SENTENCIA DE MUERTE (2)

  12 Diciembre 2006

Título original: Return to Sender (AKA Convicted)
País, Año: Dinamarca, Reino Unido, USA, 2004
Dirección: Bille August
Intérpretes: Connie Nielsen, Kelly Preston, Aidan Quinn, Mark Holton, Timothy Daly, Randy Colton, Darryl Cox
Guión: Neal Purvis, Robert Wade
Producción: R&C Produzioni
Fotografía: Dirl Brüel
Música: Harry Gergson-Williams
Montaje: John Scott
Duración: 103 minutos

Una realización eficaz
Escribe Purilia

Frank Nitzche, un ex abogado de mediana edad, se gana la vida publicando la correspondencia que mantiene con convictos que se encuentran en el corredor de la muerte, una vez son ejecutados. En la actualidad se cartea con una mujer, Charlotte Cory, condenada a muerte por el secuestro y asesinato de una niña, cuyo cuerpo nunca apareció. La confianza que la joven ha depositado en él y los deseos que muestra por conocerle le reclaman su atención y una implicación en el caso, inexistente hasta entonces con otros reos. La relación sentimental que se establece entre ellos y la sospecha por parte de Frank de la inocencia de Charlotte, le hacen emprender, ayudado por su abogada, una búsqueda contra reloj de algún indicio o detalle que la exculpen.

Lo mejor de la película es, sin duda, la realización. Bille August construye, a partir de un prototítipo thriller judicial, con historia de amor incluida, un sinuoso drama psicológico, que a pesar de su aparente convencionalismo lleva impresa su característica huella narrativa, su sello autoral. La originalidad radica en su personal forma de contar la historia, sin agobios visuales ni sonoros (que le alejan de los tópicos del género), sin precipitación aunque sin demora, cadenciosamente y manteniendo en todo momento el suspense. Una estudiada planificación, un tratamiento estético (encuadres, iluminación…) sin estridencias y un montaje invisible sacan a flote esta discreta coproducción.

El guión, aunque mediocre, parte de una excelente anécdota argumental (aquí desaprovechada) extraída de la realidad: la del individuo que se carteaba con condenados a muerte para luego vender sus misivas. Pero este tema, a priori tan interesante, es utilizado, únicamente, como pretexto para enmarcar la relación entre los personajes principales, sin entrar en disquisiciones más profundas. Una excesiva diversificación de temáticas, unos personajes pretendidamente intensos pero a medio construir, unas relaciones entre ellos abocetadas y mal resueltas, algunos agujeros muy evidentes (la cinta de vídeo que revela la relación entre Charlotte y el padre de la niña, por ejemplo) y su bifurcación genérica hacen de su pretenciosidad un verdadero embrollo.

Funciona la intriga a costa de descuidar a los personajes principales, que aunque bien planteados quedan flotando en favor de la trama: Frank Nitzche, antaño un respetado abogado suspendido por mala conducta y sumido en la actualidad en una vejatoria y denigrante forma de vida; Charlotte Cory, en el pasado una alocada e irresponsable jovencita incapaz de cuidar de si misma y de su hermana pequeña y ahora condenada a muerte por un crimen inverosímil; y Susan Keenan, una joven solitaria, sensible y laboriosa pero inexperta abogada que no sabe como llevar el asunto.

Frank y Charlotte arrastran un pasado oscuro que les ha conducido a compartir un presente en el que los dos se hacen pasar por lo que no son. Ese falso contexto no impide que se establezca, entre ellos, una relación de amistad primero y sentimental después que hará aflorar lo que realmente son. Conocerse y reencontrarse cada uno consigo mismo significará para ellos la redención mutua. Para Frank supondrá la rehabilitación profesional, el despertar del deseo y la pasión. Para Charlotte, su salvación física y emocional, la liberación de una asfixiante culpabilidad que la impelía a buscar la muerte como expiación.

La intensidad de la relación entre Frank y Charlotte es más intuida que explícita, aunque ese no sea mérito del guión ni de la interpretación sino, una vez más, de la realización. August compensa la falta de consistencia argumental creando unos campo-contracampo, intensos y muy cadenciosos con fondos neutros y oscuros sobre los que recorta los rostros de los protagonistas para acentuar la emoción e implicar al espectador en una relación que no resulta creíble. Las discretas e inexpresivas actuaciones de Aidan Quinn y Connie Nielsen (ganadora de la Concha de Plata a la mejor actriz en el Festival de San Sebastián por Brothers) tampoco ayudan.

En cambio, la estupenda interpretación de Kelly Preston, sobrepasa incluso la dimensión que su personaje le impone. Susan es un personaje que se anuncia importante al principio de la película, su sensibilidad, ternura y belleza así lo hacen presentir. Su presencia desorienta más que construye, parece insinuarse que será el otro vértice de un posible triángulo amoroso o que decantará la historia hacia algún lado; sin embargo, nuestras expectativas se frustran porque, a medida que avanza la trama, el personaje se estanca, queda desdibujado y solo parece servir para descubrir el pasado de Frank, ¿otra baza desaprovechada?

Un thriller salpicado de temáticas varias, sin ahondar en ninguna de ellas, entre las que destacan –además de la más evidente y que da título a la película en castellano, es decir, la pena de muerte–, una pretendida reflexión sobre el sentimiento de culpabilidad, el amor fraternal, la carencia de escrúpulos, la irresponsabilidad juvenil, la justicia…

Otros aspectos, como las masas fanáticas que piden venganza a la puerta de la cárcel, el desencanto del público cuando se suspende la ejecución, el policía, aprendiz de escritor, cuya afición inquietante a la casquería literaria no se sabe lo que deparará o el padre de la niña secuestrada, a medio camino entre padre afligido y chulo de discoteca… parecen tímidos apuntes críticos sobre una sociedad totalmente desquiciada.

Es esta una película en la que todo parece que podía haber sido… distinto. Agradecemos a Bille August que haya puesto un ritmo tan cadencioso a tan pretencioso acerbo porque de otro modo su digestión hubiera resultado agotadora.