EL CASTILLO AMBULANTE (3)

  12 Diciembre 2006

Título original: Hauru no ugoku shiro
País, Año: Japón, 2004
Dirección: Hayao Miyazaki
Guión: Hayao Miyazaki
Producción: Dentsu Inc. , Toho, Studio Ghibli, Tokuma Shoten, Buena Vista Home Entertaiment, Mitshubishi
Fotografía: Okui Atsushi
Música: Joe Hisaishi
Montaje: Takeshi Seyama
Duración: 119 minutos

Introducción a Miyazaki… empezando por el final
Escribe Jordi Codó

Uno se pregunta si la considerable cantidad de premios y nominaciones que está recibiendo esta nueva película de Hayao Miyazaki (donde se cuenta la candidatura al Oscar, que al final –y sorprendentemente– se llevó Wallace & Gromit), no se deberá en parte al aún resonador éxito de la anterior obra del director japonés, El viaje de Chihiro. Que no se infiera de mis palabras que no la considero merecedora de estos reconocimientos (si bien creo que no es lo mejor que ha hecho Miyazaki). Pero me parece curioso que en Occidente hayamos estado ignorando –fuera de los festivales especializados­– toda la obra del director anterior a Chihiro, y ahora nos dediquemos a galardonar una obra que parece un compendio de todo lo que su autor ha dado de sí a lo largo de su carrera. Las explicaciones deberemos buscarlas, supongo, en la clásica ceguera, más o menos intencionada, que nuestro mundo del cine (industria, crítica) ha tenido históricamente por todo aquello exótico. De modo que quizás, siendo buenos, debamos entender este cambio de actitud como un bienintencionado propósito de compensar tanto ostracismo [1]. Alguna otra película como la curiosa (precisamente por eso) Porco Rosso había llegado a los oídos de un público más mayoritario. Pero debería hacerse una tesis doctoral sobre los motivos que llevan a que una película como Mi vecino Totoro, no consiga entre nosotros una popularidad tanto o más grande que la de las películas de Disney. Pero dejemos de lamentarnos y vayamos al tema.

Sophie, la protagonista de El castillo ambulante, es hechizada por una bruja que la convierte en una anciana. Para no ser vista en este estado decide huir de su casa, y encuentra refugio en el castillo andante del mago Howl, un apuesto joven que resulta ser también víctima de un encantamiento. En el castillo, Sophie conoce a Calcifer, el fuego que proporciona energía al castillo, y que se encuentra allí por fuerza a causa de un contrato con Howl. Calcifer pedirá a Sophie que le ayude a romper el contrato a cambio de que él la ayude con su problema.

Como digo, se reúnen en una misma historia elementos que separadamente se han podido ver en previas realizaciones de Miyazaki, tanto para cine como para televisión. Así, el emplazamiento de los personajes en un pueblecito de alta montaña de aspecto centroeuropeo nos remite inevitablemente a Heidi; el conflicto bélico, y las extrañas máquinas que participan, las podíamos ver en largometrajes como Nausicaä o en la historia posnuclear de la serie de televisión Mirai Shonen Conan; los “hombres-sombra” ya aparecían en Chihiro, de la que también toma una narración basada en la sucesión de momentos de gran fantasía –sensacionalmente filmados­–, como si de un paseo por el “país de las maravillas” se tratara.

Como pocas veces, eso sí, Miyazaki invoca a la intuición del espectador más que a su razonamiento. Los hechos narrados, gracias a la maravillosa fuerza de sus imágenes, resultan muy sugerentes, hasta tal punto que se llega a dificultar la comprensión de los sucesos, lastrando el resultado final. Seguro del afianzamiento de su imaginería entre los espectadores, el autor ha construido como base de la película poco más que un catálogo de highlights que sirvan de envoltorio a ese discurso más etéreo, por espiritual, que parece ser el centro de su atención.

Pero, paradójicamente, al final la sensación provocada no es de familiaridad sino de extrañeza. El problema es que se frustran muchas de las expectativas creadas al inicio, y algunos de los elementos expuestos, como por ejemplo la guerra, son descaradamente relegados a un plano circunstancial (vamos, que están ahí para hacer bonito).

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[1] Por supuesto, insisto, estoy hablando de Occidente, porque en su país hace muchos años que Miyazaki goza de gran consideración y, entre muchos otros premios, dos de sus películas han llegado a ser consideradas las mejores del año por la Academia Japonesa (habría que ver cuantas academias son capaces de premiar de este modo a un filme de dibujos animados, pero esto ya es otra historia).