Jersey Boys (2)

  11 Septiembre 2014

 

Chiquilladas

jersey-boys-1Es conocida la debilidad de Clint Eastwood por la música. Amén de películas como Bird, dedicada a la memoria de Charlie Parker, o a su episodio Piano Blues en la serie The Blues, también ha participado en la banda sonora de muchos de sus filmes y hasta se ha atrevido a cantar, como consta en el final de Gran Torino.

Sin embargo sus intereses parecían circunscritos al mundo del jazz. Por eso no deja de sorprender esta incursión en el rock más popular para contarnos la historia del grupo The four seasons, desde sus orígenes hasta su llegada (larga elipsis mediante) al Salón de la fama.

Podría pensarse, a priori, que se trata de una excusa para adentrarnos en una historia de más hondo calado en la que plantear una reflexión sobre personajes, situaciones o claves genéricas que proyectasen la película a un ámbito más universal o abstracto. Pero no es así, y no lo es en un doble sentido.

En primer lugar porque el director se esmera en apuntalar la dimensión estrictamente  musical. Como conocedor del cine clásico que es consigue captar el tono de la época dorada del musical americano, si bien adaptándolo a un modo de hacer que ya no es el de entonces. Los números musicales y el género que delimitan se erigen en los únicos protagonistas. En este sentido la película resulta agradable, gozosa, pero limitada.

Ahí es donde comienzan sus carencias. El reverso de la trama musical es plano tirando a inexistente. Todo posee un candor que lo vuelve rutinario. Ese mundo barriobajero del que surgen los integrantes del grupo, o la mafia siempre al acecho están contados con una amabilidad, con una ligereza, que al final todo se asemeja más a un guiñol falseado que a una reconstrucción mínimamente digna de unos sucesos reales. Más que el referente que obliga a trascender lo musical, la trama que lo sostiene es la verdadera excusa fílmica para apuntalar su despliegue, para recrearse, y ese es el objetivo esencial, en la música y la voz de los protagonistas.

El número final, donde todos participan en la coreografía que cierra la película, viene a ser la puesta en práctica de ese programa sobre el que se construye. Al cabo todo deviene una farsa en la que lo único que importa es el mero espectáculo.

Cuando nos salimos de los márgenes así delimitados todo resulta más endeble. La historia parece discurrir sin mancha ni quebranto. Lo sórdido no está ni siquiera sugerido, y cuando parece que se requiere, como ese episodio de la familia de Frankie Valli, resulta tan extemporáneo como inútil.

La película acaba transmitiendo una sensación de descuido más que notable. El estilo casi impresionista del que Eastwood se sirve, ofreciendo retazos de la historia sin articular una trama poderosa, contribuye a ello. Las numerosas elipsis utilizadas, los puntos de vista aparentemente discrepantes, aunque en realidad construyendo una única línea argumental (nada que ver con Rashomon, por ejemplo) o el deambular de los personajes secundarios sin demasiada justificación delatan una debilidad que obliga a refugiarse en la música como única tabla de salvación.

Tampoco contribuye a mejorar el resultado la elección de los actores. Eastwood ha recurrido a los protagonistas del musical que triunfó en Broadway para encarnar a sus mismos personajes, con la excepción de Vincent Piazza en el papel de Tommy DeVito. Y se nota la diferencia. El cine no es el teatro, y la cámara sabe con quién ha de quedarse. El protagonista (John Lloyd Young), pese a sus esfuerzos, nunca llega a transmitir la más mínima emoción, y el resto no pasan de ser una presencia anodina que actúa como un lastre durante todo el metraje. Nada que ver con Piazza, auténtica alma mater de la película. Cuando desaparece, ésta se hunde sin remedio.

Con todo, es reconocible algún momento de cine excelente, como la escena de la ruptura de Valli con su amante, donde se muestra de forma descarnada la inmadurez del protagonista. Por una vez (hay alguna más, como la rendición del grupo ante el hechizo de Gaudio durante su presentación) aflora un atisbo de verdad entre tanto artificio.

No cuenta la aparición de Eastwood en una serie que la televisión está ofreciendo, con lo que podemos decir que desde que el director murió al final de Gran Torino y dejó de protagonizar sus películas su cine ya no ha vuelto a ser el mismo.

Escribe Marcial Moreno

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