Una bala en la cabeza (4)

  28 Marzo 2013

Metacine puro: Hill ha vuelto, el noir también 

una-bala-en-la-cabeza-1Poco antes de empezar el rodaje, Walter Hill sustituyó a Wayne Kramer tras la cámara, según Sylvester Stallone porque el joven director de La prueba del crimen tenía una visión demasiado oscura de la historia.

Tras más de una década escondido en distintas series de televisión, década en la que no hemos sabido nada del director de Driver, The Warriors, Forajidos de leyenda y Límite: 48 horas, éste regresa no sólo a la pantalla grande, sino también al tipo de cine que lo convirtió en director de culto en los años 70 y 80: la película de acción pura, con hombres duros, diálogos ingeniosos y más de una doble lectura en la mayoría de los casos.

¿Se puede transformar una película debido a la personalidad del director aunque éste no haya participado en el proceso de inicial de puesta a punto? O dicho de otra forma, ¿tiene uno que poner en marcha un proyecto desde el propio guión para que pueda ser considerado un auténtico autor?

Hill demuestra con esta película que el director puede ser la estrella, que el resultado cambia completamente si la persona que asume el timón de un film tiene la suficiente personalidad —y capacidad de mando, no lo olvidemos—. De hecho, Una bala en la cabeza no es ni una peli de camaradas (buddy movie lo llaman los americanos) convencional ni una parodia del género, ni un film completamente original ni el habitual refrito que ya hemos sufrido en multitud de ocasiones, bebe de los clásicos y crea algo nuevo.

Nuevo aunque sea un thriller con el look y el carisma de las películas de acción y denuncia de los 70. Y se inspira también en los clásicos, como ya sucedió hace décadas con sus mejores trabajos. Clásicos en todos los sentidos.

No en vano Hill dirigió The Warriors (1979), que era una traslación a la época de las pandillas de la Anábasis de Jenofonte, aquel retorno al hogar del ejército de mercenarios de Ciro el joven tras haber intentado asesinar y usurpar el trono de su hermano. Un viaje que en su origen era un recorrido interior, un aprendizaje. Mayor inspiración clásica imposible.

Y también Hill dirigió Driver (1978), basada abiertamente en modelos clásicos del cine europeo, con Jean-Pierre Melville a la cabeza, y probablemente uno de los ejemplos más claros de incomprensión de una película por parte de la crítica en su momento: un samurái del volante cuya revalorización ha llegado con el paso del tiempo, hasta el punto de haber inspirado claramente una película de culto del pasado año, Drive.

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Ensayo sobre la ceguera

Aunque en principio temíamos que tuviera algo que ver con John Woo, que firmó un film con el mismo título en Hong-Kong antes de recalar en Hollywood, pronto descubrimos que no, que está basado en un cómic. Pese a todo, la marca de fábrica de Woo está presente: dos personajes se apuntan mutuamente, además, en el interior de un coche. Un tópico hoy en día, visto mil y una vez. Excepto por el final: a la tercera va la vencida y, efectivamente, uno dispara al otro. Inesperado.

Otro tópico finiquitado.

La recepción en general de Una bala en la cabeza ha sido tan miope como los clásicos de Walter Hill. Sin apenas reflexionar ni un minuto, público y crítica han coincidido en considerarla una película de Stallone de hace años —o de hoy mismo si tenemos en cuenta que es el impulsor de Los mercenarios—, o sea, golpes y falta de pretensiones. Acción descerebrada, sin más. Carne de videoclub.

Justo lo mismo que se dijo en su día de The Warriors. Hasta que un tal Jose Luis Guarner puso de relieve su valor como actualización del clásico de Jenofonte en aquella época en que la revista Fotogramas también publicaba críticas de cine y no sólo someras reseñas promocionales.

Guarner y Fotogramas, el mismo crítico y la misma revista que descubrieron al resto de críticos y espectadores de este país que Halloween no era una película de terror más, ni John Carpenter un carnicero de tres al cuarto. Hasta entonces nadie había escrito ni una sola crítica seria sobre la película o el director. Pronto los convirtieron en mitos de los 70 y 80. Guarner es un tipo que merece la pena releer, como los clásicos. Tiene un libro donde recopila multitud de análisis de films, Autorretrato del cronista, editado por Anagrama en 1994. Un auténtico Master de crítica de cine.

