EL CASO WELLS (1)

  16 Febrero 2008
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Título original: The flock
País, año: Estados Unidos, 2006
Dirección: Andrew Lau
Intérpretes: Richard Gere, Claire Danes, Dwayne Barnes, Russell Sams, KaDee Strickland, Ray Wise, Matt Schulze, Kristina Sisco
Guión: Hans Bauer, Craig Mitchell
Producción: Bauer Martinez Entertainment, Lucky 50 Productions, Double Nickel Entertainment
Fotografía: Enrique Chediak
Música Guy Fearley
Montaje: Martin Hunter, Tracy Adams
Duración: 101 minutos

Seven y medio
Escribe Mr. Kaplan

Wai-keung Lau se hizo famoso en Hong-Kong por una serie de películas de artes marciales fantásticas (el género que hizo internacional Tigre y dragón), allí rodó multitud de secuelas de algunos de sus éxitos (cuatro partes de Young and dangerous/Jóvenes y peligrosas), pero, sobre todo, rodó la película que le iba a dar el pasaporte internacional: Infernal affairs... de la cual, por supuesto, realizó multitud de secuelas (tres oficiales y algún hijo bastardo no reconocido).

El ojo clínico de Martín Scorsese eligió esta película para rodar su remake americano, bajo el título de Infiltrados (y ganar el Oscar tan ansiado), algo que tampoco es nuevo, porque ha rodado multitud de secuelas: El color del dinero, El cabo del miedo, Infiltrados, el spot publicitario de Freixenet...

elcasowells3.jpgAsí que era cuestión de tiempo que Lau, convertido ya en Andrew Lau, siguiera la secuela de John Woo (convertido ya en John Doe) y se fuera a Estados Unidos a rodar remakes más o menos encubiertos.

De la misma forma que Woo camufló su primer saqueo bajo el título de Blanco humano (aunque en realidad era El malvado Zaroff versión Van Damme), Lau esconde el origen de su remake inconfeso bajo los rasgos caucasianos de Richard Gere, veterano agente que se enfrenta a su último caso antes de jubilarse (la desaparición de una jovencita a manos de un psicópata reincidente), y lo hace al tiempo que enseña a su nueva colega... una moza que viene a darle el relevo.

Como no llueve continuamente y la trama pronto no da más de sí, Lau se dedica a manipular la imagen con movimientos mareantes, con insertos presuntamente tensos, con repeticiones de planos aéreos de la secuencia final (pero desde el principio del filme) y con alguna que otra escena innecesaria (vemos a Gere dando una paliza a un maleante, para que aprenda; luego, por si no queda claro, se quita el camuflaje y vemos a Gere que, efectivamente, ha sido él... sin duda se está ensuciando las manos).

Una cita inicial ya avisaba: no puedes mirar al abismo sin que el abismo te mire a ti. O, dicho de otra manera (también por la cita inicial): si te dedicas a trabajar con basura, es posible que te conviertas en basura, o al menos, que te manches las manos.

elcasowells1.jpgEstá bien la cita inicial, te pone sobre aviso, lo que no acabo de entender es que lo diga dos veces. Y menos aún cuando la cita se repite textualmente, otra vez completa, al final, por si no lo teníamos claro.

Y entre cita y cita (insisto: por si no estaba claro), vemos a Gere con las manos manchadas, disparando, amenazando y todo lo que haga falta con tal de detener a un asesino... lo que definitivamente acaba convirtiéndolo a él en un asesino.

Podría ser un infiltrado más, esta vez en el campo de los psicópatas; podría ser una reflexión sobre Leatherface, ese matarife que cuando cierran su establecimiento por la llegada de métodos más modernos de sacrificar reses, como no sabe hacer otra cosa, pues mata gente; podría ser una nueva buddy movie sobre lo difícil que es trabajar con 500.000 delincuentes sexuales cuando cada agente especializado tiene mil casos que atender...

Podría ser...

Pero no acaba siendo nada de eso.

Los rasgos de Richard Gere esconden en realidad los del más madurito Morgan Freeman. La novata es el camuflaje perfecto para Brad Pitt. Y a Kevin Spacey, como no había forma de disfrazarlo, lo han transmutado en varios psicópatas a cada cual más perverso.

elcasowells2.jpgEso sí, a Lau se le va la mano en la penúltima escena: solos, en un paisaje desértico, filmado con un nervioso teleobjetivo, con la última psicópata (sí, sí, femenina) atada y arrodillada, el policía da vueltas a su alrededor, acaba de descubrir los cadáveres enterrados de muchas más víctimas y quiere hacer justicia, tiene una pistola en la mano y... Efectivamente, estamos en la penúltima escena de Seven y ahí ya queda claro cuál es la fuente de inspiración de Andrew.

¿De inspiración?

Lau bordea peligrosamente el ridículo espantoso cuando se separa del modelo original para salvar la vida de la psicópata (esa policía mona que llega a tiempo) y, de paso, salvar también la vida del pobre Richard Gere (que a estas alturas de la película definitivamente ya está tan negro como el mismísimo Morgan Freeman).

Pero, acostumbrado a dejar las cosas claras y repetirlas con minuciosidad oriental, Lau da el salto definitivo al ridículo más espantoso cuando añade un epílogo con la jovencita ya salvada y abrazada a sus padres (esos planos que sabiamente nos ahorró Demme al final de El silencio de los corderos), ralenti incluido, para dejar claro que definitivamente los tiempos han cambiado.

Los psicópatas ya no se salen con la suya.

Los policías (o psicólogos de psicópatas, qué más da) ya no se hunden en el abismo: simplemente acaban lavándose las manos.

Y Lau no es Fincher, por más que los créditos finales también sean un plagio escandaloso de los de Seven... algo que, dicho sea de paso, tampoco es una novedad: son los créditos más imitados de la última década.

Importar directores de Hong Kong para reducirlos a fabricantes de hamburguesas (con carne bien picada... aunque vaya usted a saber de qué) no parece ser el camino para que el cine comercial americano salga de su crisis creativa.

Y visto el nivel del guión, tampoco se entiende por qué el Sindicato de Guionistas ha estado tanto tiempo en huelga pidiendo más derechos por sus originales historias. ¿Derechos? ¿Por vender plagios y remakes a espuertas a productores que jamás han leído un guión?

En medio del desaguisado, Lau parece echar mano de su memoria para componer alguna que otra set-piece de interés, como el enfrentamiento del policía con un psicópata en un sótano a oscuras... lástima que alguien más sabio ya hubiera filmado esa tensa escena antes, con Búfalo Bill y Clarice Starling de protagonistas.

Esa buena memoria aporta un toque cinéfilo a la función.

Más o menos como Fellini hizo en su Ocho y medio.

Sólo que aquí el punto de partida se queda en siete...

Y el punto de llegada apenas sobrepasa el “medio”.