La bicicleta verde (3)

  28 Junio 2013 Nada está escrito 

la-bicicleta-verde-0Aunque el peso mayor en el análisis de un filme siempre recae en la parte estrictamente cinematográfica, hay situaciones en que la propia existencia del documento fílmico y el valor añadido que aporta, más allá del propio elemento estético, interviene inevitablemente en su consideración final.

La bicicleta verde (Wadjda, 2012), amén del aval de presentación que significa la concesión de diferentes galardones tras su exhibición en diferentes festivales de cine (premios en el Festival de Venecia, Dubai, Tallín o Palm Springs, etc.), viene precedida de una campaña publicitaria que remarca en que es el primer filme realizado por una mujer en su país, Arabia Saudí.

Haifaa Al Mansour, que ha dirigido varios cortos y el documental Without shadows (2005), en el que se denunciaba la situación de la mujer en el Islam y que ya creó cierta controversia, escribe y dirige esta película de ficción convirtiéndose en la primera mujer que realiza un largometraje rodado íntegramente en su país. Afortunadamente parece que este camino emprendido por Mansour tiene continuidad pues la actriz Ahd Kamel, que en La bicicleta verde encarna el papel de la estricta directora del colegio, ha rodado el cortometraje Sanctity que ya se ha podido exhibir en diferentes festivales.

En Arabia Saudí las salas de cine están prohibidas. La estricta moral impuesta por la religión musulmana hace que este tipo de espectáculos se consideren contrarios al Islam. Eso no quiere decir que no se vea cine, pues las proyecciones privadas y la televisión satélite e internet, a pesar de la férrea censura, soslayan la prohibición en casas y locales particulares. Mansour tuvo que dirigir las escenas de la calle en un camión, sin su presencia física, dando instrucciones con walkie-talkies a sus actores y operadores, para evitar problemas.

El filme se estructura alrededor de  Wadjda, una niña de doce años cuya vida discurre entre su casa, el colegio y la calle donde juega. Wadjda es descrita con ciertas peculiaridades occidentales que chocan con las costumbres tradicionales que la rodean, así debajo de la vestimenta clásica asoman sus zapatillas Converse, le  gusta la música rock y tiene cierta aversión a cubrirse el rostro, ejemplos de occidentalización que en su entorno son visto con disgusto  por sus familiares y profesoras del colegio.

La relación con su mejor amigo, que se desplaza con su bicicleta, hace surgir en Wadjda  el deseo de comprar una bicicleta de color verde que casualmente descubre por la calle —casi como un sueño— y que encuentra finalmente en una tienda. El problema es que este deseo cotidiano, que sus amigos masculinos no tienen  problema en satisfacer, está mal visto en las mujeres. A partir de ese momento la obsesión de Wadjda será intentar salvar todos los obstáculos para conseguir la ansiada bicicleta.

Bajo este sencillo argumento, siempre desde el punto de vista femenino, asistimos a la descripción de la situación de la mujer en Arabia Saudí. Para la mayoría de mujeres adultas (la madre, las profesoras del colegio) la vida está mediatizada por las creencias religiosas que impregnan la sociedad; creencias que afectan a la vida personal, íntima y social. Dentro de la casa, para la madre de Wadjda las tareas cotidianas se imponen mientras espera que su marido, que comparte su vida con otra mujer amparado en el modelo poligámico, exprese sus deseos.

Cuando se traspasa el umbral de la puerta de la casa, la identidad femenina se difumina en la vestimenta de la que solo deja al descubierto los ojos. Las escenas en el interior de la casa, donde las normas se relajan (ropas de colores chillones, PlayStation, música) contrastan con el deambular por los suburbios de la ciudad de la figura negra de la niña oculta por la calle bajo el hiyab o burka.

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La casa y el colegio, reductos donde las mujeres pueden moverse con mayor libertad, continúan siendo cárceles físicas y suponen la asfixia de los personajes femeninos.  Todos los elementos escénicos son contenedores que encapsulan a las mujeres, salvo la terraza superior de la casa, el único espacio donde los personajes parecen más libres: la niña puede circular con la bicicleta o la madre fija su mirada sobre la ciudad con libertad.

Apartarse de la presencia de los hombres y vivir bajo la rigidez que impone la norma religiosa es la obligación que en principio parece ser aceptada por la madre que tiene la necesidad de trasmitir esos valores (rechaza la posibilidad de trabajar para no estar en contacto con otros hombres), aunque conforme avanza el filme vamos viendo como algunos de esos patrones se resquebrajan.

Lo que para la madre, adulta y con una vida hecha,  es una realidad que debe asumir con resignación —no exenta de dolor—, para la niña es simplemente una situación incomprensible. La rebeldía de Wadjda, en ese periodo que raya entre la niñez y la adolescencia, tiene su origen en la inocencia de la persona que todavía no está domada o aplastada por la sociedad que la rodea. El filme apunta incluso a los matrimonios de conveniencia que unen a las adolescentes con sus maridos (la compañera de clase, una niña, que muestra las fotos de su boda).

Sin embargo, conforme avanza la película, las diferencias entre madre e hija se van puliendo pues el discurso ortodoxo termina resquebrajándose. La pérdida de confianza en la tradición tiene su base en el desprecio con que se siente tratada por su marido y en la tozudez de la hija que no se resigna a aceptar la situación asignada.

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Seguir el camino dictado o predestinado tampoco significa alcanzar la felicidad. La niña quedará primera en sus lecciones de religión pero no le servirá para alcanzar su objetivo; la madre, siempre preocupada por su marido, no podrá evitar que éste se aleje.

En una de las escenas más significativas del filme la madre observa desde la terraza de su casa, en la lejanía, la boda de su marido con otra mujer. Unida a su hija, el rostro muestra su dolor, mientras el estallido de las carcasas de fuegos artificiales, símbolo de alegría, no hace más que remarcar la tristeza del momento.

Por ello, aunque la película es cierto que discurre con un tono amable, casi de comedia, el final excesivamente optimista y en el cual Wadjda puede sentirse libre por primera vez, se nos antoja muy bello pero poco cercano a la realidad que se pretende denunciar. Éste quizá sea el aspecto más débil de la narración pues cuesta confiar en los engranajes que posibiliten el cambio.

Pero retomando el discurso inicial, la posibilidad de acceder al visionado de un filme perteneciente a una filmografía inédita para nosotros (1), unido a un guión que hila fino pero firme en la denuncia de la situación de las mujeres en Arabia Saudí, terminan completando una experiencia cinematográfica totalmente recomendable.

Escribe Luis Tormo


(1) La bicicleta verde ha inaugurado la 28º edición del Festival Internacional de Valencia Cinema Jove y podrá verse en España a partir del 28 de junio de 2013.

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