LOPE (1)

  14 Septiembre 2010

El Lope bobo

LopeQué a gusto debe de estar desternillándose de risa en su sepulcro la mandíbula cadavérica de Góngora ante esta deslavazada adaptación cinematográfica de un lustro de la vida de uno de sus más acérrimos enemigos y competidores literarios (“Poeta es gallardo, pero va sin freno”).

Rehuyendo la ecdótica a fin de no caer prisioneros de un academicismo constringente, estéril y castrante, se arriba a la anécdota laxante, que convierte la gallardía del poeta en flojedad y lasitud, mientras que la anécdota desbocada, sin freno, en lugar de ocasionar un relato ágil, un ritmo frenético y vertiginoso, cae en la desorientación y en la debilidad, en una sangría argumental que una puesta en escena pretendidamente realista y naturalista, en realidad paupérrima, termina por convertir en exangüe cadáver la ilustración de la edad más briosa del Fénix de los ingenios, del monstruo de la naturaleza.

El segmento histórico y vital seleccionado va de 1583, fecha de la expedición del marqués de Santa Cruz a la isla Terceira, en las Azores; hasta 1588, alistamiento de Lope de Vega en la expedición de la Armada Invencible. Estamos, pues, ante un Lope con 21 años, del cual el guión ha decidido hurtarnos toda su etapa de formación académica, de estudios y de lecturas, de aprendizaje, para así mejor crear la imagen de un escritor dotado con el don innato de la palabra y del ingenio, una fuerza creadora surgida ex nihilo y retroalimentada por la inspiración y la experiencia vital, cual prototipo romántico. De igual modo, es necesario hurtarnos el contexto histórico  en el que Lope se desenvolvió y del cual fue fiel representante cuando no principal valedor ideológico. Obviamente, desde una perspectiva del  posmoderno siglo XXI y de la España actual, no resultan atractivos los valores tridentinos y contrarreformistas en los que Lope se formó y se erigió como máximo defensor. Los sustentos ideológicos, ergo económicos, que confluyeron en su original innovación teatral son apartados de la escena, en aras de una perspectiva vanguardista o transgresora que busca el aplauso del público (históricamente cierto, narrativamente verosímil y bien insertado) y su mayor gloria como poeta. A diferencia del modelo representativo cinematográfico inglés del teatro isabelino (Shakespeare and cía.), donde la reina Isabel y la política de la época ocupan un lugar preponderante, en la representación equivalente española se ha optado por el borrón de cualquier referencia política explícita a la figura del monarca, cuya exaltación laudatoria será la base ideológica de gran parte de las obras dramáticas lopescas.

Una lástima que las cadenas televisivas que sustentan la producción de este filme (Antena 3, TeleMadrid, Intereconomía…) patrocinen productos culturales que no se atreven a exponer con prístina claridad otra visión de la historia diferente a la ideológicamente dominante. Tal vez el miedo a caer en los terrenos del cine histórico y propagandístico del franquismo de los años cuarenta los coarte. El problema radica en que otras visiones ideológicas (tan históricas como también propagandísticas) no parecen sentirse cohibidas.

Qué a gusto debe de estar desternillándose de risa en su sepulcro la mandíbula cadavérica de Góngora ante esta deslavazada adaptación cinematográfica

El conflicto dramático se trenza a partir de la ambición de Lope por el triunfo y el éxito social y económico utilizando las armas con las que está mejor dotado (la palabra), ambición enmarañada dentro de un triángulo amoroso: a Lope se le ofrecen dos modelos de mujer, entre los cuales madurará y realizará su aprendizaje vital. Por un lado, Elena Osorio (Pilar López de Ayala), revestida con los atributos de una cortesana bella y ambiciosa, sometida a los designios de su padre, el empresario teatral Jerónimo Velázquez, proxeneta de su propia hija en su afán lucrativo; por otro, Isabel de Urbina (Leonor Walting), cándida, bella y culta mujer, de noble prosapia, que representa el verdadero y sincero amor. 

Un Lope consciente de la época histórica en la que se inserta, donde la apariencia pre-barroca ocupa un lugar de honor, asume esos valores para conseguir sus triunfos, aun a riesgo de servirse de la falsedad, el engaño y el fingimiento. Esta cosmovisión particular entra en conflicto con la concepción teatral que anida en su mente: destaca la secuencia de mero arreglista de una obra de Cervantes (La Numancia), a la cual dota de un ritmo y agilidad del gusto del público. Paradójicamente, su posterior consagración como autor teatral le viene dada por una comedia histórica sobre la conquista del nuevo mundo, en cuya escenografía de corte realista y verosímil Lope se empecinará como garantía de éxito. Esta licencia de los guionistas choca frontalmente con la concepción del teatro lopesco, sustentado en una agilidad y diálogos que rehuían todo el atrezzo y la tramoya del teatro cortesano, así como su densidad conceptual, en pro de una mayor imbricación con el gusto vulgar, popular.

