YO (4)

  17 Enero 2008

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Título original: Yo
País, año: España, 2007
Dirección:  Rafa Cortés
Intérpretes: Alex Brendemühl, Margalida Grimalt, Rafael Ramis, Heinz Hoenig, Aina de Cos, Maria Lanau, Manuel Barceló
Guión: Alex Brendemühl, Rafa Cortés
Producción: Fausto Producciones Cinematográficas, La Periférica, Escándalo Films
Fotografía: David Valldepérez
Música Óscar Kaiser
Montaje: Frank Gutiérrez
Duración: 100 minutos

La búsqueda de la identidad
Escribe Daniela T. Montoya

El desarraigo

yo2.jpgEn el momento histórico que vivimos, en el que el capitalismo globalizado está haciendo estragos en las poblaciones de los países más desfavorecidos, parece que las sociedades bienestantes también tienen dificultades para alcanzar la plena felicidad con que sueñan. La vida gozosa que recrean las revistas de moda, las teleseries de éxito, los blockbusters de cine y la publicidad, no se ve corroborada por la realidad. Las imágenes procedentes de diversos medios audiovisuales generan un modelo ideal de sujeto a la vez que dan pistas de la “via ilusoris” para llegar al mismo: los objetos que han de decorar nuestro entorno, el atrezzo que portar, la forma correcta de interpretación y la modelación adecuada de nuestras carnes. Un modelo homogeneizante de individuos desarraigados que se ve reforzado por la unicidad que abarata los costes de la diferencia.

En contraposición, aumenta el ansia por buscar la peculiaridad, por encontrar la distinción de entre las masas pero, al mismo tiempo, con la necesidad de sentirse arropado por la consideración de los demás. Es decir, encontrar un sitio en el que poder desarrollarse como individuo singular a la vez que integrarse en un colectivo como sujeto autónomo. Éste podría ser el objetivo inconsciente que, en la película Yo (2007) de Rafa Cortés, guía a su protagonista, Hans (Alex Brendemühl), hacia el inicio de una nueva vida un pueblo de la isla de Mallorca.

yo1.jpgHay un dicho filosófico que afirma que es imposible que uno mismo se encuentre si antes no se ha perdido. Y quién puede estar más perdido que el alemán Hans, recién llegado a un pueblo a cientos de kilómetros de su lugar de origen. Un núcleo reducido de población, en el cual se habla una lengua desconocida para Hans, el mallorquín. Un lugar que Rafa muestra muy alejado al del tópico turístico convencional de sol-y-playa, donde hace frío y esporádicamente puede llover torrencialmente. Por otro lado, Hans tampoco encaja con el prototipo de alemán residencial que, como el otro alemán de la película que le contrata como obrero, vive con todo tipo de lujos y caprichos a costa de las diferencias de rentas que trae de su país de origen. Al contrario, Hans va a la isla como un inmigrante más, va para construirse un futuro trabajando. Pero para ello, previamente, debe encontrarse a sí mismo, es decir, definir qué quiere, qué le gusta, cómo quiere las cosas, cuál es su meta, cuál es su lugar, en definitiva, encontrarse a sí mismo.

El doble

Desde el primer momento de su llegada al pueblo, Hans ve suplantada su identidad por la confusión con otro alemán que previamente ocupó la misma vivienda que ahora le ofrecen a él, y realizaba el mismo trabajo que ahora él debe desempeñar. Se plantea un primer dilema: esforzarse por encajar con el modelo del otro Hans, al cual ya se ha acostumbrado el pueblo y, en cierto modo, el rastro carismático que ha dejado es absorbente; o bien rechazar cualquier vinculación y, haciendo frente al temor al rechazo, tratar de distanciarse de ese reflejo mostrando su propia personalidad.

Es interesante el uso que hace Rafa Cortés de la figura de un doble para, por un lado, analizar el devenir psicológico del protagonista; y, por otro, introducir un elemento de suspense al mantener la duda sobre lo que ocurrió en el pasado. ¿Por qué se fue Hans de imprevisto? ¿Dónde se fue? ¿Por qué no avisó a nadie, ni a la chica con la que estaba? Todas estas preguntas reaparecen insistentemente en la boca de los lugareños hasta el punto de responsabilizar a Hans sobre la necesidad de dar una respuesta, aunque sea inventada, sobre su no-vida anterior; pero para Rafa, la solución a la misteriosa desaparición de Hans carece de interés.