Tampoco Driver tuvo mejor recepción en su día, al ser comparada con Bullit y French Connection, películas de acción pura y dura, pero sin una filosofía en los personajes y en la concepción misma del proyecto. Muchos sólo vieron carreras de coches filmadas con una pericia encomiable. Tanto que se olvidaron de que había un conductor. Eso sí, sin nombre. La película funcionaba con símbolos: el conductor, la chica...  Frankenheimer, más veterano y con mejor vista, retomó parte de la idea en Ronin: grandes carreras de coches, mejores personajes, enorme guión. Otro gran título injustamente olvidado.

Hoy, más de treinta años después, la misma ceguera en las habituales reseñas. Se diría que muchos leen el argumento o el press-book (hoy, gacetilla en Internet) y se lanzan a escribir. Sin esperar nada nuevo. Orejeras y punto.

La ceguera es habitual con Walter Hill. Es considerado un simple director de acción, de ahí que se reivindique que lo suyo es Límite: 48 horas y entretenimientos similares. Lo que es cierto. Pero no se pueden olvidar sus títulos más personales, su reivindicación del western cuando no estaba de moda, pese al fracaso continuado en taquilla (Gerónimo), su apuesta por el género negro cuando ya no se llevaba (El último hombre) y su amor por el actioner hoy, que todo es digital y sin sangre, para que puedan verlo los más jóvenes de la casa.

Walter Hill, como John McTiernan, representa un tipo de cine duro y con pocas concesiones, con personajes masculinos definidos a través de sus actos y coherentes consigo mismos, samuráis en un mundo que no entiende de principios, desapasionados en un entorno que vive con pasión, incómodos, inclasificables, fuera de lugar… como el propio Walter Hill en el cine del siglo XXI.

¿Qué tiene Una bala en la cabeza para que pueda convertirse en una película de culto dentro de unos años?

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Su ausencia de concesiones a la audiencia mayoritaria: las carreras de coches no siguen el modelo de XXX o A todo gas y similares, son funcionales, sin más; los enfrentamientos no se eternizan como los de Bourne y sus imitadores; la cámara no va al hombro, sino sobre un estable trípode, salvo cuando la puesta en escena exige movimiento; los diálogos son duros, concisos, divertidos; sus personajes son prototipos, pero Hill se ríe de ellos y ellos entran en el juego.

Stallone es una parodia de sí mismo, consciente o inconscientemente, pero eso convierte su trabajo probablemente en su única película buena como actor… porque no actúa, es así de macarra. No en vano su personaje se llama Bobo. Las motivaciones escondidas o metafísicas se las ventilan en un diálogo que las ridiculiza con elegancia: Stallone no mató a una testigo en la ducha porque llevaba un tatuaje parecido al de su hija… y se ríen de la ocurrencia. Punto final.

Y aún y así la trama habla de corrupción, del poder, de los políticos, de la policía, de la falta de ética, de la ausencia de compromiso, de un mundo donde la amistad no existe, donde la familia hace tiempo que es disfuncional, donde la pareja de héroes acabará frente a frente al final, a tiros, por más que pensemos que eso no va a suceder en el cine actual preñado de finales felices.

El coprotagonista no es chino, sino coreano. Y no sabe artes marciales. Pero maneja el móvil como nadie. Los tópicos los va recogiendo a capazos y deshaciéndose de ellos en cada nuevo viaje en coche: escenas de transición breves y concisas, con diálogos casi sublimes, trufados de gags, que se permiten además acabar de una vez por todas con los tópicos del cine de acción moderno.

Esos diálogos punzantes y concisos remiten al cine negro del Hollywood de los 40 y 50. Aunque el policía use continuamente el móvil para hallar información y pruebas. No es una recuperación nostálgica. No es cine conservado en naftalina, recreación de los decorados y la iluminación. No. Es el choque entre el matón del siglo pasado y el poli de la era de Internet. Un diálogo entre el cine del siglo XX y el del siglo XXI. Hecho sin símbolos, sin subrayados, sin grandes alardes, sin enviar mensajes… para eso, como decían John Ford o Howard Hawks, ya estaba la Western Union.

