MÁS EXTRAÑO QUE LA FICCIÓN (4)

  13 Enero 2008
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Título original: Stranger than fiction
País, año: Estados Unidos, 2006
Dirección: Marc Forster
Intérpretes: Will Ferrell, Maggie Gyllenhaal, Dustin Hoffman, Queen Latifah, Emma Thompson
Guión: Zach Helm
Producción: Lindsay Doran
Fotografía: Roberto Schaefer
Música Britt Daniel y Brian Reitzell
Duración: 113 minutos

La insoportable levedad del ser
Escribe Purilia

“Es extraño, pero es verdad. La verdad siempre es una cosa extraña, más extraña que la ficción” (Lord Byron)

El inquieto director alemán Marc Foster (Monster´s ball, Descubriendo nunca jamás, Tránsito) vuelve a cambiar de registro y explorando los difuminados límites que existen entre la realidad y la ficción, nos sorprende con una historia inusual, inteligente y reflexiva que le atrapó desde el primer momento: “pensé que era un guión fantástico, una comedia muy divertida con corazón y alma”.

La película

masficcion3.jpgDado el carácter metadiscursivo de la historia, es difícil realizar una sinopsis precisa de su contenido sin decantarse por uno u otro de los siguientes enfoques.

Sinopsis 1

Harold Crick es un gris, metódico y solitario ser, recaudador de impuestos de profesión, que vive aislado y prisionero de/en una vida cifrada y ritualizada, en la que cada uno de sus actos se repite meticulosamente un número determinado de veces cada día. Un miércoles, por casualidad, su cotidianeidad se rompe, a la par que su reloj. A partir de ese momento empieza a oír una voz femenina, que nadie más escucha, que va relatando y describiendo sus acciones, emociones y sentimientos, con minuciosa precisión literaria. Una especie de narrador omnisciente, ubicuo y “todopoderoso” que maneja los hilos de su existencia y que, a su pesar, parece conducirlo, irremisiblemente, hacia una muerte segura… ante la que no está dispuesto a claudicar.

Sinopsis 2

Karen Eiffel es una afamada, excéntrica e irascible escritora que, tras diez años de meticuloso trabajo, sufre un bloqueo creativo cuando está a punto de terminar la que será su mejor obra. Su último obstáculo es decidir cómo debe morir el personaje central de su novela, un inspector de hacienda rutinario y obsesivo, avasallado por el orden y la trivialidad cotidiana. Ella ignora que éste no es sólo un personaje de ficción sino que tiene vida propia y de manera inexplicable se ha hecho consciente de su existencia y del inexorable final que le aguarda.

Ambas descripciones del argumento son ciertas e igual de válidas, pero aluden a dos puntos de vista de la historia diferentes. La primera es la historia de un hombre (Harold Crick) infeliz y ritualizado, sin ilusiones, al que descubrir que va a morir (más bien que le van a matar) en breve, le activa y pone en contacto con la vida. Una reflexión sobre el destino, la propia existencia y nuestra capacidad para definirla.

La segunda es la historia de una escritora (Karen Eiffel) con “bloqueo de inspiración” y las estrategias, métodos y paranoias que padece para liberar su imaginación y resolver su parálisis creativa. Todo un manual sobre la complicada tarea del contador de historias y las dificultades que la creación literaria acarrea, con rebelión del héroe incluida.

masficcion1.jpgLa primera historia está, supuestamente, contenida en la segunda: Harold (Will Ferrell), en principio, pertenece a la ficción creada por Karen (Emma Thompson) pero, al final termina formando parte de su realidad, tanto como ella de la de él. Ambas realidades se superponen de forma tan significativa que la de uno es capaz de alterar la del otro de forma drástica y contundente. Ambas historias resultan ser, pues, complementarias, además de un juego metadiscursivo, tan brillante como surrealista, donde realidad y ficción se imbrican hasta parecer alternativos.

Esta polaridad del planteamiento está arbitrada por un personaje puente, el profesor Jules Hilbert (Dustin Hoffman), que actúa de intermediario entre las dos historias encadenando ambas en una sola. Él es el que hace converger la “ficción-realidad” de Harold con la “realidad-ficción” de Karen, concentrándolas en un único mundo en el que todo es posible. Su posición como consejero de uno y otra le sitúa por encima de ambos (su trabajo como salvavidas en la piscina, sentado en su silla elevada, vigilante, es una metáfora de ese poder que le confiere su intermediación) y no le compromete con ninguno. Ejerce también de enlace con el espectador, que encuentra en él el eslabón que da credibilidad al disparate, verosimilitud a la fábula.

