DÉJATE CAER (0)

  17 Febrero 2008
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Título original: Déjate caer
País, año: España, 2007
Dirección: Jesús Ponce
Intérpretes: Iván Massagué, Darío Paso, Juanfra Juárez, Pilar Crespo, Mercedes Hoyos
Guión: Jesús Ponce
Producción: Bailando en la Luna, Jaleo Films
Fotografía: Daniel Sosa
Música Juan Cantón
Montaje: Fernando Franco
Duración: 106 minutos

Tres en un banco
Escribe Mister Arkadin

Déjate caer es una producción en la que participan varias televisiones y organismos, y que, sin embargo, ha sido rodada con escasos medios. Son los misterios del cine español.

dejatecaer1.jpgAsombra la simplicidad del filme, su planteamiento como si se tratase de una producción con mucho de amateur (y, lo que es peor, de amateurismo). Por momentos, es como si hubiera sido realizada por un grupo de amigos en sus ratos de ocio; mejor sería decir que es como si estuviera hecha por alguno de los tres simplones protagonistas que “descansan” en “su” banco (el gran protagonista de esta película) o conjuntamente por el trío. Da la sensación que entre litrona y litrona han tenido la genial ideal de rodar su película. No está mal si así se divierten o, por fin, hacen algo. Lo peor es que, además de hacerla, deciden enseñarla a cualquiera que pasa por allí. Película destinada al consumo interno, de gran pobreza en todos los sentidos, incluido el barniz “visual” o el sin sentido de la realidad que trata de mostrar.

Jesús Ponce es, a priori, una de las esperanzas (remotas) del último joven cine español. Su primer pequeño filme, titulado 15 días juntos, así nos lo indicaba. Ahora, en su tercer filme, trata, según dice, de dar a conocer lo que ocurre en una barrio (más o menor marginal) sevillano. Después de ver esta desangelada crónica podríamos preguntarle algunas cosas, como por ejemplo: ¿en qué época transcurre realmente la película? Y es que, tal como se presenta, el filme se mueve en la más absoluta intemporalidad, algo que no creemos sea premeditado. ¿Por qué? Simplemente porque ya en su comienzo Déjate caer trata de asentar la narración en el mismo hoy: unas fechas lanzadas por una radio nos van indicando el paso de unos años hasta llegar al ahora. Mientras la imagen se concentra, y nunca mejor dicho, en la figura eternamente anclada de un banco en la calle. Pasan los años y el personaje sigue en el mismo lugar, expectante, mirando al frente, dónde únicamente hay una panadería.

Ese comienzo, repetido hasta el infinito, resulta, en sí mismo, equivocado. No se trata de un solo joven, serán tres de edades también indefinidas, cercanas al parecer a la treintena, aunque por sus actuaciones parecen estar más cerca de la veintena. No existe ninguna diferencia entre la forma de presentar a estos jóvenes y a los quinceañeros o quinceañeras que van aun al instituto. Unos y otros aparecen como idénticos. ¿Acaso es premeditado?

dejatecaer3.jpgEl trío protagonista ha decidido, sin que sepamos la razón, sentarse en un banco de la calle para ver pasar el tiempo. Se me ocurren varias razones para esta absurda opción: la posibilidad de tirarle los tejos a la dueña de la panadería o mirarle “el culo” (como alguno de ellos dice) cuando se inclina para subir la trapa o limpiar los cristales de su establecimiento; ser vagos por naturaleza; decidir que es bonito filosofar sobre la nada y el aburrimiento; no poder (más bien querer) trabajar; ser inconformistas o anarcos; presentar una curiosa manera de enfrentamiento contra un mundo (o una existencia) que no les gusta... El filme no contesta a ninguna de estas preguntas. Da por sentado que (por necesidades de guión) están allí inmóviles. No hay más. Punto.

Se trata tan solo, pues, de tres jóvenes que se encuentran a gusto donde (y como) están. Pero, hay algo más, el trío protagonista (suponemos) vive del aire. Por no hacer, ni tan siquiera piden dinero a nadie, prefieren recibir las migajas de la sociedad “trabajadora”, como por ejemplo de la citada panadera. Una mujer a la que gusta el “juego”. Parece que se ofrece, pero se retira, excita y se insinúa dentro de unos límites. Lo suyo es volver después del trabajo a su casa, donde se encontrará con su marido, mientras que los jovencitos se quedan con un palmo de narices...

