LA ESCAFANDRA Y LA MARIPOSA (4)

  28 Febrero 2008

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Título original: Le scaphandre et le papillon
País, año: Francia, 2007
Dirección: Julian Schnabel
Intérpretes: Mathieu Amalric, Emmanuelle Seigner, Marie-Josée Croze, Anne Consigny, Patrick Chesnais, Niels Arestrup, Olatz Lopez Garmendia, Jean-Pierre Cassel, Marina Hands, Max von Sidow, Isaach De Bankolé, Emma de Caunes
Guión: Ronald Harwood
Producción: France 3 Cinéma, Pathé Renn Production, CRRAV Nord-Pas de Calais
Fotografía: Janusz Kaminski
Música: Paul Cantelon
Montaje: Juliette Welfing
Duración: 90 minutos

Oda a la libertad
Escribe Purilia

Julian Schnabel es uno de los artistas plásticos más lúcidos, comunicativos e inspirados del panorama actual. Y poco a poco, después de tres largometrajes nada indiferentes, va impregnando sus imágenes cinematográficas de la expresividad y contundencia de su obra pictórica. Su personalidad creadora, su idiosincrasia expresiva y su conmovedora fuerza natural irradia en cualquier lenguaje que utilice.

laescafandraylamariposa5.jpgLos cuadros de Schnabel son impactantes, toda su obra lo es, y sus dimensiones contribuyen a acentuar esa intensidad comunicadora; sin embargo, aislados en un entorno impersonal, como la pared de un museo o una galería, su mensaje, aunque nunca indiferente, se opaca y desvanece en el conjunto y no transmiten la misma emoción que cuando interactúan con el espacio circundante.

Su comunión con los espacios derruidos que rezuman ecos del pasado le atraen de forma especial. Sus grandes lienzos, interactuando con ellos, traslucen una emotividad mística que los restituye a una nueva realidad (interior) cargada de significación. Sus exposiciones en esos recintos olvidados y a punto de ser demolidos o restaurados, se convierten por la acción de sus obras en recintos sagrados, catedrales del sentimiento, donde el lugar y la obra se convierten en un todo indisoluble, vibrando al unísono con un latido único y sobrecogedor.

Esa misma contenida y perturbadora conmoción provoca su última película, La escafandra y la mariposa, en la que el personaje principal y su mundo que se derrumba es ese espacio derruido, amplio, casi infinito y ya inhabitable en el que sólo una nueva realidad construida sobre él es capaz de volver a darle vida.

El hombre sobre el que Schnabel ha construido su luminosa y poética obra, al que homenajea y con el que se identifica y nos hace identificarnos a los espectadores es el periodista francés Jean Dominique Bauby, redactor jefe de la revista Elle. El 8 de diciembre de 1995, a los 43 años, en plena efervescencia vital y creativa, Bauby sufrió un infarto cerebral  que le sumió primero en un coma profundo, de varias semanas, y después, al despertar, se manifestó como una parálisis física, que le mantenía inmóvil pero no le impedía pensar, sentir y recordar. Su rarísima enfermedad neurológica, bautizada como Locked-in-syndrome, el síndrome de los encerrados en sí mismos, solo permitía que un único músculo de su cuerpo respondiera a los estímulos cerebrales, el párpado izquierdo. Y así, abriendo y cerrando ese ojo logró, a través de un código, comunicarse con su entorno y escribir una autobiografía irónica, cruda, sintética y sin espacio para la autocompasión que se tituló Le scaphandre et le papillon y que legó a la posteridad como su testamento vital.

Julian Schnabel

laescafandraylamariposa4.jpgNació el 26 de octubre de 1951, en Nueva York. En 1965 su familia se traslada a Brownsville (Texas), una pequeña ciudad, fronteriza con México, con un entorno de excesos y violencia que le influirá emocionalmente. Estudió Bellas Artes en la universidad de Houston (1969-1973) y completó su formación académica con un curso en el Museo Whitney de Nueva York (1973-74).

Después vendrán sus viajes a Europa y el conocimiento de los maestros del pasado. De España, donde llega a finales de los setenta, le impresionará especialmente Gaudí y sus mosaicos del parque Guëll. Tanto que a partir de entonces comienza a realizar unos cuadros llamados “plate paintings” en los que incluía trozos de loza, que rompían la bidimensionalidad de la obra. También ha trabajado con otros materiales poco convencionales como pieles de animales, terciopelo o lonas alquitranadas.

Su estilo, incluido, en un principio, en el movimiento llamado “bad painting” y posteriormente bautizado como neoexpresionismo, matérico y conceptual, desbordante y sereno, oscilante entre la abstracción y la figuración, bebe de las fuentes expresionistas más significativas del siglo XX. El impacto colorista, la pincelada agresiva, los trazos desgarrados, el empaste excesivo, el grafismo gestual o la gran dimensionalidad de sus obras nos retrotraen a movimientos como “Die Brücke”, el expresionismo abstracto americano, el grupo Cobra o los informalistas europeos, y a personalidades como la de Picasso o Jackson Pollock, sin olvidar al mencionado Gaudí. Su temática, en cambio, es deudora de la mitología clásica y contemporánea, el simbolismo cristiano, la iconografía infantil, el sexo o la muerte.

