CUENTO DE NAVIDAD (1)

  20 Noviembre 2009
A Christmas Carol
Título original: A Christmas Carol
País, año: Estados Unidos, 2009
Dirección: Robert Zemeckis
Producción: Jack Rapke, Steve Starkey, Robert Zemeckis
Guión: Robert Zemeckis, basado en el relato Cuento de Navidad de Charles Dickens
Fotografía: Robert Presley
Música: Alan Silvestri
Montaje: Jeremiah O'Driscoll
Intérpretes: Jim Carrey, Gary Oldman, Colin Firth, Bob Hoskins, Robin Wright, Cary Elwes, Jacquie Barnbrook
Duración: 96 minutos
Distribuidora:  Walt Disney
Estreno: 13 noviembre 2009
Página web:  http://disney.go.com/
disneypictures/achristmascarol

Dickens, Disney y las Dimensiones
Escribe Ferran Ramírez

Parece que Robert Zemeckis se ha obsesionado con la captura de movimiento. Esta sentencia no es gratuita. Ya nos había deleitado con Polar Express, una cinta navideña con Tom Hanks encarnando a múltiples personajes, y con Beowulf.

Pero no contento con eso nos trae ahora esta adaptación del relato de Charles Dickens y ha anunciado que producirá una cinta, también con esta técnica, y dirigirá en años venideros la segunda parte de Roger Rabbit así como una adaptación del icónico Cascanueces que, por supuesto, estarán realizadas asimismo con la motion o performance capture -el nombre depende de quién lo diga-. Para más inri, ha lanzado una petición a los cuatro vientos para que incluyan en los Oscar alguna categoría para filmes de esta índole.

Este podríamos decir que es su segundo jalón en su trilogía dedicada al cine infantil-navideño mediante estos parámetros -la tercera será, ya lo hemos dicho, el Cascanueces- y como tal, muestra las mismas virtudes y defectos que ya había demostrado en Polar Express, aunque podríamos decir que aquí resultan magnificados.

No sólo Zemeckis se jacta de su amada técnica sino que pretende enseñar al mundo los beneplácitos que ofrece la misma. Esto juega en su contra y el filme, que partía con un sublime material de base, pierde su historia a un ritmo endiabladamente deslavazado.

Parece que Robert Zemeckis se ha obsesionado con la captura de movimiento

El espíritu Disney

Disney sabe lo que hace, y sabía lo que hacía dando a Zemeckis tamaña joya para su (enésima) traslación a la gran pantalla. Por supuesto, y esto siempre habría que agradecerlo, el espíritu de la factoría de sueños más importante tiñe los fotogramas de la película por más que Zemeckis se encargue de querer hacer suyo un producto de estas características.

Para quien desconozca los intríngulis que le suceden al señor Scrooge -con la inteligente elección de un  Jim Carrey inmejorable para las dotes que el papel ofrece-, baste decir que su vida, llena de avaricia, soledad y desprecio, dará un giro la Nochebuena que reciba la visita de tres fantasmas que le harán ver su presente, pasado y futuro para que cambie el rumbo de su carácter y viva en paz sus últimos años.

Como en toda película infantil de estas características, una sucesión de nombres estelares tienen concurso en la empresa. Como ya hiciera Tom Hanks en la primera incursión de Zemeckis en la motion capture, Gary Oldman, Bob Hoskins, Cary Elwes o Robin Wright Penn juegan sus cartas en múltiples personajes. Hay que decir que este humilde escriba fue incapaz de reconocer a  ésta última actriz en sus varias incursiones a lo largo de su metraje.

Y aquí empieza una de las contradicciones que encierra el filme. Si bien encontramos a personajes, momentos o secuencias que bordan la afamada técnica -el rostro ajado de Scrooge y sus expresiones faciales son magníficas-, otros personajes remiten a marionetas endebles de cartón piedra que ridiculizan el conjunto por comparación. Se deduce que a los protagonistas se les ha adjudicado una importancia, que por supuesto la tiene, vital que se ha descuidado completamente en el baile de personajes que Scrooge se cruzará en su camino. Pero la fusión resulta de una descompensación extrema y acaba por provocar el sonrojo ajeno y más de un arqueo de cejas.

Si bien encontramos a personajes, momentos o secuencias que bordan la afamada técnica, otros personajes remiten a marionetas endebles de cartón piedra

El espíritu Zemeckis

Diremos en su favor que el uso de las tres dimensiones (por favor, vayan a verla en 3-D) queda completamente justificado. Si en la mayoría de filmes estrenados hasta el momento el aparato tridimensional pasa desapercibido salvo por dos o tres momentos escuetos que no aportan nada, aquí, y eso Zemeckis demuestra manejarlo muy bien, su utilización ofrece momentos trepidantes, vistas aéreas fastuosas y aventuras realmente brillantes.

Porque eso sí, salvo los errores que ofrece la motion capture, y que suponemos serán subsanados en el futuro, la película es una maravilla visual. Si ya lo era Polar Express, y esperamos con candeletas el nuevo Cascanueces -quizás más acorde con la filosofía de esta trilogía-, Un cuento de navidad ofrece un torrente animado espectacular. Su calidad técnica y su regusto por los planos imposibles hacen de ella una experiencia meritoria, tanto que a uno le da lástima tener que poner en tela de juicio sus demás propiedades.

Pero así es. Todo lo excelso de su imaginería se ve tristemente desdibujado por su capacidad narrativa. En primer lugar, Zemeckis pretende condensar, y conciliar, el drama navideño bienintencionado con la película de aventuras infantiles; la moralina exprimida con el gag cómico; el personaje gótico y siniestro con el personaje ramplón y simpático y así hasta un sinfín de desencuentros que lastran el producto. Sencillamente, no lo consigue. Parece que no logra encontrar un tono adecuado a la obra en ningún momento, salvo quizás en su prolegómeno y su conclusión. Su cadencia resulta atropellada y ensordecedora ya que la montaña rusa que él pretendía sólo funciona a tramos independientes, pero no resulta armónica en su conjunto.

La obra de Dickens, en cuanto a adaptación se refiere, es la más perjudicada. Las escenas más emotivas están resueltas con la más pasmosa frialdad. No acertaríamos a decir si la culpa la tiene la técnica, o la rapidez en la que se solventan los momentos sensibles para embarcarse en la aventura trepidante, pero todo sugiere una fugacidad impropia para su texto de origen.

Un cuento de navidad sólo se preocupa de entretener a ritmo desenfrenado mediante un artificio sublimado de cohetes y piruetas visuales, pero no se preocupa por lo que está diciendo, ni por lo que debería transmitir. Es sólo un gran juguete a pilas, cuya importancia reside en su fuente de alimentación y no en lo que el juguete podría dar de sí. Que es mucho sin duda.

Todo lo excelso de su imaginería se ve tristemente desdibujado por su capacidad narrativa