ROJO ORIENTAL (3)

  22 Septiembre 2009
Satin rouge
Título original: Satin rouge
País, año: Francia - Túnez, 2002
Dirección: Raja Amari
Producción: Dora Bouchoucha, Alain Rozanès y Pascal Verroust
Guión: Raja Amari
Fotografía: Diane Baratier
Música: Nawfel El Manaa
Montaje: Pauline Dairou
Intérpretes: Hiam Abbass, Hend El Fahem, Maher Kamoun, Monia Hichri, Faouzia Badr
Duración: 100 minutos
Distribuidora:  Karma Films
Estreno: 31 julio 2009
Página web:  http://www.diaphana.fr/satinrouge

Deseos
Escribe Purilia

Con siete años de retraso llega a nuestras pantallas Rojo Oriental, primer largometraje de la realizadora y guionista tunecina Raja Amari, avalado por varios premios internacionales: el del público a la mejor película africana en el Festival de Montreal, el de mejor dirección novel en el Festival de cine de Seattle y el de mejor película en el Festival de Cine Joven de Torino, todos ellos conseguidos en 2002.

Una película atrevida y turbadora sobre el descubrimiento de la esencia femenina, el refulgir del deseo a través de la danza y mucho más...

Una película atrevida y turbadora sobre el descubrimiento de la esencia femenina

Sinopsis

Lilia es una hermosa mujer que desde la muerte de su marido vive estancada en la rutina cotidiana, encerrada en su hogar dedicada a las labores domésticas, a su trabajo como costurera y a la atención de su única hija Salma, una joven independiente que cada vez la necesita menos.

Un día acude a buscarla a clase de danza y descubre su relación con un joven llamado Chokri. Su preocupación de madre la incita a seguirle y sus pasos la conducen al cabaret nocturno donde trabaja como músico, en un espectáculo dedicado a la danza del vientre, un mundo de sensualidad y fantasía por el que sentirá una contradictoria atracción que despertará su oculta pasión por el baile.

Animada a probar suerte como bailarina irá descubriendo cómo, entregada a la danza, afloran con espontaneidad sus pasiones y emociones más secretas, poniendo al descubierto a una nueva mujer más expresiva, sensual, alegre y vital.

Desbordada por el deseo y a punto de perder la orientación, la realidad terminará imponiéndose con naturalidad sin menoscabo de perder lo encontrado en el camino.

Desbordada por el deseo y a punto de perder la orientación, la realidad terminará imponiéndose con naturalidad sin menoscabo de perder lo encontrado en el camino

La danza del vientre

La danza del vientre o belly dance es un baile de origen incierto pero remoto que combina elementos tradicionales de Oriente Medio y del norte de África. Bautizada con este nombre en occidente por sus sugerentes movimientos ventrales y de cadera, recibe nombres distintos según cada cultura: los griegos la llaman cifte telly, en Túnez se la conoce como gobek dance o rakasse, pero la denominación árabe genérica es raqs sharqi que significa literalmente danza oriental.

Aunque Rojo Oriental no es específicamente una película sobre ella, sí lo es sobre sus efectos, magnetismo y el poder que ejerce sobre la mujer y su entorno inmediato. La propia directora, formada durante muchos años como bailarina de la danza del vientre en el conservatorio de Túnez, confiesa sentirse fascinada por ella, y así lo expresa en el filme.

Relacionada con ciertos ritos religiosos del culto a la fertilidad y danzas practicadas en el acto del alumbramiento, la danza del vientre está arraigada en los más profundos instintos femeninos de fecundidad, maternidad y vida. A través de ella la mujer se conecta con su propio cuerpo (que antes que movimiento es signo) para a través de él poder liberar su energía y compartirla con los demás.

Esta utilización de la danza como símbolo de libertad se manifiesta claramente en la película a través de la utilización del balcón como elemento significativo. Cada mañana, Laila ilusionada, pensando en ir a bailar por la noche, abre el balcón y deja que la luz y el aire entren en la casa; el día que no puede salir hace el intento de abrirlo, pero inmediatamente lo cierra y echa las cortinas.

A través de la danza del vientre, la mujer conecta a la naturaleza con la divinidad. Los pies desnudos absorben toda la energía de la tierra, que sube por las piernas y se extiende por el cuerpo que la recibe y la propaga con movimientos sinuosos y serpenteantes, suaves y fluidos del torso y brazos, combinados con otros fuertes y vigorosos que ejecuta la cadera y el vientre. Los movimientos lentos, ondulatorios y delicados simbolizan la tristeza y la sensibilidad femenina mientras que los golpes de cadera, rápidos y vibrantes transmiten alegría y determinación. Los brazos extendidos y oscilantes asemejan el suave vuelo de las aves, que ascienden al cielo.

En algunas culturas se ha desvirtuado su significado profundo, relegándola a mero espectáculo erótico de seducción del hombre. En la cultura árabe, aunque su conocimiento y aprendizaje está bien considerado social y culturalmente, su exhibición pública parece relegada a salas de fiestas y cabarets nocturnos no aptos para mujeres decentes.

