CARAMEL (2)

  27 Enero 2008
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Título original:

Caramel

País, año:

Francia/Líbano, 2007

Dirección:

Nadine Labaki

Intérpretes:

Nadine Labaki, Yasmine Al Masri, Joanna Moukarzel, Gisèle Aouad, Adel Karam, Siham Haddad, Aziza Semaan, Fatme Safa, Dimitri Stancofski, Fadia Stella, Ismail Antar

Guión:

Nadine Labaki, Jihad Hojeily, Rodney Al Haddad

Producción:

Arte France Cinéma, Roissy Films, Les Films des Tournelles, Les Films de Beyrouth

Fotografía:

Yves Sehnaoui

Música:

Khaled Mouzanar

Montaje:

Laure Gardette

Duración:

96 minutos

Demasiado dulce para ser verdad
Escribe Mister Arkadin

La dedicatoria a “mi Beirut” se encuentra, abajo y a la derecha, en el plano largo y sostenido que cierra el filme. Ahí vemos cómo se alejan por una larga calle dos de las  mujeres que han habitado el mundo de Caramel. Se trata de dos mujeres mayores, la costurera (“tía Rose”) y la mujer (¿familia acaso?) “sonada” con la que habita. Después, la película cierra a negro para iniciar el recuento de todos los componentes que han intervenido en el filme. Sus nombres aparecen alternativamente expuestos en francés y en árabe. La cohabitación de idiomas, culturas y religiones es uno de los temas que, más bien de pasada, deja entrever esta película hermosa, espumosa y agradable.

caramel1.jpgCaramel nos cuenta la historia de seis mujeres. A las dos mayores ya citadas tenemos que añadir cuatro más: la plantilla al completo de un salón de belleza. Otras dos aparecen como personajes secundarios: la extraña y bella visitante del salón de belleza, que termina por enamorarse de la peluquera lesbiana y la mujer del amante de la dueña del salón. Personaje este último interpretado por la propia directora del filme, Nadine Labaki, joven realizadora libanesa que debuta en la dirección con esta película, pero con experiencia ya que proviene del mundo del spot y del video clip. Hecho que se nota en demasía en el filme, tanto por la rapidez con la que se traban algunas secuencias como por la forma alternativa de desarrollar ciertos momentos. Para que no haya dudas, ciertas escenas se mecen al compás de una canción. Lo peor del relato sin duda.

Lo más interesante de Caramel se encuentra en el tono claramente intrascendente elegido para narrar distintas historia de mujeres desde el lado más amable. Incluso los (no demasiado graves) problemas que viven, acaban por solucionarse con facilidad. Basta para que todo vaya bien, parece decir la película, con poner delante de nuestros ojos unos cristales rosados con lo que contemplar el mundo. O utilizar azúcar, mucha azúcar para preparar el caramelo que puede ser golosina o instrumento de trabajo.

Si se padece de amor por haber sido rechazado, no hay problema para encontrar rápidamente a un rendido pretendiente; si alguna de las protagonistas tiene miedo de contar antiguos deslices a su novio, no hay problema porque los virgos pueden ser repuestos; si se camina hacia la menopausia, se evita hablar de ello o se “hace ver” que aún se está en edad procreadora; si se es lesbiana, siempre habrá alguien que aparezca en el salón en forma de princesa azul para poder soñar y vivir una historia amorosa (aunque sea en sueños); si, en definitiva, se es mayor, basta con aceptarlo, renunciando a todo para dedicarse a cuidar a otras mujeres que necesitan de sus cuidados.

No hay problemas, tampoco, en lo referente a una determinada “militancia” sexual o religiosa. Todos los personajes viven, aquí, en total armonía. Así, los cristianos y los musulmanes cohabitan, como debe ser (pero no es así), en paz y tranquilidad absoluta. Un paraíso el que propone Caramel, que se contradice con la realidad que se vive en el Líbano, un avispero ante el interés de varios gobiernos que toman el país como escenario de confrontación de poder.

