CATHERINA VA A LA CIUDAD (3)

  12 Diciembre 2006

Título original: Caterina va in città
País, Año: Italia, 2003
Dirección: Paolo Virzì
Intérpretes: Alice Teghil, Margherita Buy, Antonio Carnevale, Silvio Vannucci, Federica Sbrenna, Carolina Iaquaniello, Sergio Castellitto
Guión: Paolo Virzì, Francesco Bruni
Producción: Cattleya y Rai Cinema
Fotografía: Arnaldo Catinari
Música: Carlo Virzì
Montaje: Cecilia Zanuso
Duración: 90 minutos

Tras las huellas de Fellini
Escribe Mister Arkadin

Por si no quedara claro a lo largo del metraje, uno de los personajes en un juego en el que hay que adivinar el título de un filme propone La dolce vita. Una ingenuidad como otras en las que cae este interesante filme, a ratos fallido, por momentos inteligente, tópico en la definición de varios de los personajes, excelente en determinadas situaciones.

La historia es sencilla: trata de oponer la ciudad de Roma a la que se trasladan Catherina –una niña de 13 años– y su familia, con el ambiente relajado del pueblo casi perdido en el que todo es tranquilidad, donde todos se conocen. La película, que podía ser casi su totalidad el retrato de Catherine, se ve salpicada de pequeñas escenas sobre algunos de los personajes que inciden sobre esa niña que va convirtiéndose en adulta.

La inocencia con la que llega a la ciudad, su timidez, va dando paso a una especie de proceso duro de maduración, en un mundo donde las cosas no son tan sencillas, ni tan bonitas como se creía. Una historia de fiestas y de clases, de gritos y de risas, de lloros y de amores desgraciados o perdidos en el que se trata ante todo de mirar a un mundo desorientado en el que nadie sabe dónde está o en qué estamento ideológico o político se mueve.

El padre de Catherina, trazado de manera un tanto grotesca, representa –junto a su mujer y Catherina– al ser vulgar, que trata de luchar por unos derechos que constantemente son pisoteados por las alturas. Ingenuo y absorbente, Giancarlo, es el clásico italiano vocinero, imbuido de una razón que nunca lo es, de un sentido proteccionista a su manera de la familia. Cree que la vida está en otro lugar, siempre lo cree así. Incapaz de enfrentarse con la verdad de su fracaso, va viendo cómo de su entorno se van escapando su trabajo y los seres que viven a su alrededor. Idealista a su manera, sin saber muy bien en lo que cree, confía en los poderosos, en la necesidad de unir a su hija a ellos para que pueda triunfar en la vida. Es un ser incapaz de darse cuenta, hasta el encuentro con la verdad final de su propio fracaso, incluso de su carácter totalmente machista. Excelente la secuencia de la llegada a Roma donde es saludado (actúa de la misma forma que él) por un antiguo compañero: un pobre hombre, dice, que siempre ha vivido con su madre.

La mujer, ser sufriente, siempre bajo la obediencia del marido, incapaz de oponerse, tratada de inútil por el marido, encerrada en el hogar. Hay un momento excelente en el que se plantea su “rebeldía” momentánea cuando, durante la comida familiar, tira los platos al suelo. Con un detalle magnifico como colofón. Duda si tirar también donde está la comida, para arrepentirse. Otro personaje perdedor, aunque al final quede en vida, ante un nuevo amor, una cierta alegría, una cierta esperanza.

Y en medio de ambos la hija, tratando de encontrar, o de buscar, su lugar en la vida. No reconoce el mundo que se le presenta, donde la política parece jugar, pero sólo jugar, un importante papel. Una imagen soberbia de su cara en primer plano, interrogativa sobre el nuevo mundo que se presenta, nos muestra su despedida del pueblo y su mirada hacia el futuro, hacia mañana, hacia delante: los seres humanos, se dice al final, son los únicos que miran siempre hacia delante. El pase a Roma es, ante todo, felliniano. Parece sacado de, por ejemplo, Roma. Las casas hacia fuera, viejas descorchadas, los gritos de la gente, el ajetreo de un mundo caótico es lo que encuentra Catherina al abrir la ventana de la casa: un mundo que nada tiene que ver con el que ha dejado atrás. El agitado ambiente, feo, nada agradable, es el que ha sustituido a la tranquilidad del pueblo. La soledad de la chiquilla se refleja muy bien en su viaje en el autobús. Su timidez en la escuela, el interés de lo demás por incluirla en su grupo da lugar a la presencia de lo que serían las izquierdas y las derechas, cuyos personajes poderosos terminan por tratarse amigablemente mientras se arroja a un lado al hombre de a pie.