La vida de Laila pertenece, en un principio, al dominio de lo neutro, sumida en un ambiente frío y distante, tanto en lo material (su casa está decorada con tonos asépticos en las paredes, los muebles, las tapicerías...) como en lo emocional, que la absorbe y proyecta sobre los demás descuidada, mustia e impersonal. Bajo el influjo de la danza, su existencia virará hacia la calidez satinada y apasionadamente acogedora de la noche (haciendo de su aspecto su espejo: los zapatos de tacón alto, el arreglo del cabello, los vestidos de colores vivos, ceñidos y descotados...) ofreciéndole belleza, felicidad, seguridad en sí misma y cierta obnubilación.

Por oposición al verde, para el musulmán emblema de la salvación, color del conocimiento y del Profeta, el rojo es el color de la perdición y la perversión

Simbología del título

Por oposición al verde, para el musulmán emblema de la salvación, color del conocimiento y del Profeta (la bandera del Islam es verde) y símbolo de las riquezas materiales y espirituales, entre las cuales la familia es la primera, el rojo es el color de la perdición y la perversión, de la pasión y el deseo, y arrastra con él toda la significación negativa que lo asocia con su poder de atracción centrípeto, nocturno y hembra.

El título original de la película (Satin rouge) es muy significativo al respecto. Al valor voluptuoso del rojo hay que sumar el de la palabra satén, tejido de seda parecido al raso, suave, brillante y sensual, especialmente utilizado en la confección de ropa íntima femenina y trajes de noche; que alude a un mundo delicado y erótico, creado para el goce propio y compartido. Sin embargo, últimamente, la moda lo ha desplazado de la noche al día instalándose con descaro en trajes, camisas y ropa de calle que la mujer moderna exhibe con elegancia.

El color rojo, por su parte, al margen de connotaciones pulsionales, viste a la mujer fuerte y decidida, segura de sí misma y emprendedora. Nada, parece querer decirnos la directora, está relegado a una ubicación indefinida y a una significación perpetua. El satén rojo (dos palabras muy explícitas de fuerte connotación sexual no necesariamente irrevocable) que empieza relegado a ese mundo nocturno de voluptuosidad y seducción, envuelve, poco a poco, la vida diurna de Laila, solitaria y melancólica, para quedarse definitivamente en ella equilibrando su existencia.

Rojo Oriental, según Raja Amari, "es una historia universal en un contexto moderno", en el que existe la posibilidad de integrar, en un espacio de comunicación único, deseos compartidos por mundos diferentes, el del día "estricto, dominante y puritano" y el de la noche "relajado, marginal y lascivo", dos opciones divergentes en la cultura árabe, que aquí se intersectan a través de la figura de Laila, instalada en ambos con naturalidad y sin pudor. 

Según Raja Amari,

Prototipos de mujer

Rojo Oriental es una película sobre mujeres, que de manera más o menos directa  enfocan su vida en función de los hombres que las rodean: un marido muerto, que desde su omnipresente fotografía sigue dirigiendo la vida de su mujer, o vivo, que la controla, un novio amante, un pariente supervisor o unos clientes a los que satisfacer... Como ha dicho la directora, el hombre es para todas ellas "el foco de sus preocupaciones" y  "el núcleo de la historia porque es el factor desencadenante".

El marido de Laila, permanece presente en su vida, aún después de muerto, recordándole que debe seguir siendo, a pesar de su viudedad, una mujer respetable, labor que contribuye a desarrollar el tío Béchir que acude a la ciudad a supervisar la vida de madre e hija.

Cada una de las mujeres que aparecen en la película encarna un tipo de mujer y una forma de actuar en la cultura árabe actual. Hela, la vecina, representa el modelo tradicional, la mujer casada, reaccionaria y puritana que vive, piensa y obra en función de la figura del marido, respeta y observa las tradiciones y las estrictas reglas morales y se escandaliza ante el menor indicio de apertura; por ejemplo, no ve bien que Laila salga sola después de ponerse el sol, aunque sea por necesidad, y hace que su hijo la acompañe. Folla, la bailarina, estaría en el lado opuesto, es la mujer desinhibida, liberada y provocativa que pertenece al pervertido ambiente de la noche. Cuando las dos mujeres coinciden en casa de Laila se percibe claramente este posicionamiento irreconciliable.

Laila es el personaje puente, el equilibrio entre los valores y mundos que ambas representan, y que nunca llegarían a coincidir. "En una sociedad típicamente tradicional"  -ha dicho Raja Amari-, "sus caminos nunca se cruzarían, porque las salas de fiestas están percibidas como algo siniestro y con ambiente depravado". La rigidez frente a la flexibilidad moral, la intransigencia frente a la permisividad social.

Laila es una mujer responsable y sensata educada en la estricta moralidad de su cultura, la cual siempre ha acatado y practicado, con convicción (?), hasta que descubre que hay un mundo oscuro fascinante y peligroso, que la tienta y por el que se deja seducir. A punto de perder la sensatez, obnubilada por el deseo, consigue reconducir su vida, sin desestabilizarla, integrando con seguridad en ella, los hallazgos encontrados. La secuencia final de la boda es significativa al respecto.