El filme parece, por momentos, un largo anuncio destinado a promover turismo. En su favor habrá que decir que cuando se realizó la película se vivía en el Líbano una (falsa) paz que parecía no iba ya a romperse. Pero la guerra volvió inmediatamente después de que Caramel se hubiera acabado de rodar. Nuevamente la barbarie asoló la zona. El sueño había terminado. El dulce caramelo era así demasiado ácido e inmasticable.

caramel3.jpgLa directora está en su derecho de hacer este filme, pero también se podrá ser crítico con su postura. Nadine Nabaki proclama con claridad lo que desea mostrar: “Cuando acabó la guerra civil entre cristianos y musulmanes, que tuvo lugar entre 1975 y 1990, tenía 17 años. Al hacer éste filme quise contar una historia que mirara hacia el futuro y no hacia atrás. Pertenezco a una generación que quiere hablar de otras cosas, de historias de amor, por ejemplo, más relacionadas con nuestros sentimientos y experiencias que con la guerra  (...) Ocho días después de terminar el rodaje revivimos los acontecimientos. Todo volvió a empezar. Tuve, entonces, un fuerte sentimiento de culpabilidad. ¿Qué pintaba esta película que habla de amor, de mujeres, de amistad? Para mí el cine debería tener una misión y ayudar a cambar las cosas, pero ¿qué podía aportar o cambiar mi película? Caramel es una forma de sobrevivir a la guerra, de superarla, de ganarla. Es mi revuelta personal y mi compromiso (...) Caramel aporta un mensaje: a pesar de la oposición entre las distintas religiones, reactivadas por la guerra, lo natural es que cohabiten y coexistan. Al menos es como pienso que habría que vivir”.

La opción de la directora es clara. Una postura que casi, en otro sentido, coincidiría con la de Benigni en (la impresentable) La vida es bella: hay que sonreír en los momentos más difíciles y mirar (¿esperanzados?) hacia el futuro. Opción todo lo aceptable que se quiera, pero también, en su evidencia, falsa. La realidad ni es una, ni otra. No se puede obviar la existencia de unas discrepancias, el enfrentamiento entre culturas y religiones, olvidar la guerra que asola o está a punto de estallar en el país. Una gran mentira que iría en detrimento de la propia existencia de la película, en cuanto a su mensaje artificial y edulcorado.

No se crea, por todo lo anterior expuesto, que se trata de una obra despreciable. No lo es. Se trata de un discutible filme que intenta proclamar la existencia (y no la necesidad) de una unión entre razas y religiones, que, incluso, apuesta por la libertad (inexistente) del individuo tanto respecto a su opción sexual como a su adscripción (o no) religiosa. Cualquier modo de vida es válido. No existe dificultad en la unión de las personas distintas y en poder sentirse amigas. Nadie exige, en la película, a nadie nada que no puede dar. Es ejemplar, por ejemplo, la actitud de la dueña del salón (la propia directora) al conocer y tratar profesionalmente a la mujer del amante, personaje  que ahora quiere ignorarla (está bien el hecho de que nunca se le llegue a ver). Ella conoce a la mujer mientras que la mujer no parece saber nada de las andanzas extramaritales de su marido. Secuencia bien resuelta, sobre todo si nos centramos en la desarrollada en la casa del matrimonio con la presencia de la hija del amante, descubierta a través de una pecera: una buena idea.

caramel2.jpgExcelentes en observación son también algunos detalles que sirven para conocer a los personajes. Uno de los mejores es aquél en que se descubre la sexualidad de la lesbiana. Basta simplemente un plano fijo, mientras permanece sentada en un autobús. Su cara, sus pequeños movimientos, la dirección de su mirada, el nerviosismo que siente cuando una chica se sienta a su lado, muestran claramente lo que siente y piensa la mujer en ese momento. Y, por tanto, dónde se encuentra su sexualidad. Está igualmente bien narrado el doble cierre de la historia amorosa de la costurera. Seguimos todo el proceso por el cual la mujer se prepara para la cita amorosa en el café: la llegada al salón de belleza, (centro de la película); el momento en que (nuevamente empleando el filme el recurso del plano fijo) se pinta delante del espejo para, a continuación, ante la insistencia de la mujer que depende de sus cuidados, contemplar como renuncia a esa vida que se le ofrece: poco a poco se ira desmaquillando. Bloque que concluye con la marcha del café del anciano y pobretón dandy al que vemos alejarse por la calle con sus pantalones ridículamente acortados.