No estamos ante una película clásica de género que tenga como objetivo resolver el rompecabezas o desenmascarar al asesino. El “qué pasó” ya es pasado y, por tanto, sin posibilidad de actuar sobre ello; y el misterio de la muerte, con el paso del tiempo, será enterrado en las conciencias de los lugareños. La única relevancia de lo que ocurrió en tiempo pretérito radica en la capacidad que tiene para repercutir sobre el presente, es decir, de qué forma el pasado se proyecta como una sombra pudiendo atrapar la existencia de Hans.

La comunidad

yo3.jpgOtro elemento que incide en la sensación de extrañamiento que experimenta Hans es la peculiar población autóctona con que se encuentra. Hans es un alemán que se instala en una pequeña comunidad balear que, para colmo, es bilingüe. Rafa Cortés posiciona la mirada de la cámara sobre la perspectiva de su protagonista, Hans, de tal forma que la percepción que tenemos de los lugareños es una visión parcial a la vez que atónita ante las extrañas actitudes que observa.

Es la mirada de un niño que estudia, con avidez y sorpresa, cómo se comportan el resto de personas con el fin de aprender (e imitar) sus mismas pautas de conducta. Hans debe captar los sentidos de los quehaceres, porque no es lo mismo presentarse en el bar a mediodía, cuando los lugareños están trabajando, que en las horas de tarde, cuando se reúnen para comentar el día echando unas cartas. Porque no es lo mismo concebir el bar como un lugar en el que uno puede refrescarse la garganta o jugar a las cartas, que atisbar su cariz socializador en tanto que punto de encuentro de la población en donde, también, se pueden hacer negocios, hacer la colada, intentar ligar, encargar la compra o conversar con los vecinos. Asimilar los ritmos de vida de la población autóctona, mantener la máxima atención para percibir los detalles nimios y tener la capacidad para ir atando cabos, todo ello facilita, en último término, integrarse en la comunidad.

Sin grandes pretensiones metafísicas ni filosofías de rebajas, en Yo se encara la desorientación que genera en el sujeto la incomprensión de las “reglas” sociales que imperan en un microcosmos. Y es que incluso su compatriota, quien le da trabajo, muestra tales rasgos de excentricidad que Hans tampoco es capaz de congeniar con él, a pesar de que, hipotéticamente, tienen puntos en común al compartir una misma cultura de origen y la misma lengua.

Esta sensación de distanciamiento respecto a la sociedad en la que se (des)ubica llega a obsesionar al protagonista hasta el punto de hacer cualquier cosa para evitar el rechazo. Desde recorrer kilómetros y pagar una suma desorbitante por una botella de un selecto alcohol, hasta la ocultación de un cadáver, son reacciones reflejas, irracionales, cual animal aterrorizado. Asimismo, para no quedarse aislado, Hans deberá hacer un sobreesfuerzo para eliminar la barrera idiomática que le distancia respecto a la población autóctona.

La autoafirmación

yo4.jpgRafa Cortés ha conseguido, con la solidez que envuelve éste su primer largometraje, entrar por la puerta grande de la cinematografía española. Porque Yo es un filme tan atractivo como inclasificable. Atractivo por la apuesta que hace por la coexistencia apacible de sujetos no-perfectos, con sus manías y peculiaridades, pero tampoco maniqueos. E inclasificable por la forma discursiva en que la narración puede discurrir con naturalidad por varios géneros, pero sin llegar a encasillarse en ninguno. A lo sumo, podríamos hablar de una película de tintes psicológicos, al centrarse en la búsqueda de la identidad de su protagonista, pero al mismo tiempo de análisis antropológico (no tanto etnográfico) al considerar necesario que el proceso de autoafirmación se dé en un núcleo social que, en último término, tiene la capacidad de arroparlo y proyectarlo (caso de Hans) o, en caso opuesto, eliminarlo o expulsarlo.

*****

(1) La película está ambientada en Sóller, un pueblo de la zona norte de la isla que, debido a la horografía con la sierra de Tramontana como barrera natural, entre otras cosas se caracteriza por su aislamiento a causa de las dificultades de las comunicaciones con el resto de la isla.