Tres películas

“Cuando decido cambiar de rumbo y hacer películas, soy igual de artista que cuando soy pintor, soy la misma persona utilizando distintas partes del cerebro”.

laescafandraylamariposa1.jpgCon sólo tres películas en su haber, Basquiat (1996), Antes que anochezca (2000) y esta última que ahora estrena en España La escafandra y la mariposa (2007), Julian Schnabel ha conseguido impactar a la crítica y la audiencia cinematográfica, ganando en intensidad con cada una de sus apuestas. Es evidente que todas ellas están impregnadas de ese substrato expresivo que caracteriza sus obras pictóricas y escultóricas; sin embargo, esta última es con diferencia la más impactante visualmente. No malgasta en los títulos (dos de ellas coinciden literalmente con los de sus novelas homónimas) la originalidad que despliega en sus creativas puestas en escena, especialmente la que ahora nos ocupa. Todas tienen en común que están basadas en hechos reales o en vivencias confesas de sus protagonistas, hombres jóvenes y creativos con un futuro truncado. Los tres son personajes trágicos, individuos “diferentes”, obligados a convivir con el tormento físico o emocional;  marcados por la marginalidad, el éxito y el exceso (Jean-Michel Basquiat), la persecución, la rebeldía y la homosexualidad (Reinaldo Arenas) o la inmovilidad  total (Jean Dominique Bauby).

Muerte, creación, dolor o libertad son términos que vinculan sus biografías. Todos comparten la intención de asirse a la vida, pero sin éxito, son luchadores interiores, seres atrapados por un destino adverso del que sólo la muerte (por sobredosis, suicidio o desgaste físico) les liberará definitivamente. 

Pintar con la cámara

laescafandraylamariposa3.jpgLa historia que Jean Dominique Bauby recompone sobre los escombros de su presente, hecha de retazos de un pasado vital como único vínculo de conexión con él, le mantiene en débil conexión con el mundo. Una vida que emerge de las profundidades del coma, para sumergirse de nuevo, encerrada para siempre en una escafandra invisible que paraliza su cuerpo. Una mente lúcida y doliente en la que memoria e imaginación le servirán para volar libremente sobre sus recuerdos, sentimientos y ensoñaciones como una mariposa multicolor. 

Su logopeda le enseñó un código que ordenaba el alfabeto por la frecuencia de aparición de las letras, mientras ella las recitaba, él asentía parpadeando en la letra deseada: un guiño era sí, dos, no y un parpadeo rápido un espacio. Bauby construyó su nueva y fragmentada realidad a través de este laborioso y fatigoso proceso de comunicación-transcripción (uniendo letra a letra, palabra a palabra, frase a frase, párrafo a párrafo, capítulo a capítulo) hasta completar un libro que no era el que le hubiera gustado escribir (tenía previsto realizar una versión femenina de El Conde de Montecristo), pero que en un determinado momento aceptó como el único ya posible.

Julian Schnabel ha construido sobre los pilares del texto de Bauby su personal interpretación de aquella realidad, respetando el espíritu sobrio y la crudeza del relato original, su sentido del humor y su desdramatizada visión del mundo. El resultado es un texto visual lleno de poesía, plasticidad, libertad, humanidad y belleza, de principio a fin, títulos de crédito incluidos.

Los créditos iniciales (radiografías óseas, viradas, sobre las que aparecen los nombres del elenco técnico y el reparto) son de una inspiración y sensibilidad exquisita (a la que coadyuva el tema musical que los acompaña), y los finales (superpuestos sobre la imagen de los glaciares que durante la película hemos visto derrumbarse y ahora se recomponen), hermosos, trascendentes y profundamente significativos.

El comienzo de la película es impactante. A pesar de utilizar dos recursos habituales en relatos de este tipo (confesiones, epístolas, autobiografías…) como son el monólogo interior (que se manifiesta a través de la voz en off) y el punto de vista del personaje protagonista (una de cuyas apuestas más radicales es el plano subjetivo) el director ha conseguido extraer de la combinación de ambos una intensidad narrativa y dramática inusual. 

laescafandraylamariposa2.jpgLas primeras imágenes son turbias, borrosas, movidas, desenfocadas… de encuadres forzados y muy corta escalaridad (Primer plano y Primerísimo primer plano),  acompañadas de un balbuceo inseguro, desorientado, jadeante, entrecortado. Son las mismas imágenes que ve el protagonista y la misma voz que resuena en su interior, mientras semiconsciente, despierta súbitamente a la vida y descubre una realidad que no reconoce como suya. Asistimos desde dentro a su mutilado y deficiente campo de visión, al descubrimiento paulatino de su parálisis, a la angustiosa constatación de que nadie le puede oír fuera de si mismo, a su resignada iniciación en el nuevo código de comunicación que le impone su logopeda, a su desesperación. También seremos testigos se su superación del dolor, su ironía, deseos, sueños… y del presentimiento de la muerte: “veo el pasado esfumarse, reducirse cada vez más a las cenizas del recuerdo”.

