EL SUEÑO DE CASANDRA (4)

  16 Febrero 2008
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Título original: Cassandra's Dream
País, año: Gran Bretaña, 2007
Dirección: Woody Allen
Intérpretes: Hayley Atwell, Colin Farrell, Ewan McGregor, Tom Wilkinson, Sally Hawkins
Guión: Woody Allen
Producción: Wild Bunch, Virtual Studios
Fotografía: Vilmos Zsigmond
Música Philip Glass
Montaje: Alisa Lepselter
Duración: 108 minutos

La culpa y el castigo
Escribe Adolfo Bellido

No está nada mal el deporte crítico, cada vez más frecuente, consistente en atacar, por atacar, a reconocidos directores por las nuevas obras que nos ofrecen. Se dice de ellas que no son válidas, y por tanto impropias de su personalidad, pero, eso sí, sin explicar normalmente las razones en las que basan las furibundas críticas. Parece ser que existe una imperiosa necesidad de quitar de en medio películas tomadas como repetitivos esquemas de obras anteriores de dichos autores.

elsuenodecasandra3.jpgPero, al mismo tiempo que se afilan las plumas contra filmes, que en realidad resultan incómodos, se procede a defender películas mediocres, cuyo único mérito, si alguno tienen, es ocultar su vacuidad bajo fuegos de artificio o tras cortinas de humo: su escondido (o inexistente) mensaje está compuesto por una retahíla de buenas intenciones o presuntos compromisos, algo exclusivamente apto para soñadores ingenuos.

Tal lapidación le ha tocado, ahora, al último filme estrenado de Woody Allen, que no es el último que ha realizado (éste seguramente se encuentra recién embalado en Barcelona, esperando algún próximo certamen al que habrá sido invitado). Los números de Allen como cineasta son claros y apabullantes: ha actuado en 43 películas, ha escrito 59 y ha dirigido 42.

Pues bien, ahora parece que toca escribir sobre lo insulso de El sueño de Casandra, algo discutible máxime cuando, con anterioridad, se le ha perdonado la realización de filmes muy menores (Granujas de medio pelo, Un final made un Hollywood, Acordes y desacuerdos...) entre los que no se puede olvidar la nimiedad de Scoop, la segunda parte de la trilogía de Londres, que parece cerrarse con la película que ahora comentamos. Algunos críticos parecen preferir esas obras a títulos más complejos, como Desmontando a Harry (una vuelta de tuerca a la bergmaniana Fresas salvajes) o este desasosegante “sueño” en busca de una falsa felicidad. 

Match point, la película que abrió su exilio londinense, supuso una singular sorpresa para los que seguimos el cine de Allen desde sus comienzos. Sin renunciar a su personal (“camaleónica” más bien) forma de hacer, a sus obsesiones, el director introducía en el filme nuevos elementos, como si su “huida” de Nueva York, a la búsqueda de una “libertad” perdida, llevara implícita la aparición de nuevos y sorprendentes fantasmas personales. Londres, desde su “oscura” luminosidad, encierra turbulentas historias de arribistas que tratan de ascender a costa de lo que sea o de quien sea. Estas obras de Allen visualizan la ascensión de unos seres hacia las alturas, con el objetivo de llegar a la (in)felicidad al lograr un status de prosperidad y, con ello, destapar la caja que esconde soledades, angustias y culpabilidades. No importa si para conseguir la riqueza hay que eliminar todo y a todos los que entorpecen  tal destino. La finalidad es llegar arriba, lograr la ansiada “intocabilidad” social.

En Match point, la ascensión premeditada, metódica, de un personaje sin escrúpulos le conducía a un punto final en el que tenía que enfrentarse a su conciencia (si aún la poseía) al tiempo que debía asumir su condición de arribista y considerar que estaba “situado” en un lugar que no era el suyo. Será un “invitado” para siempre, receptor de determinados mensajes que le aseveren que ahí –donde se encuentra– no es más que un advenedizo. Culpabilidad, remordimiento y soledad para un personaje que ha pagado demasiado para lograr su cambio social. No muy lejano en idea a ese filme se encuentra, más atrás en su filmografía, una de las grandes películas del realizador: Delitos y faltas.