Y en eso reside gran parte de su encanto. Está filmada con elegancia, sin un montaje epiléptico —excepto por necesidades evidentes en la pelea entre Stallone y Momoa con hachas: el sexagenario protagonista ya no está para estos trotes, así que hay que recurrir al montaje para disimularlo, suponemos—. El teleobjetivo es un lenguaje que habla de la falta de profundidad de los personajes, de su visión limitada, de la falta de enfoque de la situación en que viven. Los planos tomados a través de rejas y otros elementos nos revelan su aislamiento, su perdición en un mundo que no dominan. Seres atrapados.

Y la noche es el reino en el que se mueven.

Como sucedía en sus obras magnas, Driver y The Warriors. La oscuridad y la ciudad es el territorio donde mejor se mueve Hill. Algo simbólico, sin duda. Aunque en ese juego simbólico en el que uno se busca a sí mismo, en ese viaje interior que proponía hace siglos la Anábasis de Jenofonte, también Hill realizó otro film digno de mención, La presa (Southern Comfort, 1981), aquella parábola sobre la patrulla de soldados perdida en una selva abstracta, atacada por enemigos que casi nunca vemos, destrozada en su unidad. Quizá el enemigo estaba dentro de ellos mismos y todo era un juego, un símbolo.

La Anábasis nuevamente. El viaje interior.

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Una bala en la cabeza ridiculiza el cine actual, con sus exageradas piruetas, sus peleas interminables, sus carreras infinitas. Aquí todo es concisión y las balas van directas a la cabeza, no hay que dar opción a que el enemigo se levante.

Un gran ejemplo en una escena magistral: El asesino a sueldo entra en un garito, sabe que está en territorio enemigo. Sin mediar palabra, entra en la trastienda con silenciador, mata a todos los presentes, abre la caja, coge los documentos y, con ellos en su poder, quita el silenciador para salir del garito. Se ocupa con disparos certeros de un puñado de matones que hay fuera. Aprovecha el factor sorpresa y, sobre todo, su frialdad y profesionalidad. Sangre, muertos. Rematar la faena. Ni uno vivo. Profesionalidad. Punto y final.

La escena apenas dura un minuto. En manos de cualquier aprendiz actual estaría llena de ralentis, balas que unos y otros esquivan, mobiliario destrozado. Y duraría cinco o seis minutos. Pura pirotécnica. Aquí no. Hill es un profesional, como sus protagonistas. Todo narrado con concisión y sin alardes. Sin explicaciones. Todo está claro con las imágenes.

Quizá ahora que Stallone ha recuperado el cine de acción con las viejas glorias de los 70 y 80 con las dos partes de Los mercenarios, esta película haya nacido como parte de su afán de recuperar algún tipo de corona perdida. Pero en las manos de Hill se transforma en otra cosa. Metacine. Reflexión sobre el género. Sobre el triste panorama actual del cine de acción.

Cine puro frente al cine-pirotecnia actual.

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Compararla con títulos como Parker engrandece aún más su valor. Subraya si cabe los errores de guión, de estructura, de casting y, por supuesto, de dirección de la adaptación de la novela de Donald Westlake. Parker es fachada —aunque tiene una media hora inicial meritoria—, que se viene abajo con la aparición de la mujer, del presunto triángulo. La musa Jennifer Lopez hunde el film.

A su lado, Una bala en la cabeza es concisa. La mujer no es amante, sino hija abandonada. Y si hay una historia de amor permanece en off. El compañero no es colega para toda la vida, las diferencia se resolverán al final a balazos, porque cada uno es un profesional en lo suyo.

Y Stallone acabará solo, perdido en la noche. Como el conductor samurái de Driver. Perdido en la noche. Quizá es sólo un símbolo. Como el líder de The Warriors. Alguien que busca su hogar, aunque éste sea una playa sucia y vacía al amanecer, tras una noche de búsqueda y huida a través del territorio enemigo.

Una bala en la cabeza no sólo es un festival para los que vivimos el cine de los 70 y 80, el auge y caída de aquella generación de directores que se hicieron con el poder en Hollywood —El director es la estrella sentenció un libro de entrevistas hoy mítico, firmado por Joseph Gelmis; en el presente siglo, Peter Bogdanovich ha publicado dos recopilaciones de entrevistas con el mismo título: ¿casualidad?—. Es también un manual de estilo para los directores actuales, que mueven mucho la cámara, pero no saben enfocar la historia ni los personajes.

No se dejen engañar por las apariencias. Sucedió hace cuatro décadas con Driver y The Warriors. Hoy son clásicos. Una bala en la cabeza quizá lo sea algún día.

Escribe Sabín

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