TIRANTE EL BLANCO (3)

  12 Diciembre 2006

Título original: Tirante el Blanco
País, Año: España, 2005
Dirección: Vicente Aranda
Intérpretes: Caspar Zafer, Leonor Watling, Esther Nubiola, Ingrid Rubio, Charlie Cox, Victoria Abril, Giancarlo Giannini, Jane Asher, Sid Mitchell, Rafael Amargo
Guión: Vicente Aranda
Producción: DeA Planeta, Future Films, Carolina Films
Fotografía: José Luis Alcaine
Música: José Nieto
Montaje: Teresa Font

De juegos amorosos
Escribe Adolfo Bellido

Al fin, después de multitud de problemas, la película sobre la novela de Matorell, Tirant lo Blanc, ha llegado a nosotros. Tres años de rodaje, sobre todo por problemas de producción, han hecho que la película fuera esperada con expectación, sobre todo viniendo de un director tan interesante como Vicente Aranda.

Se ha estrenado en dos versiones (las dos dobladas ya que el rodaje se realizó en inglés), una en castellano y otra en valenciano vulgar (de la época) con subtítulos. La diferencia entre ambas versiones es notable. La mayor parte de los diálogos, casi recitados, resultan muchas veces frustrantes en la versión en castellano, así como los continuos juegos de palabras, frases de doble sentido, que utilizan los personajes, muy acorde con el humor (muchas veces burdo) valenciano de ayer y de hoy. Sólo hay que darse una vuelta por Valencia en San José, viendo fallas, para comprender lo que queremos decir.

La película no se centra en todo el libro de Martorell (enorme, ampuloso y divertido), uno de los pocos que Cervantes salvó de la quema en El Quijote, sino en la parte dedicada a la estancia de Tirant en Constantinopla. Cervantes era un gran admirador del libro y parece ser que se inspiró en Tirant para escribir su espléndida obra. Lo que ocurre es que ambas parodias, desmitificaciones y visiones de la época se enfocan con una mentalidad muy distinta, como corresponde a la distinta forma de vivir la realidad (y el humor e ironía) que pueden poseer un castellano y un valenciano.

Las duras críticas que ha recibido el filme han comenzado por el propio título de la película, que en su versión castellana se ha titulado Tirante el blanco. Nombre que puede parecer tan absurdo (por el cambio del original) como ridículo (lo cuál está muy de acuerdo a lo que cuenta y al propio absurdo y “reposado” protagonista), pero es como se nombra en El Quijote, ya que Cervantes lo leyó en la edición castellana que poseía ese título y que además fue publicada como si fuera anónima. El éxito que alcanzó la obra en su versión valenciana fue a posteriori de esa edición.

La obra de Martorell iba a convertirse en un clásico. Y es que Tirant es una divertidísima novela a la altura de las grandes de la época, en la que se proponía toda una desmitificación del “caballero”. El héroe no era más que un pobre hombre sujeto al dictado de los otros, moviéndose según lo que place a los que le rodean. Por haber sido fiel a ese espíritu, Aranda ha recibido numerosas críticas adversas. Los que esperaban ver una película de batallas entre cristianos y turcos se encuentran ante todo ante una serie de enfrentamientos de alcoba, donde las mujeres tratan de demostrar al hombre quién tiene el poder. La mayoría de los que han criticado la película de Aranda seguro que no han leído el libro de Martorell o tenían una idea muy equivocada del mismo.

El único reparo al espíritu original se podría entender desde el punto de vista citado anteriormente: centrarse solamente en una parte la obra original. Habría que entender la diferencia que existe entre una novela y una película, la necesidad del creador cinematográfico de escoger una parte o un episodio de una novela para realizar el filme de acuerdo a su espíritu creador, a su re-lectura de la novela.