Una de las aportaciones más novedosas de Match point (y del cine de Allen) vendría señalada por la presencia del destino como elemento que entreteje la historia. Un destino al que nadie puede escapar y que dirige –como si fueran marionetas– a los personajes. La sombra de Fedor Dostoievski (en especial su Crimen y castigo, tanto en un acercamiento a la trama, como en el remarcamiento de ser la novela que lee el protagonista) y de Patricia Highsmith sobrevuela sobre un excelente guión. También ahí pueden rastrearse resoluciones o aproximaciones a la obra cinematográfica de Hitchcock (al igual, por otra parte, que en todo el cine de Allen), así como la referencia a películas muy concretas de otros directores como es, en este caso, Un lugar en el sol (George Stevens, 1951), filme del que utilizará un instante muy concreto en la posterior Scoop.

La segunda parte de la trilogía londinense, Scoop, es un divertimento menor que insiste en algunas de las propuestas de Match point, mientras que el final de la trilogía, El sueño de Casandra, no hace más que ratificar, en un paso hacia delante, las ideas que están presentes en los dos títulos anteriores. Cierra, pues, la trilogía con el mismo discurso recurrente de sus otras dos partes, pero aquí existen propuestas y variantes importantes.

elsuenodecasandra2.jpgEl tema de la ascensión, hacia la mayor de las alturas posibles, desde una clase social inferior, es el detonante de la situación central: dos hermanos deciden delinquir, saltarse las leyes/principios naturales en el convencimiento de la inexistencia de un Dios que rija el universo. Su mundo es su propia ley y, en ese sentido, asumirán satisfechos (al menos eso desean) todo lo que deben cumplimentar para obtener sus deseos. El conflicto se producirá cuando los personajes deban enfrentarse no a lo moral ni a lo inmoral, sino a lo amoral de sus actos (nuevamente Highsmith). De todas formas, será imposible que olviden (u olvide algún personaje) los principios éticos que han “aprendido” con anterioridad. Así, la conciencia conducirá al encuentro con la culpa y se exigirá entonces una determinada forma de redención; en definitiva, nos seguimos moviendo en los mundos creados por Dostoievski –ahora con una mínima referencia a Los hermanos Karamazov–, Highsmith, Hitchcock...

Existen otras importantes cuestiones que deben tenerse en cuenta en este sueño nunca satisfecho, siendo, quizá, la más destacada y atrayente, la que se centra en el tema del doble. Algo que no es nada nuevo, por supuesto, ni en literatura ni en cine, como muestra, en el primer caso, la historia de Robert Louis Stevenson El doctor Jeckyll y Mister Hyde y, en el segundo, por citar un título cinematográfico, Persona de Bergman. 

Los dos personajes principales que se plantean la lucha entre lo moral y lo amoral son dos hermanos, dos perdedores natos, que desean ascender en la escala social, al precio que sea.

Uno de ellos, el más apaleado por la vida, juega de manera reiterada, simplemente porque necesita hacerlo. No es un jugador profesional. Su compulsión le lleva a jugar para ganar dinero. Como es lógico, la mayor parte de las veces, pierde.  Endeudado, entrampado, tiene que hacer frente a su vida y a la de los que habitan a su lado. Tal es el caso de su mujer, un personaje tan golpeado por la vida como él o más. Ella es un ser trágico, clásico en una tragedia desesperanzadora, que busca un sitio en la vida o, al menos, una oportunidad. Es esta mujer la que al final recibirá, probablemente, el más duro de los golpes. Lo problemático del marido consiste en que, además de ser un perdedor, sin ases en su juego, posee conciencia. Por ello será perseguido, mordido por los remordimientos.

elsuenodecasandra1.jpgEl otro hermano (su doble) es guapo, arrogante, vividor, moviéndose siempre en una realidad más allá de sus posibilidades. Carece de conciencia, es amoral, por eso coge lo que quiere y cuando quiere. Nada le detiene. No tiene remordimiento alguno. Su norma: vivir a tope y aprovecharse de lo demás. Sólo le importa tener lo mejor: mucho dinero, buenos coches, una chica de película... Una mujer, la que desea, que se encarna en la figura de una actriz de teatro que no es más que su propia imagen. La aspirante a actriz, asesinada de Match point, era una pobre sin sitio en la vida, que quizá mintiera, pero al hacerlo sólo trataba de salvar lo poco que le quedaba. Aquí, la actriz teatral es una trepadora lanzada al lujo y cuyo único deseo es obtener, al precio que sea, lo mejor de la vida.

