Snowpiercer (Rompenieves) (2)

  19 Mayo 2014

Las perversas máquinas

snowpiercer-1¿Cómo se las arregló Noé para mantener el orden en el arca? No sería tarea fácil dada la variedad de los ocupantes, como tampoco lo sería el acopio de los recursos necesarios para garantizar la supervivencia durante la travesía, aunque el hecho de que ésta tuviera una fecha de finalización más o menos definida ayudaría en la planificación.

El coreano Bong Joon-ho nos plantea un arca moderna en la que también una catástrofe climática obliga a una misión de salvamento. Pero ahora se trata de seres humanos, y su reclusión es indefinida.

Como cabe esperar todo es una gran parábola, la construcción de un microcosmos en el que esté representada la humanidad en su conjunto, donde se pueda analizar su modo de proceder y quepa reconocer la realidad que nos rodea y sus consecuencias futuras.

Y desde estas premisas se puede decir que el planteamiento no es muy original. El punto de partida tiene que ver, cómo no, con la contaminación y el calentamiento del planeta que provoca. Pero dando un paso más se cuestiona la capacidad técnica de resolver el problema, entendiendo a la ciencia como un monstruo que escapa al control humano y es capaz de provocar las mayores desgracias. Y ahí está la glaciación que sucede a la subida de temperaturas como consecuencia de la intervención del hombre.

Hasta tal punto resulta malvada la ciencia y las máquinas que genera, que la misma opresión en la que viven los humanos que intentan la salvación está gobernada por una máquina, la gran máquina. Su poder omnímodo y el aura mítica que la rodea le confieren un carácter divino que la película acentúa sin disimulos. Su presencia no sólo es objeto de adoración por los humanos, la cual se aprende en las improvisadas escuelas, sino que a ella son remitidos, sin más consideraciones, todos aquellos problemas de difícil comprensión racional, como puede ser la inagotable energía que mueve el tren y todo lo que en él se contiene.

El modelo mecanicista es también el que se traslada a lo humano y el que la rebelión quiere combatir. La insistencia en que cada cual debe ocupar su lugar y cumplir su función, sea de manera consciente o inconsciente, redunda en el mismo esquema. Más aún cuando se descubre el uso de los niños para sustituir las piezas agotadas de la gran máquina. Y lo trágico es que hasta las muestras aparentes de solidaridad, como la del viejo líder de los vagones de cola, responden a un plan perfectamente preconcebido. La libertad no deja de ser una ilusión por cuanto existe un gran demiurgo que la dirige por los cauces convenientes.

Pero como modernos Prometeos, los humanos le disputan la supremacía a los dioses, y de nuevo será arrebatándoles el fuego como lograrán su propósito. Cuando la revuelta controlada estaba previsto que acabase en el puente y el largo túnel que tras él se encuentra, el fuego permite una inesperada victoria y un avance con el que no se contaba. Avance que conducirá al descubrimiento de la realidad, al saber, y con él a la derrota del engranaje en el que los personajes están atrapados. El tren se detiene y es posible abandonarlo, sustraerse a su dominio.

Si las máquinas representan el progreso, y éste es destructor, la solución no puede venir más que de una vuelta a los orígenes, esto es, a la naturaleza. Al modo de la paloma que Noé envía a investigar el exterior, el oso polar testimonia una naturaleza de repente acogedora, liberadora.

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Al margen de la lectura ecológica también existe otra política que nos habla de las flaquezas de los líderes, de la traición a favor de un dudoso beneficio colectivo, de interpretaciones de la realidad que esconden el interés propio. Todo muy actual, de talk-show televisivo.

Y ese es el gran problema. Tras la brillantez formal se esconde una simplicidad de planteamientos que a fuerza de recurrente se muestra ya agotada. Incluso cuando hay que resolver la trama se precipita de manera incontrolada conduciendo a situaciones absurdas. No de otra manera cabe entender la súbita mejoría del tiempo: Cuando poco antes siete minutos a la intemperie habían bastado para convertir un brazo en un témpano, ahora se puede salir sin miedo al exterior con unos abrigos surgidos no se sabe de dónde, con las tallas adecuadas a cada portador, pero sin guantes.

El esquema que divide a la parte trasera de la delantera tampoco se caracteriza por su excesiva complejidad: Luz, colores, higiene, angostura de espacios. Cada ámbito tiene lo que esperábamos que tuviera, sin profundizar más. Todo se entiende correctamente.

Por lo que respecta a la prospección psicológica de los personajes también resulta baldía. Con poner cara de pena como si el pasado atormentara e inventar una rocambolesca historia de brazos cortados (y de cicatrices que tardan una eternidad en curarse), no se consigue más que arañar la superficie. La matización de la violencia viene más de la estilización formal (exigida también por la dificultad de ofrecer credibilidad a sus escenas en el marco en el que se desarrollan, como ocurre con la batalla de las hachas) que de una complejidad que la justifique.

Estamos, en definitiva, ante un producto de gran potencia visual, pero poco más. Lejos de obras como Crónica de un asesino en serie o The host, los anteriores e interesantes logros del director, en esta ocasión todo parece compuesto para evitar complicaciones a un éxito comercial que, si la película se hubiera estrenado adecuadamente, sin duda se alcanzaría.

Escribe Marcial Moreno

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