Sorprende, en el filme, la ausencia de protesta contra la sociedad de esos tipos, que parecen filósofos nihilistas de tres al cuarto. La familia de los protagonistas raya en el colmo de la estupidez. Personajes, estos y aquellos, planteados desde el surrealismo más absoluto, aunque su dibujo, para entendernos, se encuentra más cerca del cine de los hermanos Farrelly o de Apatow que del que realiza Wes Anderson.

Padres, los de este filme, que salvo un caso, no se sabe ni de qué viven, ni cómo son (aparte de ser presentados como esperpénticos representantes de la clase media baja), ni cuál es su actitud ante la vida. Se nos dirá que la película no trata de explicar nada de eso, que sólo quiere mostrar, servir de testimonio. Algo que no es verdad, ya que aunque no se pretenda, Déjate caer, está recorrida por un insufrible tono moralista y no sólo en la aceptación (o solución) final que toma por separado cada personaje del trío (no vista ni siquiera como una derrota más). De pronto, porque la película debe acabar, los protagonistas deciden abandonar la vida que han llevado y dedicarse a currar en trabajos más o menos basura, con la “sana” intención de formar un hogar o algo parecido. Es como si (al menos dos de los tres) se redimiesen al encontrar el amor. Nada menos que eso... Para llegar a esa conclusión debemos aguantar más de hora y media de acción sostenida, repetitiva.

Cine que será ensalzado por amigos y algunos críticos, lo mismo que ocurre con las películas que dirige Santiago Lorenzo, cuya Mamá es boba es ejemplar de este cine que... no va a ninguna parte.

dejatecaer2.jpgDéjate caer es pobre en sus ideas visuales (salvo la elipsis de apertura). Aparenta ser moderna al construirse a base de planos fijos y diálogos recitativos (no estaría mal que los autores del filme vieran varias veces la película rumana 4 meses, 3 semanas, 2 días como aprendizaje efectivo de lo que supone ese tipo de narración), pero es vieja en su mirada. Se alargan (o repiten) las situaciones en un intento de comunicar el aburrimiento, la desgana de los personajes, presentándose como un mal remedo (y peor comprensión) de un determinado tipo de cine.

Previsible, torpe, lindando por momentos en la ciencia ficción por la forma en que se acometen escenas, se presentan ambientes y se definen personajes, Déjate caer es el triste ejemplo de lo que se entiende por un cine de denuncia o de un cine que “documenta” de un determinado momento de la historia de una región o de un país. En la película, para poder asentarse en su intencionado sentido testimonial, se “grita” hasta la ausencia de un teléfono móvil (ni uno solo aparece), elemento que en la “realidad” actual es esencial para personajes como los que aquí aparecen. De ahí que hablemos del pretendido, equivocado y erróneo, sentido de intemporalidad por el que camina esta película de Ponce.

Por otra parte, las reacciones de los personajes se someten a las exigencia del guión y no al revés. Véase, por ejemplo, la quijotesca salida del joven que arremete contra el novio (antiguo novio o ligue por horas) de su hermana. Momento que concluye con una descomunal (y fatalmente filmada) paliza. Personaje, éste, que al parecer es quien pretende dar un cierto aire de comedia a una historia que tiene más de dramática que de cómica. Tal como se nos plantea, en su torpe discurrir, se queda en nada.

Podrían citarse algunos momentos que pueden servir de ejemplo de pésima narración. Como las reiteradas panorámicas sobre el banco para mostrar... lo que ya se sabe. El banco aparecerá solitario, con un único inquilino o con tres nuevos “habitantes”, indicando que la historia se repetirá hasta... Mal explicado está también el paso del tiempo, dado por las distintas posiciones en la cama del enamorado de la mujer casada, mientras escucha los ruidos que le llegan de la casa de encima, donde se mueve su amada con el amante de turno. Otro triste momento sería el que muestra el enfrentamiento de ese mismo joven con el amante de su “amada”, y, qué decir de la risible secuencia de la relación de uno de ellos con su novia en la casa del pueblo, mientras los dos compañeros de banco se encuentran sentados con su cerveza a la puerta de la casa. La secuencia concluye más lamentablemente todavía con los “colores” exagerados por maquillaje de la cara de la chica que acaba de hacer el amor. 

