TOY STORY 3 (3)

  28 Noviembre 2010

El tiempo pasa

Toy story 3Cuando el tiempo pierde el compás, cuando se detiene o se dilata, cuando se acelera sin que se le pueda dar alcance, ocurre lo que narró con maestría Julio Cortázar al describir la resolución del atasco en aquella autopista del sur: los que habían sido nuestros compañeros, algunos de los cuales habíamos llegado incluso a amar, acaban desapareciendo, sin remedio, de nuestras vidas. Se nos escapan o los dejamos atrás. Alcanzamos nuevos horizontes o somos alcanzados por quien nos acompañará con promesas, o amenazas, de fugacidad. El mundo, en definitiva, cambia. Y no hay forma de evitarlo.

Toy Story 3 es la historia de ese cambio, la constatación del desfase entre el tiempo detenido de los juguetes y el imparable de los humanos. La constante renovación como condición de permanencia. Algo parecido a lo que les ocurre a los profesores, pero al revés.

Partiendo de este planteamiento la pura aventura pierde su pureza y se tiñe de nostalgia. Sigue siendo aventura, pero su tono es algo más sombrío. En las anteriores entregas, estructuradas siempre alrededor de una persecución-huida-retorno, se trata de volver a casa; ahora sobre todo de evitar la destrucción, pues el retorno resulta más que incierto: no se sabe muy bien dónde y para qué se vuelve. La referencia reconfortante del hogar se ha vuelto problemática, y la solidaridad, vínculo absoluto en las aventuras pasadas, parece destinada a resquebrajarse por mor de una ineludible separación.

El ritmo vuelve a ser trepidante, excesivo a veces. El guión de nuevo magnífico, con esa recreación en los objetos, casi una poética, que los hace aparecer bajo una óptica distinta, llena de creatividad e ingenio, y de la que brotan los momentos más divertidos y originales de la película. Los detalles, como siempre, suculentos, como ese perro obeso que nos devuelve a la memoria los humanos de Wall-E, testimonio, uno y otros, de la nueva época que la película anuncia. O la lluvia en el cristal, unas gotas al principio, más intensa después, que sustituye a las imposibles lágrimas de los juguetes. Y el sentido del humor: a veces gamberro, como la trituradora puesta en marcha por la clase de las orugas; a veces sutil e irónico, como en la impagable escena del guardarropa, pase de modelos incluido (y entre ellos el traje de hippy) de Ken.

El ritmo vuelve a ser trepidante, excesivo a veces. El guión de nuevo magnífico, con esa recreación en los objetos, casi una poética, que los hace aparecer bajo una óptica distinta, llena de creatividad e ingenio

Algunas cosas, sin embargo, si que han cambiado en el tratamiento de los personajes: fundamentalmente lo que se refiere a la visión sexista que se daba, sobre todo en la segunda entrega. Ahora vemos a las niñas jugar con vaqueros (incluso Woody es el juguete preferido de la nueva dueña), al señor y la señora patata que no se separan en el peligro, con papel protagonista de ella, e incluso Barbie, sin dejar de ser Barbie, es capaz en un momento dado de sacar una violencia impropia de una señorita. Tal vez estemos ante una consecuencia de la era Obama. O quizá sea un reflejo de la pujanza de la señora Clinton.

Lo que sí que se ha conservado, bordeando en ocasiones el exceso, es el tono sentimental. La contención se pierde, por ejemplo, en el recuerdo de la antigua dueña por parte del bebé gigante, un recurso que sin duda podría haberse trabajado algo más, como subida de tono resulta también la despedida de Andy en los instantes finales. Se trata, claro está, de un peaje asumible si se tiene en cuenta el público al que va dirigida la película, al menos en teoría, ya que la atmósfera decadente que la envuelve apunta más a un espectador adulto que al infantil o juvenil al que se encomendaban las dos primeras entregas.

Lo que sí que se ha conservado, bordeando en ocasiones el exceso, es el tono sentimental

Es justo esta variación del interlocutor, además de la impecable perfección técnica de los productos Pixar, la que sitúa esta tercera parte por encima de las precedentes, pero al tiempo la que le cierra el camino que permitiría a los juguetes continuar con sus aventuras. Los niños crecen, los juguetes que no son retirados al desván o sacrificados sin más son entregados a otros niños con los cuales continuarán una vida ya vivida, cual Sísifo reiterando sin fin su castigo. La magia de la aventura ya no es posible, pues va a carecer del deslumbramiento de lo nuevo. Con los cambios de dueño los juguetes se profesionalizan, se ven condenados a repetir lo que ya les ocurrió (como repetitiva resulta en ocasiones la película, insistiendo en una estructura que da claros síntomas de agotamiento), y cualquier repetición lleva aparejada la pérdida del ímpetu originario: deviene rutina.

Pero es que además el tiempo de los juguetes ha pasado, como ha pasado el tiempo del cine, del buen cine. La magnífica secuencia inicial, cuando los juguetes aún cumplían su cometido, recrea en pocos minutos un fresco admirable de lo que significa jugar, y al mismo tiempo traza un compendio excelente de los  géneros cinematográficos. El western, el cine de aventuras, el de catástrofes, el terror, o el del espacio, y hasta el de piratas, se aglutinan en ese breve pero sentido homenaje.

Pero es que además el tiempo de los juguetes ha pasado, como ha pasado el tiempo del cine, del buen cine

Luego, a lo largo de la propia película, se van introduciendo hermosas referencias a estos y otros géneros, como el cine negro o el melodrama. Pero todo ello no es más que un espejismo, un recuerdo de un pasado irrecuperable. La estrategia que los juguetes urden para reivindicarse acaba en derrota ante el nuevo símbolo de los tiempos: el teléfono móvil, o lo que es lo mismo, la irrupción imparable y castrante de la tecnología.

Y con los juguetes queda arrinconado lo que va asociado a ellos: el cine. Esa escena en la que el móvil debería ser el camino para el descubrimiento de algo más importante, esto es, lo viejos y fieles amigos, se convierte en el lúcido testimonio de que el medio se ha convertido definitivamente en el mensaje, de que el contenido se subroga al mecanismo que lo emite. Es la época de Internet y del autismo complaciente, y en ese sentido los auriculares que porta la hermana pequeña de Andy son un demoledor ejemplo.

La serie llega a su final con una mirada melancólica que clausura una época. No hay ya futuro ni para un modo de relacionarse con el mundo ni, quizá, para el cine. Al menos para el cine que nos hizo soñar, el que inauguraba un mundo cada vez que se apagaban las luces, esas luces que ya no se apagan, que cada vez menos gente espera que se apaguen.

En cuanto al corto que precede a la película, magnífico, como siempre. Aunque no menos desasosegante.

Escribe Marcial Moreno

 Título  Toy Story 3
 Título original  Toy Story 3
 Director  Lee Unkrich
 País y año  Estados Unidos, 2010
 Duración  103 minutos
 Guión  Michael Arndt
 Música  Randy Newman
 Distribución  Walt Disney pictures
 Intérpretes  Doblaje en la versión original: Tom Hanks, Joan Cusack, Michael Keaton, Tim Allen, John Ratzenberger, Wallace Shawn, Ned Beatty, Jodi Benson, Don Rickles
 Fecha estreno  21/07/2010
 Página web  www.disney.go.com/toystory