OTROS DÍAS VENDRÁN (2)

  12 Diciembre 2006

Título original: Otros días vendrán
País, Año: España, 2005
Dirección: Eduard Cortés
Intérpretes: Cecilia Roth, Antonio Resines, Fernando Guillén, Nadia De Santiago, Nacho Aldeguer, Reyes Calzado, Alex Angulo
Guión: Piti Español, Eduard Cortés
Producción: TVC, Televisió de Catalunya (TV3), Enrique Cerezo PC, Didac Films
Fotografía: José Luis Alcaine
Música: Xavier Capellas
Montaje: Nacho Ruiz Capillas
Duración: 104 minutos

Superando el pasado
Escribe Adolfo Bellido

Eduard Cortés, como realizador de bastantes episodios televisivos, conoce bastante bien el oficio cinematográfico. No es un principiante. Realmente aunque no hubiera trabajado para la televisión tampoco lo sería ya que antes de este largometraje realizó uno tan interesante como La vida de nadie. Ahí ya mostraba su corrección formal, su manera de componer imágenes y de tratar de trascender su historia más allá del tópico o de la vulgaridad. Un realizador que comenzó su carrera cinematográfica de forma bastante silenciosa, ante una crítica que dijo que sí, que no estaba mal, pero no fue más allá quizá porque el realizador no pertenecía a esos grupos de amigos que vocean sus cánticos de sirenas sobre todo para quedar bien con aquellas personas que, en el mañana, les pueden ser de utilidad. Ocurre bastante en nuestro cine, este absurdo enaltecimiento de películas vulgares de principiantes o casi, en virtud de quien la firma o del productor, mientras se olvida que existen directores más preparados y que cuentan, si no en su totalidad si al menos parcialmente, historias con personajes que suenan a algo cercano, a pesar de los giros maléficos de sus guiones. Así le va a nuestro cine.

La vida de nadie era una historia curiosa que dio lugar al menos a tres filmes con ligeras variantes en su desarrollo pero la historia era idéntica: el hombre que tiene que hacer creer a todos que mantiene un buen puesto de trabajo cuando en realidad ha sido despedido de la empresa en que trabaja. Historia de un personaje al límite y que se dispone a jugar un peligroso envite con el mundo cercano. Algo de esto hay también en este segundo filme de Cortés. Una historia sobre alguien que es no como parece, que se introduce en mundos desconocidos para superar su vulgar vida y que, por ello, entra a formar parte de un peligroso juego. Se trata de una profesora aburrida de su trabajo, cansada de su vida vulgar y que busca emociones fuertes bien en la noche de cualquier bar o chateando con desconocidos en busca de una realidad muy alejada de la suya. En forma, personalidad y lenguaje. La refinada profesora en el chat busca sueños forjados en un erotismo reprimido en el que emplea un lenguaje soez, vulgar, a mil millas de cómo explica su clase de literatura. En su intercambio de palabras con el desconocido del ordenador escribe y recibe pornografía pura en su juego de preguntas y respuestas, creyendo así vivir real y sinceramente una relación muy distinta a la soledad diaria en su casa con su hija o de los esporádicos y frustrantes encuentros con cualquier hombre en un bar.

La primera media hora de la película, centrada casi exclusivamente en la profesora, es casi excelente. Y Cecilia Roth aparece como un personaje verosímil. Su búsqueda constante de placer, el insomnio, las pastillas para dormir, la monotonía y el cansancio en las clases. ¿Es posible que lo soñado se convierta en realidad? ¿Cómo serán esos personajes que tienen ganas de vivir intensamente el placer del amor? La respuesta estará en la segunda parte de la película. Y ahí las cosas comienzan a complicarse. Antes se nos ha introducido en una historia marginal, cuya presencia en principio parece carecer de importancia, pero que luego resultará en la parte final decisiva: la presencia de la hija de la protagonista y la de su amiga (otro ser tocado por la tragedia).

El encuentro, que poco a poco se va demorando, entre la pareja de internautas va a desembocar en un hecho sorprendente: él es un joven de la misma edad que pueden tener algunos de los alumnos de ella. La maestra accede, después de una lucha interior, a consumar su sueño erótico pero con la condición de quedar reducido a un único encuentro. Con lo que ella no cuenta es que su solitario y enamorado joven quiere seguir manteniendo la relación. Y cuando ella ve la imposibilidad de seguir adelante y contarla el joven se suicida. Con esta muerte la película da paso al padre del chico, un viudo que lleva a cuestas un terrible complejo de culpabilidad: se considera responsable de la muerte de su mujer. La entrada de este personaje, muy bien interpretado por Antonio Resines, es lo más forzado de la película. Más que por su introducción, por la forma en que tiene lugar el encuentro con la hija de la profesora a la salida del hospital. El guión acaba de rizar el rizo. Es difícil admitir tal casualidad o juego del destino, al producirse de sopetón, sin preparación alguna. Pero una vez aceptado en la trampa todo vuelve a mantenerse con el mismo aire contenido anterior, aunque se vea venir lo que sigue a continuación: el encuentro entre Resines y Cecilia Roth (sin saber quien es uno y quien es otro, y que sus vidas por tanto están relacionadas). Y poco a poco los dos se van enamorando.

Al tiempo que la historia de amor progresa y se acerca a un final feliz, el padre inicia la búsqueda de la razón de la muerte de su hijo. A través de la hija de la profesora puede entrar en el ordenador del hijo y acceder a la verdad que desconocía.

Queda el final. ¿Qué pasará ahora? Rodado con un cierto tono de suspense vemos cómo la profesora llega a la casa de su nuevo amor. Sube las escaleras y se enfrenta a una puerta, aquella que era la de su joven amante. Antes hemos visto que está llena de fotos suyas, de su ropa, de sus objetos queridos. Pero el final deja las cosas claras. La película parece llevar al asesinato o a una brutal confrontación entre los personajes. Pero no hay tal. Y de ahí el verdadero y hermoso mensaje final (con interrogante) del filme: la habitación está vacía, Resines ha decidido quedarse con ese secreto para poder hacer frente a un futuro que, como la habitación, hay que llenar. El pasado queda atrás. Hay dos personajes que llevan muy dentro, ¿en su conciencia?, la muerte de un ser querido: en cierta medida ellos se consideran los responsables. Y ambos, con todas las dudas posibles, decidirán dejar atrás esas muertes, dejar culpabilidades inútiles a un lado, para empezar una nueva vida, que hay que ir llenando. De ahí esa hermosa desnudez de la estancia abierta. Pero en ese final semiabierto queda una duda: ¿se podrá guardar el secreto siempre en el inmediato futuro? No se puede olvidar que sólo él conoce quién es el chico que murió por culpa de ella. ¿Podrá el amor entre ellos vencer el recuerdo del hijo? ¿O será ese amor de Resines el que desde la muerte prosiga el amor que no pudo tener su hijo más que fugazmente?

Película que puede despistar, que a muchos puede parecer absurda en algunos aspectos, pero que sin duda, en su forma de estar contada, y en su cuidada realización, la hacen muy superior a muchas de las películas españolas realizadas el pasado año. Para sí querrían muchos de nuestros directores jóvenes excesivamente valoradas saber rodar y montar con la elegancia con la que Cortés lo hace. O preparar elipsis tan certeras como las que propone un director cuya obra posterior habrá que seguir esperanzadamente.