EL TIEMPO QUE QUEDA (3)

  12 Diciembre 2006

Título original: Le temps qui reste
País, Año: Francia, 2005
Dirección: François Ozon
Intérpretes: Melvil Poupaud, Jeanne Moreau, Valeria Bruni Tedeschi, Daniel Duval, Marie Rivière
Guión: François Ozon
Producción: Fidélité Productions
Fotografía: Jeanne Lapoirie
Música: Arvo Pärt y Mark Charpentier
Montaje: Monica Coleman
Duración: 95 minutos

Volver a ser un niño
Escribe Luis Tormo

Tenemos dos películas recientes que hablan del hastío y la desesperanza de la sociedad occidental, dos películas en las que se describe la sociedad nuestra como egoísta, vacía y falta de moral. Estas películas describen dos historias que transcurren en Francia pero se pueden referir perfectamente a cualquiera país europeo. Son Escondido (Caché) de Michael Haneke y El tiempo que queda (Le temps qui reste) de François Ozon. Y aunque los planteamientos de ambas sean muy diferentes (Haneke se mueve en el terreno de la culpa y Ozon en el de la desesperanza de la vida) sí tienen en común que los dos son personajes vacíos que permanecen indiferentes a aquellas cosas que les ocurren alrededor sirviendo como ejemplo de esa sociedad falta de valores morales.

En El tiempo que queda, Romain (Melvil Paupaud) es un fotógrafo de 31 años que se entera de que le quedan pocos meses de vida debido a la extensión de un tumor maligno. A partir de este momento, Romain abandona su vida profesional para moverse en el círculo más cercano del que parece encontrarse alejado, de hecho, los encuentros con su familia y con su pareja nos muestran a un Romain insatisfecho que discute con todos (escena de la pelea con la hermana en la cena familiar y escena en que le dice a su pareja que no quiere continuar la relación). Pero esta confrontación no parece debida a la nueva situación provocada por la enfermedad, pues Romain aparece descrito como un ser independiente, individualista, rayando el egoísmo.

Es por ello que la enfermedad no supone un replanteamiento de la vida de Romain ya que ni siquiera afronta las escasas posibilidades de curación (rechaza el tratamiento) o hace partícipe de su dolor a la gente que le rodea. Es significativa la confesión que le hace a su abuela de su situación (el personaje que encarna Jeanne Moreau), con la que parece que Romain tiene una mayor confianza, mostrando una relación más sensible, para luego explicar que se lo ha contado porque es una persona, como él, a quien le queda poca vida, estableciendo claramente una barrera entre ambos. El hecho de que la enfermedad vaya avanzando tampoco supone un cambio en la actitud de Romain y Ozon lo deja bien claro en la escena en que Romain habla con su hermana a través del teléfono de una posible reconciliación, pero que no es capaz de acercarse a ella (está hablando con el móvil en el mismo jardín que ella pero le frena la visión de la hermana jugando con sus hijos).

Esta descripción del personaje claramente negativa hace que el espectador no se identifique fácilmente con el protagonista a pesar de su trágica situación. Además, el director de La piscina refuerza esta idea manteniendo un distanciamiento mediante el uso de la fragmentación de la narración, pues El tiempo que queda está compuesta de pequeñas escenas con personajes que entran y salen sin que adquieran demasiado protagonismo (basta ver cómo se plantea el tema de la relación con el personaje encarnado por Valeria Bruno-Tedeschi que tiene importancia para la parte final de la historia y está resuelto con muy pocos trazos.

Es tal el planteamiento individual con que está trazado el personaje de Romain que la única interacción positiva que mantiene es consigo mismo. Romain sólo muestra sus sentimientos en aquellos momentos que fija la mirada en su propia infancia (esa contemplación ante el espejo que le devuelve su imagen de niño). Así, en ese último tiempo que le queda por vivir, Romain no se lanza hacia delante sino que vuelve su mirada hacia esa infancia que representa cierta ternura que ahora ya considera perdida (como decía Panero en la infancia se vive y después se sobrevive) y que termina convirtiéndose en el tema fundamental del filme. Volvemos en este punto a confrontar esta película con la de Heneke y vemos la importancia de la infancia en ambas obras (aunque para el director austriaco la vuelta a la infancia comporta culpabilidad y para Ozon la infancia representa la inocencia).

La infancia aparece en el preámbulo del filme antes que aparezca Romain y esa escena de un niño que se acerca hacia la orilla de la playa, si la unimos con el final conforma un circulo que envuelve al personaje y del que nunca se desprende pues a esa fragmentación que comentábamos con anterioridad se une el hecho de estas apariciones que basculan entre los recuerdos y lo onírico, llegando a interactuar con el propio Romain en la escena final del filme (cuando le entrega la pelota en la playa a su propia representación de niño y donde el recuerdo del Bergman de Fresas salvajes es inevitable). Esa interacción se muestra incluso desde el propio cartel de la película que muestra a Romain tumbado y con un (su) niño tumbado junto a su costado).

Esa búsqueda de la niñez en el personaje va asociada a cierto miedo (de ahí esa fobia a los niños, a los hijos de la hermana) hasta que se produce un punto de inflexión en el momento en que Romain decide tener un hijo con la pareja que lo ha propuesto, pero insistimos en que Romain sólo lo hará no como un favor a hacia los demás, sino como un acto más de su propio egoísmo (movido por el rechazo a la propuesta de realizar el amor por última vez con su ex-pareja) y para tranquilizar su conciencia.

Después de mostrar que el embarazo va adelante (escena en que reconoce al futuro niño legalmente) a Romain únicamente le queda dejarse llevar, morir, en la bella escena final de la playa donde el director posa su mirada en ese personaje tumbado en la arena mientras el resto de personas va abandonando el cuadro y el ocaso va apagando la luz hasta el fundido en negro final. Ya hemos hablado con anterioridad que esta escena de la playa, relacionada con el principio del filme, le confiere una estructura circular en el cual Romain vuelve al principio, al origen, y quizá logra así el único momento de tranquilidad, de paz.