Lo peor de esta película es que no es nada. Los protagonistas son tan marcianos que ni siquiera se emborrachan, a pesar de estar constantemente con la litrona. Son inútiles pero, en el fondo, tan buenas personas que dan lastima. Su preocupación, así parece, ni siquiera es el paro. La verdad es que nunca sabremos qué les preocupa, ni cómo ven el futuro. Si damos por sentado que estos personajes son así, cabría preguntarse si Déjate caer quiere culpabilizar a alguien por esa actitud, quien es, en definitiva, el responsable de la existencia de estos jóvenes. Algo a lo que la película ni sabe, ni contesta.

Como el propio realizador parece desconfiar de la eficacia de su mensaje (?), para hacerlo explicito decide sacarse de la manga un falso as, en forma de un personaje que actúa como reflejo y a la vez como ser redentor del trío juvenil. Me refiero a esa especie de tarado que aparece en diferentes momentos del filme y que supone el espejo en que deben mirarse los tres jóvenes protagonistas: una especie de premoción sobre el futuro que les espera. Mirad, parece decir el filme, en lo que os convertiréis si no cambiáis. Simbolismo de bajo cuño, que sirve para que el filme se decante hacia lo literario. Ese es otro de los errores de este título.

Su apuesta sería ubicar el título según se adivinan las intenciones de Ponce, director y guionista, en una especie de comedia realista: documentar desde la ficción lo que ocurre a diario en un barrio sevillano. Desde ahí, lo local, pasar a lo general: estos hechos se repiten en cualquier ciudad española. Tal realidad documentada se convierte finalmente en lo que se podría llamar una realidad literaria. Los “realistas” y normalizados diálogos, de los personajes, en aras de esa conversión, carecen de la verosimilitud cinematográfica que siempre debe llevar implícito tal sentido. De esa forma, lo que vemos alcanza, por momento, la categoría de irreal. Algo que incluso afecta a los diálogos y a las interpretaciones. Lo natural no puede intentar llevarse al cine tal cual. Sobre todo, porque entre la realidad de la vida y la realidad de las imágenes cinematográficas existe un gran abismo. Es lo que entroncaría con lo que hemos denominado verosimilitud. De ello también se contagian la interpretación falsamente naturalista (o de escasa verosimilitud, por lo cual se aconseja a Ponce que revise algunos filmes claves del neorrealismo italiano) y los diálogos que, a fuerza de parecer cotidianos, terminan por ser falsos.

Aunque en esta línea se han realizado películas interesantes (como la argentina Pizza, birra, faso, realizada por Bruno Stagnaro y Adrian Caetano en 1988), un título tan pobre y tan absurdo como este no sirve ni tan siquiera para dar el (falso) testimonio que el director pretende. Esa, su idea inicial, es lo único válido de esta película representativa del peor cine español. Más lamentable en cuanto se propone, insisto, la crónica de unos jóvenes, un barrio y una ciudad. Títulos como este convierten en geniales obras tan mediocres como Los lunes al sol o Barrio, con las que puede tener algún punto de contacto. Al menos en aquéllas existía un conocimiento de lo que es y significa el cine. Eso aquí ni existe.

Ni drama, ni comedia, ni documento, nada hay tras una idea que puede ser excelente (depende del tratamiento), pero, ya se sabe, las ideas no hacen una buena película. Deben ser “rellenadas” para concretar una narración válida. La historia de estos inútiles da como máximo para un corto.

Personajes perdidos en un filme que intenta dar testimonio de una realidad y que termina hundido en el abismo de la (mala) literatura. Narración sin historia de unos jóvenes que, al igual que la película, no llegan a ser nada. Por no ser, ni tan siquiera son unos gamberros (I vitelloni, 1953, de Fellini) anclados en la nula espera de un hecho que cambie sus vidas. En Déjate caer será la varita mágica, tal como queda dicho más arriba, quien les tocará por el lado de un arropador amorcito. Ellos no iban a ser menos: al trabajo, al futuro y a la (in)madurez por el amor. ¡Qué fuerte!, ¿no?