El ordenado y sistemático Harold Crick, paradigma del neurótico obsesivo, vive una realidad hueca, sin ilusión y sin deseos, atrincherada en la ritualización y el vacío. Tras doce años de metódico trabajo en la agencia tributaria y una inexistente vida social y afectiva, es una persona semimuerta, enterrada entre números y cálculos precisos (76 pasadas del cepillo de dientes, 38 en cada dirección, 57 pasos para cruzar la calle…), hábitos inamovibles y cronométricamente exactos (45’7 minutos alimenticios, 7134 expedientes diarios…) para ocultarse a sí mismo su infelicidad. Descubrir la voz que le anuncia su próximo e inminente final le pone en contacto con su verdadera realidad y le despierta al deseo, de vivir, de sentir, de ser.

Oír la voz de su interior, seguir los consejos del profesor Hilbert, renunciar a su trabajo, dejarse llevar por sus sueños (aprender a tocar la guitarra), asumir la muerte y abandonarse a sus sentimientos hacia Ana le ayudarán a definirla.

Ana (Maggie Gyllenhaal) es su antítesis: defraudadora de impuestos por convicción y antisistema militante, es una mujer idealista, sensible, solidaria y entusiasta que vive la vida que ella ha elegido, abandonando sus estudios universitarios para dedicarse a la pastelería. Su ilusión era utilizar el Derecho para hacer del mundo un lugar mejor, pero decidió contribuir a ello haciendo galletas. Su tienda está siempre llena de gente que la quiere y la protege.

masficcion2.jpgEl mundo de Karen nos habla sobre la soledad, la falta de inspiración y los mecanismos para activarla, la angustia creativa y la dificultad con la que cada autor se enfrenta al papel, al lienzo, a la pantalla en blanco física o figurada de su imaginación, sobre la que poner en movimiento, dar vida o hacer sucumbir sus visiones, personajes o artefactos. 

Ese poder para crear y manipular los elementos (plásticos, narrativos, sintéticos…) con que todo autor se encuentra, le convierten en un tirano depredador inmisericorde que descubre un día que sus criaturas se han independizado y reclaman su parcela de libertad para regir su propio destino.

La película es toda una metáfora sobre lo imprevisible y lo contingente. Nada está escrito, definitivamente; sólo la muerte, pero hasta su acontecer, la posibilidad de hacer de la vida una comedia o una tragedia depende en gran parte de nosotros mismos. Y también un canto a los matices, las sutilezas, los detalles y las cosas pequeñas que son las que al final nos salvan la vida.

El guión

Stranger than fiction (Más extraño/a que la ficción) está basada en un brillante guión original del joven escritor Zach Helm. Una historia lúcida, irónica y reflexiva, cuyo germen surgió, según su autor, de la idea de un hombre que oía en su interior una voz narradora, que nadie más podía oír, y que le decía que estaba a punto de morir. A partir de ahí construyó “la historia de un hombre que encontraba su vida justo antes de perderla” y de todos aquellos (Ana, Kathe, el profesor Hilbert, Penny o el reloj de pulsera) que coadyuvaban a que así fuera. Jugar con los recursos narrativos e ironizar sobre ellos, implicar a los personajes en el proceso creativo e incluso al espectador, transformar el mecanismo de la historia en la propia historia o aderezar el texto con pistas y detalles encubiertos son recursos que considera imprescindibles, como otros autores ya han demostrado. “Desde Pirandello, pasando por Brecht, Wilder, Stoppard, Woddy Allen y Wes Anderson, podemos ver la progresión de una ola contemporánea, consciente de sí misma, capaz de sacudir la realidad y de implicar al público en la literatura dramática”, dice Helm.

Fiel a esta convicción, el guión hace continuos guiños al intelecto más avisado, donde no existe la casualidad ni lo fortuito, todo tiene un significado medido, aunque sea oculto y el juego conceptual aparece en claves matemáticas, geométricas o literarias…, empezando por el propio título, y continuando por los detalles que pasan más desapercibidos (como los nombres de las calles y de las empresas: Drury Lane –nombre de un detective de ficción creado por Ellery Queen, además del de una calle y un teatro del Covern Garden londinense–, Sky Link –empresa de aviación–, Banneker Press…), a los más evidentes (como los apellidos de los personajes: Crick, Pascal, Eiffel, Escher, Hilbert… que aluden a “matemáticos que se centraron en el orden innato de las cosas”). Y donde la aparición de ciertos números hace referencia a significados concretos: como por ejemplo el número que figura en la fachada de la editorial, el 2267 (nº del asteroide Agassiz, descubierto en 1977 por el Harvard College) o el cuestionario de 23 preguntas que el profesor Hilbert diseña para ayudar a Harold a descubrir si es un personaje inmerso en una comedia o en una tragedia. Un homenaje a los 23 problemas sin resolver que el matemático David Hilbert formuló en el Congreso Internacional de Matemáticas de 1900 en París.