En la película de Aranda ha quedado fuera todo lo que hace referencia a lo fantástico (reduciéndose en tal caso a unos sueños) para centrarse en la cotidianidad de unos hechos que tienen lugar en una corte decadente que se dedica a practicar con la mayor de las libertades, y sin falsos pudores o con recatados engaños, los juegos amorosos. Mujeres y hombres que viven más del amor que de la guerra, porque en el amor encuentran el placer y la vida y en la guerra la muerte, pero en un caso y en otro lo que se pone en juego es la trascendencia del dominio o del poder. Por supuesto a distintas escalas: dominar a un hombre o a una mujer y dominar un reino forman parte de una misma partida. El final de la misma consistirá en contar con un nuevo heredero, concebido como una necesidad, un falso ejercicio de placentera violencia. O, como máximo, jóvenes arribistas que se aprovechan de los ardores nada juveniles de reinas y emperatrices cansadas de sus aburridos maridos, más propios de una carta de baraja que de un reino poderoso.

Juegos de contrastes donde el falso héroe –Tirant– no es más que un payaso manejado por unos y otros en la lucha amorosa y en la lucha con los “infieles”. Es alguien que vive de las órdenes, caprichos o necesidades de los otros, ya sean las mujeres o el propio emperador. Aquéllas para sentir el apasionamiento de un monigote y aquél para que le libre del turco. Tirant sólo tiene ojos para la hija del emperador, Carmesina, la falsa niña puritana que convierte a Tirant en uno más de sus incontables juguetes. Él, impertérrito en su mirada, máscara casi de sí mismo, es capaz de decir en un momento que siente más por no saber si se le ama que por su amor. Algo impensable en alguien que aspira a conquistar a cualquier mujer que se cruce en su camino o, al menos, a su idolatrado amor. Y para explicar su amor, lo hace con la hermosa secuencia del espejo en el que Carmesina verá que ella es la amada. El ridículo del aprehendido amor se explicitará con la entrega de la prenda que lleva en la batalla como prenda de reconocimiento de su amada: su camisa ensangrentada colocada encima de su coraza.

En las lindes, ayudas o envites amorosos, entran doncellas, mujeres de la corte y emperatrices, algunas con nombres tan clarividentes como Placerdemivida o Viuda reposada. Entre el sueño y la realidad no se distingue a veces la frontera. Son historias de historias, como las de Bocaccio o Chaucer, donde los engaños en las sucesivas tramas adquieren el aire de farsa. El espectador probablemente queda engañado ante la propuesta del filme. Espera ver una historia de batallas entre dos ejércitos enfrentados y lo que encuentra son batallas entre hombre y mujeres. No se trata de tomar un castillo sino de posesionarse de oscuros objetos de deseo sin duda más placenteros. Pero, al fin y al cabo, siempre habrá un ganador y un perdedor. Sin duda el ejercito de los victoriosos estará formado tanto por las mujeres como por los arribistas sin escrúpulos.

Tirant es una especie de marioneta en manos de unos y otros. Sólo está, sin saberlo, para obedecer y aceptar lo que otros ponen en sus manos, pero siempre ignorando a cualquiera que no sea su adorada Carmesina, que decide llevar su juego al extremo cuando debe tomar la decisión de unirse al turco o al cristiano que puede darle una descendencia. Pero unos y otros son a su vez juguetes de otros juegos, de un destino implacable que va moviendo sus fichas sin que nadie pueda oponerse a ello. El joven Hipólito, por ejemplo, escondiéndose (tal como se muestra en su primera aparición), refugiándose en la emperatriz ardiente para convertirse en el dueño de Constantinopla. Pero ¿por cuánto tiempo?, ¿qué significa su mandato?, ¿qué es poseer el poder?

Parece ser que Aranda ha definido el filme como un vodevil. Es su verdadero sentido y esencia. Puertas que se cierran y se abren, personajes que se esconden debajo de la cama ante la llegada del marido, engañosas situaciones de quienes quieren conseguir su objetivo. Es un sin fin de danzas amorosas donde todo está permitido y donde los placeres se alcanzan de cualquier forma. El Tirant está repleto de escenas amorosas, de relaciones lícitas e ilícitas (incluso “de cierto tono” incestuoso) rodadas con un consciente descaro y en las que, como siempre ocurre en el cine de Aranda, es la mujer la que domina la situación. Sabe lo que se exige de ella y actúa cerebralmente, en una especie de tira y afloja.