Licencia necesaria y coherente con un guión que ha renunciado a representar y sustentar en imágenes la fuerza lopesca de su frondosidad verbal, de su exultante fraseología, apenas reducida a una secuencia en la que se produce un duelo verbal entre Lope y un nobiliario personaje que pone en entredicho su proteica capacidad versificadora: la escena se salda con el triunfo lopesco y el recitado ad hoc de su famoso soneto “Un soneto me manda hacer Violante…”

El resto del filme, por la persecución de la naturalidad lingüística y el miedo al rechazo del público actual de los giros verbales de época, ha renunciado a cualquier atisbo de lengua arcaica, con unos diálogos agiornados al pobre español actual, coloquial.

Otra muestra más de agiornamento es el rol de seducido que ejerce el protagonista: él escribe, recita y seduce

Otra muestra más de agiornamento es el rol de seducido que ejerce el protagonista: él escribe, recita y seduce, pero quienes ejecutan pragmáticamente el acto amoroso, quienes dan el primer paso son los personajes femeninos, pues el concepto de honor parece ser que responde más a la apariencia de las palabras que a la realidad de los hechos.

Los problemas lopescos con la justicia, su proceso y destierro vienen motivados por los libelos que publica contra Elena (Filis, poéticamente) y su padre (“Una dama se vende a quien la quiera./En almoneda está. ¿Quieren comprarla?”), aunque en la película Lope aparece como un grafitero. De esta persecución saldrá, melodramáticamente, con la inestimable ayuda de Isabel (Belisa), a la cual rapta después de que haya caído rendidamente  enamorada a sus pies tras comprobar que los versos que le recitaba su pretendiente, el marqués de Navas, pertenecían a Lope (escena con guiño y homenaje a Cyrano de Bergerac).

No se deja engañar el lector por las palabras anteriores, al modo barroco. Todo lo dicho hasta ahora se pierde en su vertiente estrictamente cinematográfica, que en lugar de coadyuvar a la naturalidad perseguida, la entorpece. Una planificación caótica, con un empeño del director por difuminar y borrar el rostro de los personajes en los diálogos mediante unos ángulos que resultan artificiosos y cargantes; unos actores, especialmente el protagonista, que no consigue trasmitir en ningún momento una sensación de fuerza, de brío, de gallardía; con una dicción poética carente de todo aliento encendido; unas actrices cuya belleza queda opacada por la pésima caracterización de época (ya es difícil que López de Ayala no brille per se; aquí hasta resulta fea); unas escenas de masas, unos planos generales que deberían dotar de bullicio y de vida el contexto circundante y que apenas sirven de comparsa; una textura y una fotografía que se esfuerzan por lo real-naturalista y que se estrellan contra lo artificioso divulgativo y coloquial del enunciado… Las recurrentes callejas madrileñas muestran con fehaciente nitidez el origen magrebí de su grabación: hasta los extras, en algunas secuencias, delatan su procedencia.

En la retina del espectador queda la sensación de haber presencia un episodio piloto de una serie televisiva sobre la vida de Lope, con todos los defectos de las series televisivas españolas y sin ninguna de las virtudes de sus emulados referentes extranjeros. Que no nos vendan gato por liebre: la naturalidad no es excusa que justifique un pésimo producto fílmico; la divulgación no está reñida con un buen acabado; el respeto sí que es un ingrediente necesario, aunque no suficiente, para esbozar un relato biográfico, histórico. La convicción y la admiración por el sujeto representado son inexcusables. Su vil usufructo, repudiable.

Parafraseando a su coetáneo Cervantes, acabose la película y no hubo nada.

Escribe Juan Ramón Gabriel 

 Título  Título en España
 Título original  Título original
 Director  Nombre director
 País y año  Nacionalidad y año
 Duración  100 minutos
 Guión  Autor del texto
 Producción  Nombres productores
 Distribución  Distribuidora en España
 Intérpretes  Protagonistas principales
 Fecha estreno  11/09/2010
 Página web  www.encadenados.org

Parafraseando a su coetáneo Cervantes, acabose la película y no hubo nada