Y he aquí, en la inclusión de estos ambientes, donde la película quizá aparece como demasiado tópica. La manera de vestir de unos y otros, sus reacciones. El oponer la forma de presentar a las chicas de la derecha, e incluso su carácter heterosexual a cómo se muestra a las izquierdas (¿radicales?): demasiado elemental. Entre uno y otro mundo se mueve esta Catherina que no entiende demasiado qué juego se traen con ella, cómo la manipulan o tratan de convertirla en alguien sin personalidad. Pero lo suyo, su salvación, está en esa música, en ese ingreso (bastante discutible) en la escuela de Santa Cecilia donde en el último plano del filme llena de felicidad canta las notas alegres de Don Pasquale. Las desilusiones de Catherina, la dificultad de formar parte de una clase social u otra dan pie a su obsesión por la música

Hay algunos personajes secundarios muy conseguidos, como el del chófer o el chico australiano, que es quien es capaz de ver todo lo que ocurre a través del cristal de su ventana. Él conoce mejor a la familia que la propia Catherina. Desde su casa ve lo que ocurre en las otras, son grandes o pequeños melodramas, tragedias casi propias de telenovelas, pero tan reales como la vida misma. Un espacio para mirar, ver, observar. Es como un contrapunto del propio director de cine que filma a distancia, que mira y trata desde su lugar privilegiado de reconocer todo lo que puede ocurrir. Algo que desconocen hasta los propios habitantes de la casa. La observación del melodrama de la vida o su representación en la ventana que es la pantalla.

Toda la parte destinada a la alta aristocracia es la más cercana a La dolce vita con sus fiestas, sus coches por las calles de la ciudad. En otras el recuerdo d Fellini camina por otros senderos, como puede ser incluso Amarcord, en esas comidas familiares o en esas familias de personajes estrambóticos.

Película repleta de citas, pero que quedan bien integradas en la trama central en la que Catherina va redactando su diario, en el que cuenta sus amores y sus frustraciones, sus pasos de la izquierda a la derecha, su descubrimiento de que en ciertos ambientes no debes ser tú sino lo que representas, como ocurre en ese iniciado encuentro con un primo de su amiga derechista y que concluye cuando es presentada (probablemente para dar el visto bueno) en un café a su madre, que se encuentra reunida con un grupo de amigos. El final de aquella corta conversación es muy significativo: la madre ignora a la chica provinciana y deriva la conversación a una de las personas con las que se encuentra. A continuación el chico se despide también de Catherina, una mujer que no es de su clase.

En la escena penúltima, Catherina y su madre vuelven al campo, a la playa. Al recuerdo de aquellos lugares que ya dejaron atrás. Antes hay una hermosa escena: el beso que Catherina da al chico australiano. Probablemente nunca más de volverán a ver (él con su familia vuelve a Australia) pero ella debe dejar claro que es el único chico del que le apetecía ser su chica. Y que mañana si se encuentran, en el tiovivo de la vida, podrá serlo.

Al final, cada personaje se enfrenta a su destino o a un futuro tan incierto como el presente, mientras el padre debe enfrentarse a una realidad que desconoce y desaparece para siempre (otro bello plano: una puerta, en la que no hay nadie, y golpea en su cierre: allí escondido ha descubierto que su mujer quiere a otra persona), después de haber conseguido su primer triunfo: hacer que la vieja moto que viene arreglando día a día funcione. Decide, pues, en su propia hecatombe desaparecer en busca... de ese algo, que a lo mejor está en algún lugar.

El convencimiento de la existencia de un fascismo escondido se muestra en la secuencia de la boda a la que Catherina es invitada por sus ricas compañeras. Allí se canta con el brazo extendido. Algo que quiere obviar o hacer olvidar el padre de la amiga: nada menos que un ministro de Berlusconi.

Película que muestra igualmente las relaciones rotas, sin relación alguna entre padres e hijos. Cada uno va a lo suyo. No hay comunicación posible.

Catherina va a la ciudad es un relato que pudo dar lugar a una gran película, pero que se queda a medias por ser, a veces, demasiado reiterativa, por forzar hasta la caricatura algunos personajes como el del padre de la protagonista. Llena de detalles, de pequeñas observaciones, comete el error de dejarse llevar por dividir tópicamente a los integrantes de las distintas opciones políticas. O a plantear una reflexión demasiado fácil entre la diferencia existente entre el campo y la ciudad. El final es una broma. Nuestra protagonista, siempre se ha sabido, no entrará nunca en el conservatorio en el que desea. Pero de vez en cuando alegran esas mentiras simples y hermosas: el triunfo de alguien de a pie, que ha conseguido llegar a cumplir su destino.

Hay otros errores en el filme, el más lamentable es el de esas secuencias fraccionadas en unas especie de flash-backs de planos cortos (como recuerdos) cuyo sentido es más que discutible. Otros pueden encontrar que ideológicamente estamos ante una historia poco comprometida o crítica. Todo es discutible. Pero, con todos sus fallos, este filme, sin dudarlo, es muy superior a otras obras italianas consideradas como maestras, caso de la pedante o ingenua –vete a saber– y larguísima La mejor juventud.

Es la primera película que nos llega, y con bastante retraso, ya que es de 2002, de Paolo Virzi, a pesar de ser su séptima u octava realización. Inundadas nuestras salas de cine americano se impide la entrada, aunque a veces logren colarse, a películas de otras cinematografías que probablemente tienen muchas cosas que decirnos, que contarnos. Acercarnos desde ellas mismas a la vida, mirarla de cerca y comprender a unos seres que deambulan por el mundo tratando de crecer o de entender algo de lo que pasa a su alrededor.

Interesante propuesta que debiera haberse convertido en magnífica, pero que nos acerca sin prisa, y con demasiadas pausas, a un determinado momento de un país occidental, como el nuestro, donde el mundo de los perdedores está integrado por numerosas personas. Y donde también hay personas que intentan volver a una ideología política que para siempre creíamos desaparecida.