Es en la observación de los pequeños detalles donde Caramel gana la partida. En otros sorprende, en una directora (o quizá por eso) avezada en la técnica videoclipera, la falsa utilización de la elipsis cuyo único sentido es solucionar una secuencia que no sabe cómo acabar. Por ejemplo, está conseguida la elipsis que conduce de los novios discutiendo con el policía, que les recrimina que se encuentren en la noche metidos en un coche aparcado, al posterior momento de la comisaría. Sin embargo, no está bien dado el paso de la comisaría a la (supuesta) liberación de los detenidos. Momentos estos, además, donde probablemente, por única vez en el filme, se vislumbran una serie de conflictos: el policía-soldado que patrulla con metralleta, los policías haciendo un informe alarmados ante las palabras que ha dicho el joven y que, para ellos, lindan con la blasfemia al mentar a Dios. La realidad bélica y religiosa está dada, pues, de pasada.

Filme demasiado deslabazado en el paso de la historia de una mujer a otra, lo que también implica caídas de interés o momentos repetitivos frente a otros conseguidos. Ejemplo de lo primero serían las escenas del coche, las visitas a la clínica,  los lavados de cabeza a los que se somete (vistos como una “exaltación” amorosa) la misteriosa mujer que acude casualmente a la peluquería, el guardia sometiéndose a un tratamiento de belleza, o incluso la inclusión en el guión de ideas tan poco creíbles como la de la pérdida de la cartera del amante (único motivo de su utilización: que sea abierta  para encontrar en su interior, muy escondida, la foto de la mujer y la hija), las poco convincentes y reiteradas multas de tráfico que sufre la protagonista, o la discusión que la dueña del salón mantiene con el agente de tráfico por no llevar puesto el cinturón de seguridad, para acabar sin ser denunciada gracias a... su belleza.

En la cuenta positiva habrá que citar el ya indicado cuidado en la definición de personajes, a lo que hay que añadir la buena interpretación de todo un elenco de mujeres que nunca antes había actuado en el cine. Destacaré también la forma de presentar los detalles definitorios de ciertas situaciones (el toque del claxon, de acuerdo al estado de animo del hombre, del coche de la amante), la belleza de las imágenes, el hecho realmente plausible de evitar el tópico y mostrar a unas lesbiana ni feas ni hombrunas,  lo acertado en la forma de desarrollar ciertas secuencias (la preparación del nido de amor, los castings) aunque, en algunos casos, la conclusión de la secuencia acabe por no ser correcta al tender con facilidad al video clip.

En Caramel, y para nuestra cultura y forma de entender el mundo, hay ciertos datos chocantes tanto por resultarnos extraños o por llevarnos a recordar algunas viejas costumbres, ya barridas, de nuestra sociedad. Citemos algunos de esos apuntes: la madre tratando de explicar a la hija musulmana que se va a casar (y que ya ha tenido otras relaciones) lo que va a ocurrir en la noche de bodas; la necesidad que tienen las parejas de presentar en hoteles respetables los papeles que les acrediten como matrimonio si no quieren terminar en sitios poco recomendables; las clínicas dedicadas a coser virgos en vez de practicar abortos; el no poder estar una pareja de noche en la calle encerrada en un coche si no quiere ser multada o llevada a la comisaría; las procesiones con sus cánticos e imágenes de vírgenes que se aposentan en los establecimientos comerciales; la escasa vida privada de las personas en la casa familiar; el funcionamiento comunal de los taxis...

La película se mueve entre el folklore, el vídeo promocional turístico, la observación (precisa) y el estudio de diferentes mujeres, pero huyendo de la verdad (trágica) que asola al país. Como envoltorio del filme está el mensaje de unidad de la gente, con independencia de edad, cultura, religión u opción sexual. Por esos caminos se mueve la agradable Caramel. Lastima que sólo se trate de una bella y dulce película. Su defecto es que rezuma tanta azúcar que puede llegar a indigestar.