BORRACHERA DE PODER (3)

  16 Enero 2008
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Título original: L'ivresse du pouvoir
País, año: Francia/Alemania, 2006
Dirección: Claude Chabrol
Intérpretes: Isabelle Huppert, François Berléand, Patrick Bruel, Robin Renucci, Maryline Canto, Thomas Chabrol, Jean-François Balmer, Pierre Vernier
Guión: Odile Barski, Claude Chabrol
Producción: Centre national de la Cinématographie, Canal+, Alicéléo, France 2 Cinéma, Integral Film GmbH, Procirep, A.J.O.Z. Films, Angoa-Agicoa, Filmförderungsanstalt (FFA), Ciné Cinémas
Fotografía: Eduardo Serra
Música Matthieu Chabrol
Montaje: Monique Fardoulis
Duración: 110 minutos

El otoño del “autor” cinematográfico
Escribe Víctor Rivas

El ejercicio de la crítica cinematográfica está atravesando por una crisis metodológica. La razón de estas “parálisis” es el agotamiento de la fórmula del “autor” cinematográfico. La “política de autores” ya no parece ser el modelo teórico desde el que poder valorar los filmes, aún cuando estos continúen planteando cuestiones relativas a la institución cinematográfica tan interesantes como la supuesta “regresión” a los códigos narrativos del cine primitivo (1).

borrachera-2.jpgResulta trascendental preguntarse qué tipo de crítica está siendo realizada para entender qué entendemos actualmente por cine. La actualidad crítica de los medios de comunicación españoles, especialmente periódicos y revistas especializadas, parece decantarse por tres tipos de “cines”: los denominados blockbusters, o grandes producciones norteamericanas; el cine de autor, una amalgama de propuestas cuyo único denominador común es plantear batalla narrativa y estética a la institución; y, por último, el cine clásico o de narrativa tradicional. Semejante catalogación, demasiado superflua, demasiado simple, no responde a análisis históricos o teóricos del concepto de cine, sino a prácticas cinéfilas que adolecen de una mirada de amor adolescente hacia el cinematógrafo.

La reciente película de Claude Chabrol, Borrachera de poder, plantea una nueva reformulación de los códigos interpretativos de la crítica de “autor”, tal y como quedó definida tras la metodología ontológica inaugurada por los Cahiers du cinéma franceses (2).

De alguna manera, esta tendencia ha permitido la aparición de una cierta metafísica dentro de la crítica autoral. La siguiente reflexión de Carlos F. Heredero sobre la película de Chabrol puede dar una idea de a lo que nos referimos: “Un discurso sobre los impulsos profundos y atávicos que nublan el raciocinio, sobre los incontrolables deslizamientos del logos hacia el territorio del pathos, sobre la relación entre los cuerpos y la conciencia” (3).

borrachera-4.jpgNo se trata de una crítica de los modelos formales de la película, tampoco de una valoración del filme, tan sólo es un ensayo sobre los temas que suscita la película en las reflexiones del crítico. Estamos lejos de esa crítica reflexiva, comprometida y razonada que se pretende desarrollar como alternativa al discurso dominante sobre el cine (4).

Borrachera de poder plantea al crítico las mismas expectativas que sus anteriores filmes y lo único que destaca como novedad es la identificación entre puesta en escena y los intérpretes, algo obvio, ya que la estética narrativa está precisamente basada en una linealidad del relato que identifica al espectador con el personaje a través de la puesta en escena (encuadre del protagonista en el primer plano, por ejemplo) (5).

En realidad, nada nuevo en la crítica de Carlos F. Heredero, a lo sumo esa reflexión final sobre la que ya volveremos. Y, sencillamente, no hay nada nuevo porque no hay nada nuevo en el cine de Chabrol. Su propuesta formal no es tosca, es sencillamente “clásica”, en términos asumidos ya como institucionales. No hay desafío formal, pero es que tampoco es necesario. Su película es un drama sobre las implicaciones personales de una jueza en un proceso contra un caso de corrupción política. Tampoco es novedad el asunto.

