BUENAS NOCHES Y BUENA SUERTE (4)

  12 Diciembre 2006

Título original: Good night, and good luck
País, Año: EE.UU., 2005
Dirección: George Clooney
Intérpretes: David Strathairn, Robert Downey Jr., Patricia Clarkson, Ray Wise, Frank Langella, Jeff Daniels, George Clooney, Tate Donovan, Tom McCarthy, Matt Ross
Guión: George Clooney, Grant Heslov
Producción: Warner Independent Pictures, 2929 Entertaiment, Redbus Pictures, Tohokushinsha Film Company, A Section Eight Production
Fotografía: Robert Elswit
Montaje: Stephen Mirrione
Duración: 90 minutos

Los claroscuros del héroe
Escribe Marcial Moreno

Algunas películas se desmoronan cuando se reflexiona sobre ellas, por mucho que hayan impresionado en un primer momento, en cambio otras parece que, aun sin quererlo, exigen esa reflexión, se instalan sin permiso en la mente del espectador para atraparlo y crecer poco a poco hasta alcanzar dimensiones que inicialmente resultaban casi insospechadas. Suelen ser éstas obras en apariencia sencillas, pero que poseen en su seno los resortes del buen cine, esos intangibles tan difíciles de definir e incluso de identificar pero que subyacen a todas las obras maestras, haciendo de ellas obras que, cada vez que se vuelve sobre ellas, resultan novedosas y mejores. Buenas noches, y buena suerte pertenece a este grupo.

Varios son los elementos que hacen de esta segunda película de George Clooney como director una obra excepcional. En primer lugar, la recreación de los ambientes utilizados. No en vano el padre de Clooney trabajó en televisión, y esa experiencia parece que le ha servido al director para dotar de veracidad el marco en el que se desarrolla la trama. Y para ello cuenta además con un grupo de actores insuperables. Mucho y muy elogioso se ha escrito de David Strathairn, quien encarna al protagonista, Edward Murrow. Todo ello está justificado. Pero el elenco no acaba ahí. Hasta el más secundario de los personajes (incluido el propio Clooney) resulta impecable. Es difícil, con estos mimbres, hacer un mal cesto.

Sin embargo, sería posible. Si nos detuviéramos sólo en estos elementos ignoraríamos la auténtica dimensión de lo que se nos cuenta. El gran logro de la película estriba en haber sido capaz de escapar a las reglas del biopic al uso. Ni siquiera se permite el director construir una simple apología del comportamiento de los periodistas que se enfrentaron al senador MacCarthy, sino que es capaz de dotarlos de una ambivalencia que hace de ellos verdaderos seres de carne y hueso. En Buenas noches, y buena suerte, no hay héroes, o dicho de otro modo, la heroicidad va siempre acompañada de su contrapunto de miseria. En este sentido resulta más que esclarecedor el discurso de Murrow para defenderse de las acusaciones de MacCarthy. Lejos de reivindicar su derecho a poseer sus propias ideas, el periodista se embarca en una defensa de su pureza ideológica que en el fondo no hace sino confirmar la victoria de su contrincante. Como se dice en un momento de la película, citando a Shakespeare: “No fueron los hados, Brutus, fuimos nosotros”, y esa es justamente la tragedia, el hecho de que la caza de brujas se instalase en las conciencias de todos ellos, lo cual torna en quimérica la tarea de combatirla.

Desde esta óptica, la película es la crónica de una derrota. Y no se trata únicamente de que Murrow haya perdido su programa en horario estelar, ni siquiera el hecho de perder en el camino a su amigo, incapaz de continuar soportando la presión, lo esencial estriba en que él mismo acaba dándose cuenta de que su éxito es muy relativo, de que los límites de ese éxito son más que notorios. En este sentido es magistral el plano de Murrow momentos antes de pronunciar su discurso en el homenaje que sus compañeros le han preparado. Lejos de manifestar alegría o confianza, la tensión y la amargura es lo que sus ademanes delatan.

Y es que, si bien se mira, Buenas noches, y buena suerte es una película de terror. El miedo se palpa en todos y cada uno de los momentos en que se desarrolla. No sólo en los instantes más críticos, sino también en los recesos festivos, en las bromas, en la camaradería. La tensión es una bomba siempre a punto de estallar, una amenaza que sobrevuela toda la película. Dos escenas son en este sentido modélicas. Una es aquélla en la que el personaje interpretado por Clooney y el jefe de la emisora coinciden en el ascensor, se saludan, realizan parte del trayecto juntos y se despiden, sin más. El plano está tomado de espaldas, y por lo tanto no vemos sus caras, pero no por ello dejamos de percibir el temor a lo que pueda ocurrir. Aunque no crucen ni una palabra más allá de los convencionales saludos, todo se supone, se presiente. La otra escena es el momento en que, tras comunicarle el jefe a los periodistas el cambio de programación, le pide a Clooney que espere un momento. No sabemos qué le dice, ya que la cámara acompaña a Murrow en su breve y tensa espera. Y es en ese plano magnífico de su rostro en el que podemos leer la incierta confianza que rige las relaciones entre los personajes, la siempre presente amenaza de la traición.

En resumen, una película densa, compleja e inteligente, como resulta cada vez más difícil encontrar, y que hace de George Clooney una de esas raras especies de actores afamados convertidos con el tiempo en grandes directores, cuyo máximo representante hoy en día quizá sea Clint Eastwood, si bien Clooney ha necesitado muchos menos experimentos para demostrar su maestría.