Estos cuatro personajes, movidos por el destino, buscando dar sentido a su sueño, son los personajes principales del filme, que parecen invocar en sus caminos a la adivinadora Casandra para que les adivine el porvenir. Al final, como en el mito, decidan ignorar sus vaticinios, aunque terminarán por cumplirse de manera inexorable. Casandra, el barco con entidad metafórica, es la representación-señuelo de la vida de lujo que les será birlada. El destino, la casualidad, jugará con (y contra) ellos. Los encuentros y desencuentros se producen de forma inesperada. Todos los pasos de los seres que habitan este “sueño” parecen asemejarse a las fichas movidas, en un imaginario tablero de ajedrez, por un irónico y caprichoso dios. Así, el azar será quién “ordene” el encuentro del vividor con la actriz en la carretera, o el que señale el cruce en la fiesta de los dos hermanos con el hombre que deben asesinar o, en fin, quien “ría” en la escena del frustrado asesinato en la casa, ante la aparición de alguien al que no se esperaba...

¿Existe al final algún triunfador en el filme? Sí, claro, lo hay. Pertenece al grupo de los de siempre: es el dios que elige a sus emisarios mortales para cumplir las misiones que él nunca debe realizar. Los problemas, los suyos, los deben solucionar otros. Y, si es preciso matar, se obedecerán sus ordenes, para que pueda seguir ostentando su posición social. Y después ordenará que sus vasallos sean aplastados o eliminados, bien directamente o bien engullidos por los torbellinos del destino. Así podrán, los amos seguir seguros bañándose en sus riquezas. La imagen de honestidad que muestran será un engaño hacia los otros, deslumbrados por la falsa honestidad, desinterés, que tal personaje emite. Este cruel devorador viene materializado en el tío de los dos hermanos. Es quien les “ordena” la misión de eliminar a alguien que puede dañar su imagen. Un asesinato que creen los hermanos, de acuerdo a la propuesta de su tío, será la catapulta que les lanzará al mundo de la riqueza. La realidad será muy diferente. Lo moral y lo amoral, la conciencia, la culpa, la indiferencia, el estar por encima de cualquier norma, son propuestas que se entremezclaran en el discurrir de la narración. El final, como es lógico en este tipo de narración, se asentará en la tragedia.

El cierre del filme se produce en un múltiple final: discutible el primero (el “vividor” se siente incapaz de matar a su hermano); precipitado el segundo (la forzada, y quizá escasamente convincente lucha en el barco); innecesario el tercero (la presencia nada creíble de la policía explicitando lo ocurrido. ¿Qué falta hace esa explicación? No sería mejor dejar el caso sin resolver cara al espectador); excelente el cuarto, que cierra definitivamente el filme (las dos mujeres van de compras, charlan, sin tener idea de la tragedia que acaba de ocurrir y que cambiará sus vidas)... Ahora sí, la película cierra justamente, dando paso a los créditos finales.

El filme está realizado con gran inteligencia. Allen cada vez domina más la narración cinematográfica, que construye desde planteamientos personales. Aquí, es capaz incluso de rodar las secuencias más “duras” de forma  “evasiva”, dejando que transcurran fuera de plano o, incluso, se supriman por medio de arriesgadas elipsis. Ejemplo de lo primero sería la secuencia del asesinato que tiene lugar por la noche en un parque. No vemos cómo se produce. La cámara se desliza fuera del hecho principal. Escuchamos los ruidos, las palabras... Excelente forma de narrar ese instante (incluso para “provocar” un mayor dramatismo), donde la cámara, con su huida, parece testificar la condena del hecho por parte del director ( que no desea estar en ese lugar). Un ejemplo de lo segundo (la utilización de arriesgadas elipsis) sería el “corte” de la secuencia final en el barco: no vemos cómo resuelve el jugador el dilema que se le presenta. Quizá no sea demasiado acertada, ni creíble, la forma en que se procede a comunicar al espectador los hechos posteriores. De cualquiera forma, la idea que Allen asume en ese momento es la misma que aplica en la secuencia del asesinato: ni se ensaña, ni se implica en aquello que acontece.

Diálogos ajustados en un guión sabiamente construido y hecho cine por medio de excelentes interpretaciones. Estamos ante un muy notable filme, realizado por uno de los grandes intelectuales que dirigen cine. La película indaga y reflexiona tanto sobre el lado oscuro del ser humano como sobre el depredador mundo actual, volcado hacia la posesión de dinero como único garante de la felicidad. Un espejo, este “sueño”, en el que se refleja la propia de la sociedad en que vivimos.