Sí, en cambio, es muy interesante el valor cotidiano que adquieren las imágenes de Chabrol, que yo considero que surge de esa puesta en escena sencilla y pulcra. Todo parece resolverse en dos espacios: el del despacho y el de la casa de la protagonista. No existe suspense político, ni implicaciones sociales y políticas del argumento. La cotidianeidad es la marca estética del trabajo de Chabrol. Sus personajes parecen aún más poderosos cuando deciden cuestiones transcendentales mientras cenan o van en el coche. Y, viceversa, resultan ridículos cuando se destapa la inmoralidad de su derroche de dinero en vestidos, apartamentos o piscinas (6).

borrachera-3.jpgLa cuestión es si este posicionamiento narrativo es un punto de vista autoral o una simple escenificación fílmica de un caso de corrupción. No creemos que el tema implique un cambio estético o una audacia narrativa dentro de cualquier filme. A nuestro entender, el actual anquilosamiento del concepto de cine dentro de la crítica sólo permite hablar de nuevos enfoques temáticos, aunque la representación estética de los mismos sea siempre la misma. Con esto quiero decir que encuentro dificultades para distinguir parámetros estilísticos que diferencien a Chabrol de, por ejemplo, un director americano que esta imbuido del sistema de Hollywood. Ambos usan los mismos encuadres, ambos utilizan la misma planificación.

A Chabrol se le ha encumbrado por motivos institucionales. Fue uno de los críticos fundadores de la “política de autores”. Su legitimidad como crítico ha condicionado su legitimidad como director. Su discurso siempre ha sido identificado con elementos como la objetividad de su mirada, su simplicidad temática, la complejidad de sus personajes y por “mostrar la inasible complejidad de la existencia, explorar la ambigüedad de las relaciones sociales e indagar en la difícil condición humana” (7). En Borrachera de poder repite estas mismas líneas temáticas, por lo que podríamos considerar que su heterodoxia inicial como “autor” que realizaba un cine “diferente”, se ha transformado en ortodoxia. Quizás esto signifique que su cine novedoso ha devenido en clásico.

Por eso nos resulta desconcertante que se identifique a Borrachera de poder con un cine que desafía la institución, cuando existe más audacia formal en una película como 300 (300, Zack Snyder, 2006). La planificación sencilla y tosca de Chabrol no pretende mostrar lo atávico del raciocinio y la conciencia, sólo la forma más “sencilla” de representar una historia en imágenes.

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 (1) Películas como Piratas del Caribe 3. En el fin del mundo (Pirates of the Caribbean: At world’s end, Gore Verbinski, 2007) han sido identificados con el modelo del “cine de atracciones” característico del cine primitivo (1896-1905). Para el concepto de “cine de atracciones” consultar la obra de Vicente J. Benet, La cultura del cine. Introducción a la historia y la estética del cine, Barcelona, Paidós, 2004, pp. 39-48.

(2) El término ontología se refiere a esa búsqueda constante del ser del cine en los autores cinematográficos, concibiéndolos como creadores de un mundo que contiene una visión personal de la realidad.

(3) Carlos F. Heredero, “Espejismos de la razón. Borrachera de poder de Claude Chabrol”, en Cahiers du Cinéma España, Madrid, nº 1, Mayo 2007, p. 48.

(4) Carlos F. Heredero y Jean Michel Frodon, “Todos los caminos del cine”, en Cahiers du Cinéma España, Madrid, nº 1, Mayo 2007, p. 5.

(5) Carlos F. Heredero, ob. cit., p. 47.

(6) Este aspecto del filme si ha sido destacado por Carlos F. Heredero en su crítica, p. 48.

(7) Ramón Freixas, “El carnicero”, en Dirigido por..., Barcelona, nº 319, Enero 2003, p. 64.