosegado de esas existencias.

Pero la guerra es real, existe. El caos y la destrucción que comporta no desaparecen por ser ignorados. La actitud de Ivo y Margus es la de obviarla, intentar salvar la cotidianidad cueste lo que cueste, por más que ésta esté ya quebrada. Cuando llegan las escaramuzas a la puerta de sus casas Margus se esconde en el árbol del que está recolectando, lo que es una manera de optar por un modo de vida (por la vida misma) que ha de ser preservado a toda costa. La actitud de ambos es la del rechazo a la guerra pero desde la óptica positiva de la reivindicación de lo rutinario, el empeño en seguir viviendo sin atender a los peligros que se advierten.

Es así que Margus no acepta el dinero de Ahmed, el mercenario checheno. Hacerlo significaría introducir en su mundo una distorsión que no puede permitirse. Ese dinero resulta un contaminante insoportable para la opción que él ha tomado. Es tanto como introducir la conciencia de la destrucción en la armonía que lucha por preservar. Y que la intención sea buena, como le dice Ivo, no remedia la transgresión.

Cuando su tranquilidad se ve irremediablemente alterada su trabajo consiste en restituir el orden (alejar la furgoneta, enterrar a los combatientes muertos),  y cuando esconden a los supervivientes intentan introducirlos en el ritmo rutinario de sus vidas. El té, las comidas, el descanso... Soslayar el horror como medio para salvarse.

Paralelamente a este esquema la película se ocupa de analizar la raíz del odio, y es ahí donde resulta menos interesante, por mucho que podamos entender que es justamente en ese planteamiento donde reside el atractivo para una parte considerable de su público.

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Cuando el director comienza a diseñar el enfrentamiento entre los combatientes que por causalidad se ven obligados a convivir reconocemos el inconfundible aroma de lo convencional. Es muy sencillo adivinar que el odio acabará convirtiéndose en compresión y solidaridad, y aunque la película se esfuerza en dotar de credibilidad a la evolución de los antaño enemigos el tono moralista que acaba adoptando no es fácil de digerir.

La cuestión viene a consistir, en resumidas cuentas, en que el rechazo al otro brota del anonimato. En la medida en que éste se va deshaciendo, en la medida en que se tiene acceso a la identidad personal del otro, las razones que sustentan el odio desaparecen. La maldad no sería sino una especie de desconocimiento que es posible desactivar. E Ivo oficia el papel de gran pope que reúne y ensambla los contrarios.

La insistencia acaba resultando excesiva. Vale que la solidaridad humana, la conexión personal, acabe imponiéndose a las ideologías (más aún si son adquiridas previo pago, como en el caso del mercenario), y así se justificaría la escena del tiroteo final. Pero la vuelta de tuerca del enterramiento (para el cual el carpintero sigue creando, siquiera sean ataúdes, en una afirmación contundente de la tesis de la película) o la cinta de casete (los gustos musicales contrarios también reconducidos) que tanto protagonismo tiene tan sólo para que Ahmed pueda escucharla cuando se va, convierten en poco menos que una homilía la complejidad que en otros aspectos se reconoce.

Al final queda la impresión de que la película acaba dando menos de lo que podría dar. La sencillez formal que se pretende puede ser valiosa, pero siempre y cuando no renuncie a la riqueza del planteamiento. Tal sencillez bordea aquí peligrosamente los límites de la simplicidad cuando se abandona a los buenos sentimientos que acaban imponiéndose. Lo que apuntaba a un análisis estimulante nos devuelve los ecos de una propuesta demasiado candorosa.

Escribe Marcial Moreno

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