EN LA CIUDAD DE SYLVIA (2)

  03 Febrero 2008

 enlaciudaddesylvia0.jpg

Título original:

En la ciudad de Sylvia

País, año:

España/Francia, 2007

Dirección:

José Luis Guerín

Intérpretes:

Xavier Lafitte, Pilar López de Ayala, Tanja Czichi, Laurence Cordier, Eric Dietrich, Charlotte Dupont

Guión:

José Luis Guerín

Producción:

Eddie Saeta

Fotografía:

Natascha Braier

Montaje:

Núria Esquerra

Duración:

90 minutos

Alelado, ensimismado, atontado
Escribe Daniela T. Montoya

Escueta es la filmografía conocida de José Luis Guerín. En 1989 fue sonado su estreno del largometraje Innisfree. Por si había dudas de su calidad, se consolidó con Tren de sombras en 1997. Y ya principios de este siglo cautivó a públicos más variados con En construcción (2001).

enlaciudaddesylvia3.jpgA pesar de los prolongados espacios de tiempo, sus películas han quedado como mojones en la historia reciente del cine. Los halagos le han llovido no sin motivo. Porque Guerín ha sabido ir hasta las fuentes del documental para, desde el presente, mostrarnos su particular mirada sobre la realidad. En sus documentales, en sus (re)construcciones fílmicas, Guerín nos desvela algo que permanecía oculto. Nos ha aproximado a aspectos desconocidos de la (nuestra) vida. Pero en, hasta la fecha, su última película En la ciudad de Sylvia (2007), ensimismarse en sus recuerdos no ha dado resultados tan fructíferos. Retornando a los pasos dados en su primer (e invisible) largometraje, Los motivos de Berta (1983), Guerín se reconcentra en un trabajo autorreflexivo que le aleja de la observación directa.

Un hombre retorna a una ciudad cualquiera en busca de una mujer que recuerda vagamente. Sólo su nombre tiene claro: Sylvia. Decidido a encontrarla, se aposta en un concurrido bar a esperar que aparezca ante sí. Rebusca entre las chicas sentadas en la terraza, en el interior del bar. Se fija en las que pasan fugaces por entre las mesas. Toma nota de perfiles, de rostros, de melenas. Bocetos vagos que tratan de ayudarle en su reconstrucción mental. Tras mucha espera, una joven atrae su atención. Ella, al pasar ante su mesa, rapta su mirada. Irremediablemente, él siente la necesidad de seguirla, y así lo hace. Ambos se adentran por las laberínticas calles de la ciudad. Ella delante, dejándose llevar por sus pensamientos. Él detrás, concentrado en seguir los pasos de ella para que, al menos esta vez, no la pierda. Esperar y buscar, estas son las dos acciones que copan la mayor parte del metraje de En la ciudad de Sylvia.

enlaciudaddesylvia1.jpgLa forma en que se articula En la ciudad de Sylvia busca la desnudez y se topa con grandilocuencia. Se inspira en autores de referencia, pero el resultado es mero reflejo extraviado. Por ejemplo, el minimalismo estético, en manos de Abbas Kiarostami, da pie a reflexionar sobre los límites de la belleza. Por su parte, a través de la quietud, Víctor Erice es capaz de retratar el paso del tiempo. En cambio para Guerín, aproximarse a la abstracción, es un trabajo frustrante. La demostrada capacidad del cineasta catalán para sacar a la luz lo ignorado se pierde aquí en la zozobra de la observación anonadada.

Cosa muy distinta a lo que ocurre en Unas fotos en la ciudad de Sylvia, montaje en blanco y negro (y con acompañamiento musical opcional) a partir de las fotos que inspiraron la posterior realización de En la ciudad de Sylvia. Porque Unas fotos… sí transpira realidad. En este montaje queda reflejada una búsqueda real, la propia investigación que realizó Guerín durante una estancia temporal en la ciudad de Estrasburgo, Unas fotos… es una auténtica indagación tras un recuerdo. Es confundirse entre las calles y los paseantes siguiendo pistas vagas, guiándose por el instinto, dejándose llevar por el misterio.

enlaciudaddesylvia2.jpgHay un claro contraste entre el montaje de Unas fotos… y la película En la ciudad de Sylvia. El primero es un auténtico trabajo de campo, un fotodocumental donde el objeto de estudio es el propio director. Concretamente, el deseo focalizado en una mujer desconocida. Sin embargo, En la ciudad de Sylvia es una película de ficción, una construcción artificiosa sobre la búsqueda infructuosa de la belleza. En manos de un director labrado en el trabajo directo con la realidad, esta diferencia entre ficción y trabajo documental, es fundamental en el resultado decepcionante de la película.

Por más que Pilar López de Ayala (co-protagonista deseada) se esfuerza en ofrecer naturalidad, el desapego se palpa en cada fotograma. Acrecienta la sensación de lejanía la caracterización romántica de la otra mitad protagonista, el personaje masculino interpretado por Xavier Lafitte. Como si viniese de un tiempo remoto, enclaustrado en un tiempo pasado, el joven se extravía persiguiendo un ideal abstracto de belleza imposible. Pero esa indagación es vacua. Por más que mire con los ojos bien abiertos, el contenido de su mirada se disipa entre lo anodino.

De igual forma, la cámara de Guerín se recrea filmando mujeres en el bar, en las calles, en los paseos, pero no extrae más que frialdad. No logra captar eses gesto que dé vida a la película; esa mirada molesta de una mujer, molesta al sentirse observada, que plasma una de las fotografías de Unas fotos…