Salma representa a la mujer árabe moderna, la que mira al futuro, joven, dueña de sus actos y que experimenta el sexo pre-matrimonial sin complejos, amante y amada, deseada y deseante como expresa el sueño que le cuenta a su madre, un día al despertar, en el que ha visto serpientes reptando por una playa. Aunque la serpiente tiene un simbolismo muy extenso y contradictorio, cuando aparece en sueños, como es el caso, tiene un carácter marcadamente sexual, especialmente en los sueños juveniles, moviéndose sinuosamente al reptar con gracia femenina o irguiéndose para atacar como un falo. 

El cine árabe desde sus comienzos ha tenido en la expresión del deseo y de la pasión uno de sus temas preferentes

Deseo y pasión en el cine árabe

El cine árabe desde sus comienzos ha tenido en la expresión del deseo y de la pasión uno de sus temas preferentes, sobre todo en melodramas sentimentales de amores difíciles o vejados, relaciones imposibles, sacrificios obligados... donde la mujer siempre ha sido la peor parada, obligada, en cierta medida, a seguir un comportamiento acorde con la imagen que de ella se transmite desde el discurso religioso islámico.

El profesor Alberto Elena, especialista en cine árabe, opina que "la mujer independiente -aquella que rechaza el simple papel de esposa y madre- es invariablemente representada en el cine árabe del período clásico como una peligrosa desviación de la norma, una amenaza al orden patriarcal, a la estructura familiar y aún a la propia masculinidad". No obstante, cada cinematografía ha realizado su propia lectura, más o menos aperturista en función de su propia idiosincrasia como nación, del devenir de los tiempos, los intereses sociales, su recorrido histórico o de la tradición y solvencia de su industria cinematográfica, etc.

El pionero cine egipcio, el más prolífico e intensamente comprometido con la evolución de esta temática, es el que ha marcado la pauta y las opciones a seguir. En películas del período clásico (años cincuenta) la mujer es representada como víctima del deseo, de la familia (El canto del alcaraván, 1959, Henry Barakat), de la tradición (Insomnio, 1957, Salah Abu Seyf) o agente de una desbocada e incontenible sexualidad, asociada con el mal (Juventud de una mujer, 1956, Salah Abu Seyf; Estación Central, 1958, Youssef Chahine) o con la enfermedad (El pozo  de la privación, 1968, Kamal al-Sheikh), por la que tiene que pagar el precio que la moralizante censura exige, siendo castigada con el sacrificio (Principio y fin ,1960, Salah Abu Seyf,) la autodestrucción y/o la muerte.

Ya a partir de la década de los setenta, acorde con el discurso crítico feminista, aparece un nuevo prototipo de mujeres no victimizadas, como la femme fatale de La criada, 1984, de Ashraf Fahmy, una exuberante depredadora sexual, arribista y perversa o las centradas en personajes de mala reputación, como bailarinas (Cuidado con Zuzu, 1972,  Hassan al-Imam) o prostitutas positivas (Una noche tórrida, 1996, Atef al-Tayeb). Pero las que muestran ya cambios significativos al respecto son películas como Noches en blanco, 2002 de Hani Khalifa y Los mejores momentos, 2004, de Hala Khail, donde la sexualidad se debate sin victimizar a la mujer.

Cinematografías árabes con menor bagaje histórico que la egipcia (Argelia, Túnez o Marruecos) han abordado estos temas con enfoques más críticos, feministas y menos moralizantes, reformulando el estereotipo clásico (La infancia robada, 1993, Hakim Noury) u ofreciendo propuestas novedosas (La huella, 1982, Nejia Ben Mabrouk o Un amor en Casablanca, 1991, Abdelkader Lagtaa).

Pero donde se ha operado un cambio radical de planteamiento y mentalidad en cuanto al definitivo alejamiento "de los estereotipos tradicionales y de los discursos moralizantes del melodrama clásico" y postclásico es en el cine de la última década, abanderado por jóvenes cineastas, muchos de ellos mujeres, sensibilizados con la importancia de expresar y vivir libremente la pasión y el deseo sin penalización religiosa y/o cohibición social y viceversa.

Algunas películas controvertidas y que han levantado ampollas en los últimos tiempos entre el puritanismo practicante son Marock, 2005 de Laila Marrakchi (amores adolescentes entre una joven musulmana y un muchacho judío), Lila dice, 2004 de Ziad Doueiri (deseo adolescente en estado puro), Amores velados, 2008 de Aziz Salmy  (llevar hiyab no frena la pulsión sexual) o la historia que nos ocupa, Rojo Oriental, que no impactará porque una mujer madura explore los límites del deseo y de la pasión, e incluso los traspase, sino por la persona elegida para consumarlos y la naturalidad con que lo asume.

Sin duda una propuesta provocativa y transgresora para cualquier mentalidad que aún crea en la pureza del amor maternal y en la solidez inviolable de su generosa naturaleza.

Sin duda una propuesta provocativa y transgresora para cualquier mentalidad que aún crea en la pureza del amor maternal y en la solidez inviolable de su generosa naturaleza