LA GUERRA DE CHARLIE WILSON (3)

  04 Marzo 2008
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Título original: Charlie Wilson's war
País, año: Estados Unidos, 2007
Dirección: Mike Nichols
Intérpretes: Tom Hanks, Julia Roberts, Philip Seymour Hoffman, Amy Adams, Ned Beatty, Brian Markinson, Jud Tylor
Guión: Aaron Sorkin
Producción: Universal Pictures, Participant Productions, Relativity Media, Playtone, Good Time Charlie Productions
Fotografía: Stephen Goldblatt
Música James Newton Howard
Montaje: John Bloom, Antonia Van Drimmelen
Duración: 97 minutos

Justificar lo injustificable
Escribe Daniela T. Montoya

Toda acción tiene sus consecuencias.

laguerradecharliewilson1.jpgA raíz de los atentados que derrumbaron las torres gemelas de Nueva York, la política internacional pautada desde la Casa blanca dio un giro determinante. Un país ignorado hasta entonces, Afganistán, pasó a ser el centro de atención. Con éste, el nombre de un hombre se propagó por todas las redes de comunicación hasta hacerse familiar. Bin Laden, autoproclamado responsable de dicho ataque terrorista, se ha introducido en la vida ordinaria de los occidentales a pesar de su lejanía. El periodismo de investigación se ha esmerado en desvelarnos sus orígenes, los cuáles se remontan a principios de los años ochenta, cuando la antigua Unión Soviética quería invadir el país vecino Afganistán. En el ocaso de la Guerra Fría, Estados Unidos quería parar el “avance” del comunismo, pero sin intervenir directamente. La estrategia, entonces, se fundamentó en aumentar las partidas presupuestarias destinadas a ese recóndito país para que, junto con el envío de armamento y el adiestramiento de las tropas locales, fueran los afganos quienes apretaran el gatillo.

Esta incursión bélica encubierta por la diplomacia estadounidense es la que describe George Crile en su libro Charlie Wilson´s War, cuyo título recoge el director Mike Nichols para hacer la adaptación al cine que ahora comentamos. Si bien Crile se remontaba al pasado para proyectar las consecuencias de las decisiones tomadas sobre el presente, ofreciendo así una visión crítica de la política de su país, Nichols prefiere centrarse en la peculiar figura desencadenante, el congresista Charlie Wilson. Entremezclando sarcasmo y patriotismo para abordar asuntos políticos, Nichols realiza una película tan inclasificable como interesante sobre el rumbo de la parodia en el cine estadounidense.

laguerradecharliewilson2.jpgLa voz seductora de Barry White ejerce de apertura a la vida de Charlie Wilson. Lujuria y oropel envuelven a Charlie (Tom Hanks), inmerso en los placeres de un club de alterne de lujo en Las Vegas. Episodio aislado si no fuera porque, además de que en el futuro estos hechos pueden hundir su carrera, se indican los dos únicos puntos de interés de Wilson: las mujeres despampanantes, de las que se rodeará en su despacho en Washington; y Afganistán, país remoto que un destacado periodista televisivo señala como lugar determinante para el futuro de Estados Unidos.

Sin proyecto político, sin ciudadanos que le exijan nada, totalmente carente de escrúpulos y con muchísimas ganas de anticiparse a los demás en su escalada hacia el poder, Charlie inicia su peculiar batalla contra el avance de los rusos. Rápidamente se adhiere a su causa la sexta mujer más rica de Texas, Joanne Herring (Julia Roberts), ultraderechista dispuesta a invertir su fortuna para derrotar al comunismo. Ambos protagonizan las escenas más hilarantes sobre la prepotencia que destila la alta alcurnia.

Sabedores de que la capacidad para recaudar fondos no recae en los votantes, sino en los fastuosos filántropos ociosos, se dedican a captar apoyos. Despectivos con la plebe (ya que, al fin y al cabo, no son más que necesitados dispuestos a servirles en sus placeres), sacan sus mejores galas para engatusar a quien sea preciso.

