MUNICH (4)

  12 Diciembre 2006

Título original: Munich
País, Año: EE.UU., 2005
Dirección: Steven Spielberg
Intérpretes: Eric Bana, Daniel Craig, Ciarán Hinds, Mathieu Kassovitz, Hanns Zischler, Geoffrey Rush, Michael Lonsdale, Ayelet Zorer, Gila Almagor, Mathieu Amalric, Moritz Bleibtreu, Valeria Bruni Tedeschi
Guión: Tony Kushner, Eric Roth
Producción: Amblin Entertainment, Universal Pictures, Dreamworks Pictures, Barry Mendel
Fotografía: Janusz Kaminski
Música: John Williams
Montaje: Michael Kahn
Duración: 164 minutos

El terror tiene dos caras
Escribe Enric Albero

Esta sea, muy probablemente, la mejor película de Steven Spielberg en años –en décadas, me atrevería a decir–. Marcado por una irregularidad que pasa por construir una excelente primera parte para su versión de La guerra de los mundos y rematarla con una sucesión de despropósitos; en su último filme, el director de Tiburón elabora un crudo retrato sobre el conflicto palestino-israelí y sus traducciones terroristas, a partir del asesinato de un grupo de atletas hebreos por parte de un comando de Septiembre Negro. La tesis está clara: el terrorismo sólo engendra violencia, sin importar quién ni por qué (aunque justamente estas dos cuestiones serán examinadas minuciosamente para entender lo que está pasando).

El filme es magistral en muchas ocasiones: desde la primera secuencia, en la que se apunta la connivencia americana con el terrorismo palestino (el salto de la alambrada), hasta el último plano de Ephraim (Geoffrey Rush) y Avner (Eric Bana) con las Torres Gemelas al fondo, último objetivo de un brote de violencia nacido tiempo atrás que sigue perdurando, pasando por set pieces tan brillantes como la de la bomba en el teléfono (Hitchcock estará haciendo palmas desde su tumba). La mayor parte de los recursos visuales no sólo están empleados correctamente, sino que nadie sería capaz de hallar un mejor uso: el empleo del soporte televisivo y su identificación con la imagen ficcional durante el momento del secuestro; la secuencia del primer asesinato con el charco de sangre que se extiende hasta el casquillo de bala; la plasmación decididamente bucólica, casi paradisíaca, de la casa de Papa (un señor de la guerra con apariencia de bon vivant); el ajusticiamento de la asesina y el cubrimiento o no de su cuerpo desnudo...

Es cierto que son muchas las virtudes, pero tal vez lo más interesante sea la necesaria operación mayéutica que afecta a los principales personajes y, por ende, al espectador. ¿A quién matamos? ¿Por qué lo hacemos? ¿Son realmente culpables? ¿Soluciona esto algo? Existen momentos de reflexión pura: la secuencia en que a las dos células enemigas se les entrega el piso franco y la conversación en la que Avner y el musulmán exponen las diferentes visiones que tienen del territorio que comparten. En resumen: la violencia no es, en ningún modo, la solución del problema, como queda bien patente en una última secuencia (que debería producir un sonrojo vergonzante a cineastas como Ang Lee, por su penosa escena final de Brokeback mountain) en la que Avner reniega de un Israel que no entiende y que no ve, después de todo, como su casa.

Por el camino muchos apuntes: asociaciones lucrativas que venden objetivos y armas sin control alguno al mejor postor, la ceguera que el reguero de muertes provoca en unos protagonistas (salvo en el filo-nazi, aunque parezca una contradicción, interpretado por Daniel Craig) cuya brújula moral se ha estropeado, la transformación física de Avner, el homenaje a La conversación (Avner rasgando el colchón como Harry Caul)...

Sin embargo, existen errores de bulto harto comprensibles atendiendo a quien firma la cinta. Aunque el tema del padre y la familia, tan recurrente en Spielberg, está bien tratado, la secuencia de la llamada a casa en la que Avner se pone a llorar a lagrima viva resulta excesiva, innecesaria, tosca... recuerda a la de Oskar Schindler sollozando por no poder salvar más judíos.

El empleo del montaje paralelo es el punto clave del filme: siempre que aparece un flash-back en el que se nos muestra qué sucedió 'realmente' en los atentados de Munich (el origen de todo) parece que lo veamos a través de los ojos de Avner (algo totalmente imposible). Podría darse el caso de que viéramos lo que Avner cree que pasó, pero a esas imágenes se le dan demasiados visos de verdad, nada indica que no fue así como ocurrió. Desde mi humilde punto de vista, la mirada atrás se imbrica con el punto de vista de Avner porque ése es el acontecimiento que va a cambiar su vida, que lo va a transformar física y moralmente (las dos secuencias sexuales: la inicial y la final, dan fe de ello), aunque, a fin de cuentas, el recurso brilla más por su efectismo que por su necesidad: hay otras formas que llaman menos la atención, negativamente hablando, desde un punto de vista narrativo.

Envuelta como en Spielberg es habitual (Kaminski, Williams) y, afortunadamente, como un regalo digno de ser abierto, Munich es una historia bien contada, brillante en muchas ocasiones, necesariamente política e insistentemente reflexiva.