C.R.A.Z.Y (3)

  12 Diciembre 2006

Título original: C.R.A.Z.Y.
País, Año: Canadá, 2005
Dirección: Jean-Marc Vallée
Intérpretes: Michel Côté, Marc-André Grondin, Danielle Proulx, Émile Vallée, Maxime Tramblay, Pierre-Luc Brillant, Alex Gravel, Félix-Antoine Despatie
Guión: Jean-Marc Vallée, François Boulay
Producción: Cirrus Communications, Crazy Films
Fotografía: Pierre Mignot
Música: David Bowie
Montaje: Paul Jutras
Duración: 127 minutos

Eran cinco hermanos
Escribe Adolfo Bellido

El curioso título de la película tiene al menos tres significados: una canción de Patty Cline que suena en varios momentos del filme; la traducción nos hablaría de una locura de difícil diagnóstico; así como las iniciales de los nombres de los cinco hermanos (Chistian, Raymond, Alex, Zacharias, Yvan) que junto a sus padres protagonizan la historia que se nos presenta.

Desarrollada entre los sesenta y los noventa, asistimos a los diferentes cambios de la sociedad en ese periodo de tiempo. Todo comienza con el nacimiento de Zacharias en la Navidad de los sesenta. Su venida al mundo parece dotarle de una serie de determinados poderes: nace el mismo día que se celebra el de Jesús, nace como un “milagro” al estar a punto de morir, y su pelo tiene un extraño mechón al que se le atribuyen curiosos y fantasiosos poderes. Será este personaje el narrador del filme, el que nos introduce en la historia sencilla, “familiar” en el total sentido de la palabra, que vamos a contemplar.

Si Zacharias es el narrador es porque desde él asistimos a una historia de luchas y de fracasos, de búsquedas personales por integrarse en la sociedad o por luchar por unas determinadas identidades sexuales. Años de amores, de relaciones que acaban como empezaron, de droga en el marco de unos padres católicos que parecen ignorar todo lo que les pasa a los hijos y que, sobre todo el padre, está dispuesto a imponer su forma de pensar sin importa por nada lo que le dicen los demás. Son estos personajes, los padres, y Zacharias los que dominan la película. En menor escala será Raymond otro elemento clave de la narración. El resto de los hermanos queda reducido a unos simple trazos.

Personalmente hay uno de todos los personajes presentes en el filme que resulta admirable y es el de la madre. Sufridora, siempre luchando por sus hijos, haciendo de equilibrante en las forzadas relaciones que a veces suelen los hijos tener con los padres. Interesante ese lazo más allá del simple contacto que la mantiene unida a los hijos como ocurre en la secuencia que sufre Zacharias en el campamento o en el dramático viaje (que recuerda a algunas imágenes de El cielo protector) del mismo personaje por el desierto. La comunicación a distancia madre-hijo da lugar a una secuencias magníficamente construidas donde el paralelismo de las acciones de ambos alejadas en el espacio pero unidas en el tiempo producen ese sentido de una “madre” capaz de sentir el mal que van a sufrir sus hijos. Otra especie de toque o poder mágico como el que se dice dispone nuestro protagonista. Excelente es también la forma de introducirnos en la muerte de Raymond. Al mismo tiempo Zacharias y la madre se despiertan sobresaltados. Suena un teléfono. La madre lo coge. Le dan la fatal noticia. Mientras en primer plano sonriente está el padre, absorto del mundo por los cascos que le permiten aislarse del mundo exterior para escuchar el disco de Patty Clyne que Zacharias rompió cuando era pequeño y que ha encontrado en su viaje iniciático a Jerusalén. Se lo ha comprado a su padre, al que siempre como dice admiró por encima de sus actuaciones. Un disco que posteriormente romperá en un descuido el hijo pequeño como cerrando un círculo o dejando claro que las cosas no vuelven nunca a ser lo que fueron. Los hechos se repiten sucesivamente. Esta tercera secuencia me llevó a recordar una idea estupenda que había en una película mediocre, creo que de Guy Green, de los años sesenta: el protagonista habla con un personaje de espaldas a un televisión sin sonido y donde se está mostrando el accidente de un avión en el viajaba, creo recordar, la esposa del protagonista.