Hay secuencias divertidísimas, aunque curiosamente el espectador no parece entenderlo así. El problema, como ha quedado dicho, es que parece haberse equivocado de película. Lo que él quería ver es un filme de sangre y batallas. Ante la visión de otra cosa se niega a cambiar su chip. Destacaría dos escenas de comedia realmente hilarante: la huida de Tirant de la habitación de Carmesina con la ayuda de Placerdemivida para terminar descolgándose por una cuerda cuyo final está a muchos metros del suelo lo que le lleva, en el salto, a romperse una pierna. A continuación para despistar “sobre la causa del accidente” deberá montar un caballo y hacer que se desboque con tan “buena” suerte que se rompe también otra pierna. La segunda secuencia destacable es la del coito entre Carmesina y Tirant, donde éste debe realizarlo casi empalado al no poder mover las piernas: deberá ser “conducido” a la morada de la mujer mientras se mueve la camilla por una serie de servidores. Inenarrable. No menos inaudita es la secuencia de la lucha contra el turco. Ambos deben pelear, en el suelo, arrodillados, al tener sus extremidades rotas.

Muy interesante es en toda la película el “juego” de la “sangre” de Carmesina, que brota constantemente de la nariz, sin duda un planteamiento metafórico sobre su virginidad, y sus ansias de ser desflorada. Sangre que, como se ha dicho, “mancha” en la batalla la camiseta de su amada que lleva Tirant.

Sin duda la película puede recordar en algunos momentos, salvando las distancias por la época y desarrollo, una comedia americana de enredo con personajes fantoches que se creen poderosos sin serlo. La sombra de Lubitsch, y algunas de sus películas pseudohistóricas podría no estar demasiado lejos. Por otro lado, su plan desmitificador de las películas épicas la podría emparentar con Robin y Marian o, quizás, en su forma más desvergonzada con el cine de Monty Pynton. .

Tirant amando o guerreando es el obediente juguete del destino del antihéroe más que del héroe. Un antihéroe que no entiende nada de lo que pasa a su alrededor, de lo que le ocurre. Muere como vive. Aceptando lo que los otros le mandan. En ese sentido la película plantea la importancia de tener el poder, de posesionarse de aquello que se desea, o de sentirse el centro de la humanidad, adquiriendo poderes de los que se ven desposeídos con la mayor facilidad. Unos poderes que forman parte de un juego de intrigas, de parejas de conveniencia, de subterfugios. Tirant, el caballero requerido no se sabe muy bien por qué proezas, es un simple peón en un juego de cambios de jefes o de parejas hechas o deshechas. Alguien que desde su estupidez o ingenuidad ve perder todo aquello que piensa construir o realizar. Es su vida, como la de los que le rodean, el fracaso de una utopía. Al final lo deseado terminará por perderse. El triunfo devendrá en fracaso. La misma inexpugnable Constantinopla será con el tiempo invadida por los turcos y convertida en Estambul. La gloria da paso al fracaso.

Al final, como al principio, un barco navega entre dos costas en busca de no se sabe qué, quizás de alcanzar un puerto en el que encontrar lo que nunca se acabará por tener. Un cierre circular forzado y que impide que en su comienzo el filme entre con decisión. Al parecer, hay escenas anteriores a la inicial que fueron suprimidas y que servirían para aclarar mejor la historia que se nos cuenta. Por eso mismo se tarda en entrar en ella.

Algunos espectadores, más bien muchos, echarán en falta los momentos de la batalla rodados con “realismo”. No se ve realmente ninguna pelea en plenitud. Se trata en muchos casos de fotos fijas, cuadros casi abstractos, construidos bellamente.

Gamberra, desmadrada, irónica, esta desconcertante Tirant lo Blanc, en la que dominan las mujeres, cuenta con una excelente escenografía de tonos casi surrealistas. Todo ello mecido por la excelente banda sonora de José Nieto. Si se entra en el filme será una delicia, si no se consigue es probable que se considere un fracaso. El tiempo pondrá en su justo lugar a este Tirant, convertido en una marioneta que ridiculiza a los excelsos y victoriosos caballeros cantados en tantos cantares de gesta o en series interminables de aventuras ensalzadoras.