LÍBERO (4)

  09 Enero 2008
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Título original: Anche libero va bene
País, año: Italia, 2006
Dirección: Kim Rossi Stuart
Intérpretes: Kim Rossi Stuart, Barbora Bobulova, Alessandro Morace, Marta Nobili, Alberto Mangiante
Guión: Linda Ferri, Federico Starnone, Kim Rossi Stuart
Producción: Palomar, Rai Cinema
Fotografía: Stefano Falivene
Música Banda Osiris
Duración: 108 minutos

La libertad imposible
Escribe Marcial Moreno

“Vale, de líbero también está bien”. Por fin consigue Tommasso que su padre le inscriba en la escuela de fútbol, y en cierto modo la metáfora del hombre libre, que decide su juego sin estar sometido a ninguna regla previa es la que conviene a su existencia una vez que ha libero2.jpgconseguido materializar su anhelo futbolístico. Sin embargo su libertad no deja de ser una libertad tutelada, más ficticia que real, un espejismo pasajero. La última claudicación a su padre, el insoslayable dominio que éste ejerce sobre el niño, apunta a que también el hombre libre de la defensa es una pieza más en el engranaje del juego. Su función sólo posee libertad en apariencia, y su ansia de libertad se desvela finalmente como irrealizable. Algo similar le ocurría a Antoine Doinel al final de Los cuatrocientos golpes. Su búsqueda del mar no concluye con la alegría de una liberación. Lo que debería ser la evasión definitiva de la cárcel de su existencia no es sino el último muro, infranqueable ya, de su celda, y su mirada con la que nos deja, desvalida, interrogante y acusadora al espectador, así lo delata.

Líbero es una excelente película. Reconforta encontrar directores noveles como este Kim Rossi Stuart, capaces de ofrecernos una primera obra de calidad tan alta. Es evidente que su trabajo como actor le ha otorgado una formación cinematográfica que ahora se manifiesta, y que le permite huir de los atrayentes tópicos a los que su relato se prestaba. Qué más fácil que regodearse en un inventario de penurias lacrimógenas aderezadas con el gancho siempre efectista del niño inocente y maltratado. Pero nada de eso ocurre aquí. La sabiduría del director está sobre todo en haber sabido elegir y respetar escrupulosamente el punto de vista infantil, que no es lo mismo que un punto de vista adulto colocado en la mirada de un niño. De ahí que a veces resulte tan incómoda la actitud del protagonista. La historia es dura, sí, pero la mirada que sobre ella se vuelca posee un distanciamiento y una frialdad tales que la recluye en unos límites de los que emana toda su verdad. El niño sufre, pero menos de lo que se espera (qué pena esa lágrima final de atrezzo que viene a desvirtuar todo lo que hasta ese momento se nos ha contado), y comprobamos que en medio del caos es capaz de protegerse por una coraza de lucidez que le permite desarrollar sus propios intereses (fútbol, amoríos infantiles, viaje a la nieve) y entender mejor que nadie la situación familiar, y en especial la de su madre. Sus paseos por las azoteas, a la manera de Antoine Doinel y su pasión por el cine, es una forma de mostrar su alejamiento de una realidad que sólo le atañe moderadamente.

libero3.jpgEl tratamiento que el director da al relato es también modélico. La visión fragmentada que Tommasso posee de la realidad encuentra un perfecto modo de expresión en la sucesión de escenas breves y en ocasiones inconexas que estructuran la película. En ese sentido la prodigiosa capacidad elíptica de que hace gala el director nos evoca la memoria selectiva de la infancia, capaz de protegerse con el olvido o la desatención de aquello que no resulta grato. Al mismo tiempo el recurso constante a las elipsis nos sustrae los elementos que pudieran resultar más melodramáticos, y obliga al espectador a imaginar lo que la pantalla tiene pudor en mostrar. Hay muchas escenas en este sentido magníficas: Valga como ejemplo aquella en la que el hijo vuelve a casa y se funde en un abrazo con su padre. Ahí queda cortada la acción para reintegrarnos, en la siguiente escena, a la vida cotidiana. O mejor aún aquellas en las que Tommasso observa en silencio el comportamiento sospechoso de su madre, sobre el cual no se insiste en absoluto, ni se vierte comentario alguno.

Hay que resaltar asimismo la precisión con la que están descritos los personajes. Puede pensarse que quizá los padres están dibujados con un trazo demasiado grueso, pero hacerlo significaría ignorar que no se trata de mostrar cómo en realidad son, sino cómo los ve su hijo, y desde este punto de vista cierto estereotipo acaba siendo la más fiel aproximación a la realidad. Aparte de esto, escenas como la que muestra el modo en que la familia descubre la nueva huída de la madre ejemplifican todo el talento que está diseminado por la película. No se trata sólo de la contención con la que el momento está dado, de su aparente frialdad, de la devastación que sugiere en la familia. Nos habla también de la diferente relación que unos y otros habían establecido con la madre: Mientras el padre y la hermana no reparan en la ventana de la casa, muestra clara de la plena confianza que tienen en que nada malo puede volver a ocurrir, Tommasso no espera de su madre otra cosa que su huida, tal y como manifiesta desde el primer momento, y por tanto lo primero que hace al llegar a casa es dirigir su mirada, entre temerosa y resignada, al lugar en el que ella debería estar. Un mínimo gesto que contiene todo un discurso sobre la credulidad de unos y la incredulidad del otro. Pero además la escena nos ofrece una metáfora fugaz y hermosa en la asociación que hace entre la madre y la luz, y su ausencia y la oscuridad.

libero1.jpgOtros muchos momentos magistrales podríamos seguir desgranando, como la declaración de amor de Tommasso (muy al estilo de Truffaut también), o la ternura que estalla de repente en el golpe que el compañero mudo da a la pelota, o lo bien narrada que está la prueba de natación, con la alternancia ente la cámara subjetiva, los planos del padre y el plano general, homenaje final incluido a La soledad del corredor de fondo. O, cómo no, la escena en la que el padre ha de explicar a sus hijos que su madre ha vuelto y que él está dispuesto a readmitirla, toda una declaración de amor disfrazada de reproches e insultos.

Queda finalmente la duda de si desear nuevas películas del director italiano que aquí se nos da a conocer. Si fueran como ésta no tendríamos ningún reparo, ya que no harían sino prolongar el placer que Líbero nos ha proporcionado, pero queda la duda de si no estaremos ante una obra fruto de una amplia y pausada reflexión que difícilmente podría volver a producirse, y que por lo tanto abocaría a cualquier epígono a desmerecer su modelo, y para eso es mucho mejor dejar las cosas como están.