Schnabel ha buscado nuestra identificación con este hombre aturdido, doliente y tenaz a través de la utilización del –siempre inquietante para el espectador– plano subjetivo, acentuado por el recorte del ángulo visual, la supresión de la visión estereoscópica que sufre por la inutilidad del ojo derecho (cuya oclusión es un ejemplo de subjetividad extrema), los bruscos movimientos de su pupila sana (traducidos en rápidos barridos) para abarcar más campo y todo tipo de alteraciones visuales (borrosidad provocada por las lágrimas, parpadeos a negro, problemas de enfoque…) y sonoras. Se mantiene este punto de vista de forma continuada durante el primer tercio de la película, tiempo suficiente para hacernos padecer la misma sensación claustrofóbica, el mismo cautiverio que sufre el protagonista.

No desaparece la utilización de este tipo de planos durante el resto de la narración, sin embargo, se reserva su empleo para momentos puntuales, mientras se intercalan con flash-backs de su vida anterior a la tragedia (la última conversación con su padre enfermo mientras le afeita en una entrañable escena fraternal en la que aquél le confiesa lo orgulloso que se siente de él, sus viajes, las vacaciones con su amante, el último paseo en coche con su hijo mayor…) y momentos entrañables e intensos de su presente (la estancia en la playa junto a sus hijos, el viaje en barco con Claude, la lectura de Balzac y Graham Greene por parte de sus amigos, las conversaciones telefónicas con su padre y su amante).

Recuerdos (esperando el tren en la estación de Berk cuando era niño), sentimientos (el cariño que confiesa sentir hacia Céline, el amor por sus hijos), deseos (dándose un festín en un restaurante de lujo) y ensoñaciones (Nijinski danzando entre enfermos por los pasillos del hospital, su beso con la emperatriz Eugenia), se mezclan con metáforas (el buzo con la escafandra bajo el mar con los brazos en cruz, el deshielo de los glaciares, su paseo nocturno por las iluminadas calles de Lourdes, la mariposa revoloteando entre las flores, el avión vacío cuando cede el asiento a su amigo), hipérboles y sinécdoques visuales (su pupila ocupando toda la pantalla, actúa como ambas), símbolos religiosos, alusiones cinéfilas… y todo tipo de recursos conceptuales, expresivos y cinematográficos impactantes (planos oblicuos, volteados, superposiciones, imágenes dobles, cámara lenta, oscilaciones, picados extremos, contrapicados, veloces travellings, inmensas panorámicas) que acentúan la profundidad del mensaje.

Bauby se siente un mutante (“parece que acabo de salir de un frasco de formol”), pero el amor, el cariño y la ternura con que lo tratan y cuidan su familia, amigos y personal sanitario le harán deponer su pesimismo inicial (“quiero morir” dice en un primer momento de no aceptación) y asumir con resignación su destino (“he decidido no volver a quejarme”), conocerse a sí mismo (“¿era necesaria la luz de la desgracia para enseñarme mi auténtica naturaleza?"), seguir adelante (“he descubierto que además de un ojo tengo otras dos cosas que no están paralizadas: mi imaginación y mi memoria”) y hasta ilusionarse (“puedo imaginar cualquier cosa, mis sueños infantiles, mis obsesiones ocultas”), sin perder nunca la perspectiva de su situación real. 

Imposible obviar películas, salvando las distancias, como Johnny cogió su fusil (Dalton Trumbo, 1972) por algunas coincidencias evidentes, o Mar adentro (Alejandro Amenábar, 2004) por cierta proximidad temática, e incluso La dama del lago (Robert Montgomery, 1947), por su parecida radicalidad formal en la utilización del punto de vista subjetivo (nada que ver con la estupenda La senda tenebrosa de Delmer Daves, 1947, que también utiliza este recurso). Sin embargo, lo que en aquellas era abuso, efectismo, melodrama, exageración o mediocridad es en manos de Schnabel equilibrio, contención, inspiración, sublimación y pureza.

Tal despliegue de creatividad se ha visto apoyado por un equipo técnico y artístico impecable, que ha traducido cada uno de los deseos del director en realidades visuales, sonoras y emocionales profundas, con originalidad expresiva, talento y sensibilidad, sin traicionar el espíritu sincero y vital de aquel superviviente “encallado en la soledad”, durante el tiempo que la ciencia le prolongó la vida.

Obtener belleza de la fealdad y de la desdicha es una cualidad del espíritu expresionista. Schnabel ha convertido la pantalla en un inmenso lienzo mutante donde sucesivas capas de imágenes, sonidos y voces se superponen y deslizan en el espacio-tiempo adquiriendo corporeidad, textura, piel hasta conseguir que ésta transpire, respire y tenga presencia, luminosidad, vida. “Toda la pantalla era una piel, y así es como veo la pintura”.