Luna en Brasil (3)

  20 Febrero 2015

El encuentro y el amor perdido

luna-de-brasil-1Se podría decir con certeza que Luna en Brasil —más conocida en Hispanoamérica como Flores raras— no es la mejor obra del mítico director brasileño Bruno Barreto, pero sin embargo la adaptación tan necesaria del libro Flores raras y banalísimas, de la escritora Carmen L. Oliveira, es todo un homenaje a una poco conocida pero emblemática relación amorosa que aconteció entre la poeta modernista Elizabeth Bishop y la arquitecta Lota de Macedo Soares.

La película comienza y termina con uno de los poemas más bellos y conocidos de la poeta, Un arte, cuyo primer verso dice El arte de perder no es difícil adquirirlo. (?) Tantas cosas parecen empeñadas (?) en perderse, que su pérdida no es un desastre”. Bishop pasaba por un momento de crisis literaria, que afectaba a sus poemas; dejándolos a medias o, como dice su editor, en “ideas partidas entre líneas”; por lo que decidió invertir el dinero ganado en una beca para viajar por Sudamérica y encontrar ese vuelco de inspiración que necesitaba.

El primer lugar al que va a parar es Santos, en Brasil. Allí vive una amiga suya de la universidad, Mary, que tiene una especie de relación abierta con Lota de Macedo Soares, una arquitecta socialista perteneciente a una de las familias más pudientes de Brasil. A pesar de que al principio Lota se encuentra reacia al carácter introvertido y esquivo de Elizabeth, poco a poco van entendiéndose y, por qué no, amándose.

Cuando Elizabeth y Lota comienzan su relación, el personaje de Mary va arqueándose muy sutilmente, pasando de ser una persona amable, comprensiva y halagadora al principio; hasta mostrarse antipática, huraña y manipuladora después, cuando se ve excluida del que por unos días fue un triángulo amoroso indeseado por cada una de sus partes.

Con Mary en un segundo plano, Elizabeth y Lota se sienten libres para vivir su vida sin ataduras, con el añadido de que laboralmente no les puede ir mejor. Elizabeth gana el Premio Pulitzer de poesía en 1956 y a Lota, en parte favorecida por la buena amistad que tenía con el que sería alcalde del estado de Guanabara en 1960, Carlos Lacerda, le encargan el diseño de uno de los parques más emblemáticos de Río de Janeiro, el Parque del Flamenco o también conocido como el Parque Brigadier Eduardo Gomes.

El clímax llega cuando el exceso de trabajo de Lota afecta a la soledad y el espíritu frágil de Elizabeth, que se refugia en la bebida, desarrollando un alcoholismo del que le costará curarse muchos años, y que ella misma reconoce padecer cuando dice “No bebo porque las cosas vayan mal. Que las cosas vayan mal es sólo la excusa que estaba buscando”.

La relación de ambas se deteriora, y en este punto la historia se precipita hacia un final demasiado intempestivo. El carácter arisco y distante de Elizabeth se refuerza, dejando entrever un egoísmo que decepciona a cualquier espectador enamorado de la obra de Bishop. Se convierte en antagonista de su propio personaje y llegamos a empatizar más con Lota, que de forma inesperada pierde toda la fuerza y magnetismo que le caracterizaban al principio de la obra y se nos muestra mucho más frágil y vulnerable a los desprecios de su ingrata compañera.

El punto y final lo marca un vano intento de Lota por recuperar su relación desgastada con Elizabeth, la cual parece no haber tenido ningún tipo de problema en rehacer su vida en Nueva York con otras amantes. Recién salida de un sanatorio, Lota va en busca de su compañera, que se muestra totalmente indolente. Lota, que enloqueció por la indiferencia de su pareja, decide quitarse la vida al descubrir la relación que ésta mantenía con una de sus alumnas de la universidad de Nueva York.

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Si a partir del clímax contrasta la rapidez con la que los personajes invierten sus papeles, casi contradiciendo la forma en la que éstos fueron en un principio mostrados, aún impresiona más que en su última escena veamos a una Elisabeth llorando a su amada y dedicándole el poema que al principio del film no podía completar y que tras quince años, inspirado en todas sus vivencias con Lota, logró sellar.

A pesar de todo, la obra en su conjunto es amena y tiene una estructura muy definida. En escenas puntuales de la película aparecen algunos de los poemas más conocidos de Elizabeth Bishop, que se fusionan con bellas imágenes de Santos y Río de Janeiro, como las vistas desde el apartamento de Lota con el famoso Pão de Açúcar en el horizonte; o su primer beso al atardecer, en un característico bosque selváticos con búhos anunciando la noche a lo lejos.

Pero si algo brilla en esta obra son las soberbias interpretaciones de Miranda Otto en el papel de Elizabeth Bishop y Glòria Pires en el de Lota de Macedo Soares. Con ellas logramos sentir sus conflictos interiores, sus contradicciones, sus odios y sus pasiones como si estuviéramos observándolas a través de una ventana. Traen realidad pura a la pantalla y es tanta la complicidad que transmiten que el espectador no ve otro modo de que esos seres tan dispares entre sí no se hubieran amado.

Es por ello que un cambio tan brusco en la personalidad de ambas ya casi al terminar el film resulte muy indigesto para un espectador que todavía estaba saboreando la dulzura de ese encuentro del destino tan afortunado. Es difícil condensar en dos horas lo que ocurrió progresivamente durante quince años, de la misma forma que es difícil entender el carácter ambiguo de la protagonista, y cómo éste fue carcomiendo inintencionadamente la firmeza y la seguridad de un espíritu tan libre y puro como el de Carlota de Macedo Soares.

Escribe Gala Gracia

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