EL ULTIMÁTUM DE BOURNE (2)

  11 Enero 2008
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Título original: The Bourne ultimatum
País, año: Estados Unidos, 2007
Dirección: Paul Greengrass
Intérpretes: Matt Damon, Julia Stiles, Joan Allen, David Strathairn, Paddy Considine, Scott Glenn, Albert Finney
Guión: Tony Gilroy, Tom Stoppard, Paul Attanasio, Scott Burns
Producción: Universal Pictures, MP Beta Productions, Kennedy/Marshall Company y Ludlum Entertainment
Fotografía: Oliver Wood
Música John Powell
Montaje: Christopher Rouse
Duración: 111 minutos

Brillantes fuegos de artificio
Escribe Adolfo Bellido

Paul Greengrass repite como realizador de la serie Bourne y logra un filme mucho más ágil y equilibrado que el anterior (El mito de Bourne). Director de historias comprometidas, críticas y realistas, concebidas desde planteamientos objetivos, pero a las sabe aderezar con un claro tono documental. En la serie Bourne, en principio, parece dedicarse a “otras” historias, aunque su forma de realizar estas películas no se elultimatumdebourne1.jpgaleja de la forma empleada en las documentales. Es así como la utilización de la cámara a mano y el rodaje en espacios con mucho público aparecen como elementos característicos de su obra.

La historia de Bourne que arrancó con un filme mediocre, El caso Bourne de Doug Liman, ha dado paso después a los dos títulos filmados por Greengrass para completar el puzzle del hombre diseñado para matar. Hay que decir que la historia de este agente secreto, condenado a muerte por sus propios creadores, escapa a cualquier planteamiento realista. Las películas se ajustan a una lógica narrativa que bordea los límites de lo admisible. No hay sino una mecánica narrativa hábil por encima de cualquier intento de definir o entender a unos personajes, que no dejan de ser esquemas o máquinas más o menos engrasadas.

He ahí la grandeza y al mismo tiempo las limitaciones de la trilogía de películas realizadas sobre Bourne. Puede recordar por el conjunto de su acción, los métodos del espía condenado a vagar como un fantasma –no sabe quién es y busca la verdad sobre su “creación” de forma elultimatumdebourne3.jpgconstante–, el continuo traslado de la acción de un país a otro, las peleas y trampas de que es objeto el protagonista. Y es en este sentido cuando estas películas, al menos las dirigidas por Greengrass y especialmente esta última, alcanzan su razón de existencia.

Argumentalmente poco se aporta a las anteriores entregas. El esquema es el mismo: distintos episodios en los que se enfrenta a la CIA para encontrar la razón de su existencia. La acción pasa del perseguido a los perseguidores, aunque sea el primero quien muchas veces de la vuelta a la historia y tome él las riendas en la actuación. Es como un peligroso juego de escapatorias, persecuciones e inteligencia. El que va por delante en el pensamiento y por tanto adivina el siguiente movimiento del oponente será el que tenga las posibilidades de ganar.

Se ha tratado de comparar a Bourne con James Bond. O mejor se ha llegado a decir que Bourne es el Bond del siglo XXI. En este sentido, ambos espías están entrenados para matar, pero el poderío tecnológico de Bond, se quiera o no en ciernes, no es sino un juguete a la hora de centrarnos en la maquinaria que utilizan Bourne y sus enemigos. Aparte que el escepticismo personal de Bond da paso a una triste visión del mundo del espía donde la persona ha dejado de existir, sustituida por la maquina.

Lo mejor de esta tercera parte de la serie es sin duda su frenético ritmo, la impresionante realización y el montaje de sus secuencias. El ultimátum de Bourne alcanza su razón de existencia, y por tanto su brillantez, no en la historia del hombre perseguido y sí en cada una de las persecuciones concretas. Se trata de localizar a Bourne para que en ese momento (huida y enfrentamiento) el filme alcance en su brillantez, su total razón de ser. Se prohíbe pensar, tratar de concretar los hechos, buscar la lógica, la veracidad. Aquí todo es acción, que vive en el momento en que el nuevo episodio de caza se activa. El cosmopolita y sabelotodo Bourne pasa, como si tal cosa, de un país a otro. Algo que naturalmente se opone a cualquier realismo a ultranza. Pero el intenso relato, su prisa por cazar al espectador ante lo que se cuenta, impide fijarnos, o repasar, el fallo de tal actividad, paso de un lugar a otro. ¿Cómo es posible que un hombre cercado por la propia maquinaria –y las elultimatumdebourne2.jpgmáquinas– de la todopoderosa CIA desaparezca de un país, y aparezca en otro? ¿Y de dónde, además, saca dinero para tanto viaje? Lo de menos pues es el realismo de la historia, lo que interesa es la acción. Y aquí, en ella, este filme es notable, e incluso por momentos sobresaliente.

El metraje de este Bourne se divide en tres o cuatro secuencias de acción realmente memorables, colocadas estratégicamente entre discusiones de los miembros de la CIA, o las reflexiones de un Bourne al que no solamente se le bombardea físicamente, ya que desde el interior (por medio de esos flashes que le devuelven retazos del pasado) debe tratar de acercarse a descubrir cuál es su verdadera personalidad, cómo desentrañar el secreto de su existencia. Al fin y al cabo, Bourne es un reflejo del hombre actual que ve perdida su personalidad en un mundo dominado por la tecnología y donde los aparatos son superiores al propio individuo.

El filme, pues, alcanza su razón de existencia en esas tres o cuatro magistrales secuencias que se desarrollan en una determinada ciudad. Son Londres, Madrid, Tánger y Nueva York, lugares a los que protagonista llega y donde nuevamente, desde cero, se inicia la persecución.

Quizá el bloque más logrado sea el de la estación londinense. Una secuencia justa en su duración, apasionante en su desarrollo. Las posteriores en Tánger (la impresionante persecución por los tejados) y en Nueva York probablemente deberían haber sido acortadas. En la secuencia londinense funciona como una maquina perfecta, en las otras se alarga por momentos, volviendo a resoluciones ya planteadas. De todas maneras cualquiera de las persecuciones, fin y sentido de la película, puede tomarse como ejemplo de eficaz narrativa cinematográfica.

Película brillante en su forma, escasamente profunda en su fondo, elemental en el dibujo de unos personajes reducidos a simples maquinas, pero que sabe sacar partido de sus propias limitaciones. Habrá que esperar que la serie no siga adelante, aunque ese final sin elultimatumdebourne4.jpgfinal, abierto a otras historias, genere dudas respecto al futuro de la serie y la próxima personalidad de un Bourne, a quien le vendría bien un prolongado descanso o un oportuno retiro.

El ultimátum Bourne, con sus limitaciones, o por ellas mismas, se erige como un simple ejemplo brillante de acción sin más. Cualquier análisis de la todopoderosa CIA, de sus métodos y de las personas (unas buenas, otras no tanto) que pululan por sus cloacas no son más que pequeños e insuficientes apuntes.

Una pirotecnia apabullante, brillante, pero pirotecnia al fin y al cabo.