La parodia de las altas esferas, que protagonizan Hanks y Roberts, se hace extensible a la burocracia de la administración estatal a través del funcionario de la C.I.A. Gust Avrakotos (espléndido, como viene siendo habitual en él, Philip Seymour Hoffman). Espía parco en diplomacia y claro en sus convicciones, su paralelismo con los vicios humanos de Charlie hacen que Gust se gane su favor y le encomiende liderar la estrategia bélica.

La dirección de Mike Nichols es admirable en la forma en que conjuga los diferentes elementos de La guerra de Charlie Wilson. El elenco de actores de está magnífico en sus papeles respectivos. Especialmente, sorprenden las dos “estrellas” hollywoodienses: Roberts, sin reparos en su papel de dama autoritaria y sin escrúpulos; Hanks retornando a un papel de protagonista mediocre, similar al bobalicón simpático de Forrest Gump (1994), en cuyas manos está el destino de la nación. Así mismo, la secretaria de este último que interpreta Amy Adams, sin tener que recurrir a sus atributos físicos, destaca en sus escuetas intervenciones.

Por otro lado, el trabajo de ambientación es exquisito: la dirección artística cuidando todos los detalles, la coherente fotografía de estética ochentera, la música diegética incorporando algunos clásicos de la época, e incluso los movimientos de cámara suaves (recurriendo a movimientos y encuadres aparentemente simples, y al clásico plano-contraplano) ensalzan este retrato político.

laguerradecharliewilson3.jpgEl inconveniente es que, temiendo ser descarnado, Nichols opta por tratar de justificar las acciones de su protagonista Charlie (encarnado, como ya hemos dicho, por Tom Hanks, quien también ejerce de productor) ante las sabidas consecuencias que han conllevado su aventura afgana.

Durante aproximadamente la primera mitad de la película, Nichols se explaya en caricaturizar los sujetos en cuyas manos está el destino de un país. Por un lado, los políticos y jefes de estado, considerados como títeres que se mueven por impulsos de favores y afán de poder; por otro los sujetos adinerados, capaces de influir en el rumbo del gobierno. En conjunto, seres que son desposeídos de su alo de respetabilidad al mostrarse su codicia y sus debilidades más mundanas.

De aquí, destacaríamos unas escenas por la hilaridad de sus diálogos y/o la composición: el reencuentro de Charlie y Joanne en la fiesta que ésta organiza en su casa para recaudar fondos, que concluye con la sumisión total de él ante su seductor poder de convicción; la presentación de Gust en el despacho de Charlie, con sucesivas interrupciones de sus secretarias (ante un inminente escándalo sexual de su jefe), a la altura de la escena del camarote de los hermanos Marx en Una noche en la ópera (A night at the opera, 1935) ; y el momento en que, en un parque entre ajedrecistas, Gust presenta a Charlie al experto en armamento, cuyo plano cenital (único en todo el filme) asemeja a los personajes a peones en manos de un estratega.

Pero todos estos puntos de interés de La guerra de Charlie Wilson se van al traste al querer condicionar la postura ética del espectador. Romper el tono de la película, con la inclusión de sentimentales moralinas dickensianas e imágenes (que pretenden simular documental) que dramaticen la situación del pueblo afgano ante la invasión rusa, están encaminadas a buscar la empatía del espectador con la causa en que se embarcan Charlie. La crítica a los políticos-pantomima queda en papel mojado al retornar a la retaíla de “la lucha del bien contra el mal”.

Obviando que los niños huérfanos y mutilados están en ambos bandos, la guerra encubierta contra el comunismo se transfigura en guerra religiosa contra los ateos. Ahí sí hay un punto de unión entre estadounidenses, israelitas y afganos. De aquí que la guerra que iniciara Charlie Wilson (cuyas consecuencias todos somos conscientes, pero que en la película rehuyen mencionar) justifica que, al menos en la película, le homenajeen.

Como hiciera Spielberg en La lista de Schindler (Schindler´s list, 1993), una vez conocidas las consecuencias de los actos, ¿qué sentido tiene hacer que el protagonista parezca estar con las manos atadas ante la posibilidad de hacer más? Quien tanto ha conseguido y, sobretodo, de la forma tan ruin como lo ha logrado, no puede ser mostrado como una víctima más.