La dirección

masficcion4.jpgLas historias son importantes, muy importantes, pero la forma de contarlas, también. Hay directores que con una realización ortodoxa escoltan un guión excelente y construyen una buena película pero no la personalizan. Marc Foster, cuya trayectoria se ha caracterizado por arriesgar siempre, cambiando de género en cada una de sus producciones anteriores, ha conseguido personalizar, aunque sin innovar, sumando a las excelencias del texto una acertada aportación audiovisual. Un sólido guión convertido en una película absorbente, inteligente, amena y llena de intriga, con unas interpretaciones estupendas y una puesta en escena original y creativa. 

La presentación de Harold, en el arranque de la película, es atrevida e impactante: en esta escena se une el discurso incontenible de la narradora, las metódicas acciones del protagonista, los diálogos, las subdivisiones del plano compositivo y la avalancha de sobreimpresiones sobre la pantalla. El director describe visualizando: partiendo el cuadro, girando las imágenes, escribiendo números, operaciones aritméticas y realizando gráficos, esquemas y trazados geométricos, que repasan en blanco las formas, espacios y estructuras que rodean al personaje. Un mundo euclidiano (y falso) que reduce todo, acciones, objetos, edificios… a cifras y líneas; el mundo abstracto y en dos dimensiones, sin profundidad en el que vive Harold (tanto el verdadero como el de ficción). Con esas sobreimpresiones, Foster construye la realidad que Crick ve cada día: milimétricamente ordenada, geométricamente perfecta, estructurada, fría, rígida e irreal. Tan irreal como su propia existencia de ficción. Una doble metáfora sobre la bidimensionalidad real y existencial del hombre y del personaje literario.

Esta forma de enriquecer el lenguaje cinematográfico con elementos visuales de otras disciplinas, como el dibujo o la fragmentación del plano, en este caso, es deudora de la estética conceptual que creadores como el inglés Peter Greenaway o el español Basilio Martín Patino, por no remontarnos más atrás, vienen aportando y reivindicando hace décadas para renovar el lenguaje audiovisual. Una práctica poco frecuente, pero muy atractiva, además de significativa. Estas aportaciones, unidas, al cuidado puesto en el tratamiento de los demás elementos –la luz, la composición, la cromaticidad, la planificación, la angulación, el montaje, el ritmo– contribuyen a intensificar el mensaje, activar la atención del espectador y resaltar las cualidades del texto. 

La contraposición existencial entre unos personajes y otros se manifiesta también en los decorados que acogen los espacios que habitan o frecuentan. La casa de Ana, la pastelería, o el despacho del profesor Hilbert son espacios íntimos, personales, cálidos, atestados de cosas. La casa de Harold, la oficina, los archivos del fisco, la casa de Karen, la editorial, los pasillos del metro… son espacios “minimalistas”, ordenados y más o menos vacíos, amplios, algunos inmensos, fríos, impolutos e inhóspitos, casi irreales. Siempre se muestran con perspectivas oblicuas y muy exageradas con un lejanísimo punto de fuga que los hace desoladores.

La angulación (picados y contrapicados, ángulos imposibles…) habla por sí misma de un mundo en continua observación, y que dependiendo del ángulo con el que se mire parece más o menos esperanzador. 

El cambio de Harold altera también la máscara de seguridad en sí mismos que lleva el resto de los personajes. Unos ante otros claudican en una espiral afectiva que les pone en contacto con verdades interiores de las que desconocían su existencia, revelándose más sensibles, más condescendientes, más humanos. Ana se enamora de Harold, al que detestaba al principio; Karen, cambia por primera vez el final trágico de sus novelas, lo cual provoca el fracaso del metódico trabajo de la expeditiva y eficiente Penny, que a partir de ese momento se flexibiliza (porque, como dice Karen: “como todo lo que vale la pena escribir me llegó de forma inexplicable y sin método”). Sólo el profesor Hilbert lamenta la pérdida de una novela genial a cambio de la salvación del protagonista, pero que Karen convencida justifica diciéndole que es precisamente al tipo de hombres como Harold a los que hay que mantener con vida: los que luchan por cambiar su destino, no los que se acomodan a él.

Conclusión

Una historia muy erudita y literaria, con reminiscencias de Unamuno y Cortazar, y que recuerda los guiones de Charlie Kaufman, convertida en una película accesible y poco pedante que admite lecturas por capas, de las más filosóficas, conceptuales y encriptadas a las más traslúcidas y humanas. Metalenguaje digerible y en perfecto estado de forma.