Película divertida a ratos, trágica en otros, nos muestra que en todas partes se repiten los mismos esquemas, los mismos sueños. Tal o cual personaje puede formar parte de un mundo distante y ser a su vez un ser muy cercano a nosotros. Esta sociedad canadiense nos resulta reconocible en todo instante. Su mejor logro es la sencillez con la que aborda los hechos más característicos de unas vidas: nacimientos, amores, muertes, bodas, vidas rotas, personajes en busca de una determinada identidad. No es raro que de forma repetida se haga alusión a la Navidad, bien en cuanto a su celebración en la Iglesia o a las reuniones de toda la familia con el lógico intercambio de regalos. La amargura que supone tanto el encontrarse en una misa larga y aburrida para unos niños o el regalo que nunca es el que se espera, se palía con la imaginación: los ensueños de Zacharias “comprobando” cómo el sacerdote invita a cortar la Misa y a que todos los asistentes se vayan a sus casas a recibir los regalos, o aquel otro momento, en el mismo tiempo y lugar, en que piensa que todos cantan una canción moderna mientras él, como “actual” sucesor –o hermano– de Jesús se ve transportado a lo alto.

Mínimos detalles van sirviendo para definir a los personajes. Son unas miradas, un silencio, un determinado movimiento el que nos dice todo de ese o aquel. Momentos donde la emoción o la tensión va orquestándose de manera perfecta. Es por ejemplo la despedida (final) entre Zacharias y su padre, donde la frialdad del comienzo da paso a un abrazo en el que la emoción es imposible de contenerse.

El director, autor de siete películas de las cuales creemos que ninguna es conocida por acá (a pesar que IMDB asegura que una se ha estrenado), filma su película con ese aire característico del buen cine canadiense, donde además se mezcla el símbolo con lo real. He ahí ese viaje, ya citado, a Jerusalem donde el “ateo” Zacharias trata de encontrarse a sí mismo, la razón de su existencia.

Varias secuencias se adaptan a una canción, o a un determinado tipo de música. El montaje no siempre logra ser efectivo aunque la idea lo sea. Por ejemplo, el altercado en la casa entre Raymond y Zacharias en un determinado momento que debería ser venturoso, y que se transforma en una tragedia. La música empleada es operística. La brillante idea se desvirtúa por el afán que el director posee de ralentizar frecuentemente las imágenes. Un efecto no siempre positivo.

Demasiado larga, quizás, encuentra sus peores momentos en la parte final, que aúna el viaje de dos de los hermanos: Zacharias y Raymond. El primero hacia su liberación, al encontrarse consigo mismo; el segundo, por la droga, alcanzará su muerte al no saber exactamente cuál es su destino. Si la película parece concluida en la bonita secuencia en que el padre echa a Zacharias de la boda de uno de sus hermanos, realmente necesitaba otro acabado, como el que abre y cierra el relato: todo gira en un círculo sin fin. De todas formas en el “doble” final (visita de Zacharias a su novia, sus palabras finales) no se aclara en demasía la opción sexual que toma el propio protagonista, cuya negativa a reconocer su lado homosexual ha conducido su existencia a una especie de infierno. Lógicamente es muy fuerte tener que enfrentarse a una sociedad cerrada y remilgada como la que aquí se presenta. Lo que probablemente habría que haber “limado” son otros momentos, sobre todo del centro, que no aportan nada a la película, más bien repiten lo ya dicho presentando situaciones idénticas o parecidas.

Excelente selección musical, unos buenos intérpretes (el personaje “super” de la madre, por ejemplo), y una cuidada recreación de las distintas épocas que muestra el filme, sirven de aliciente a la observación entrañable, sencilla y reconocible de la historia de una familia que es de allá, pero que también podría ser de acá.