EL LABERINTO DEL FAUNO (2)

  12 Diciembre 2006

Título original: El laberinto del fauno
País, Año: España / México / EE.UU., 2006
Dirección: Guillermo del Toro
Intérpretes: Sergi López, Maribel Verdú, Ivana Baquero, Doug Jones, Álex Angulo, Ariadna Gil, Roger Casamajor, César Bea, Manuel Solo, Federico Luppi, Sebastián Haro, Mina Lira, Iván Massagué, Chema Ruiz, Milo Taboada
Guión: Guillermo del Toro
Producción: Estudios Picasso, Telecinco, Tequila Gang, Esperanto Filmoj, OMM, Sententia Entertainment, Warner Bros
Fotografía: Guillermo Navarro
Música: Javier Navarrete
Montaje: Bernat Vilaplana
Duración: 112 minutos

Lo fantástico y lo real
Escribe Adolfo Bellido

Parece ser que Guillermo del Toro pretende realizar una trilogía sobre la España fascista. Si es así, ésta sería la película central, iniciándose la serie con El espinazo del diablo. Y aunque más lograda que ella, este laberinto posee muchos de sus problemas y dificultades.

Guillermo del Toro posee, y eso nadie lo pone en duda, un universo visual de especial riqueza, otra cosa es cuando que el revestimiento, o apariencia, de sus filmes corra parejo a unas tesis profundas. Como mucho, en la mayoría de los casos, se quedan simplemente en el apunte de algo que se adivina importante. Por ello, probablemente, y sin olvidar su simplista mensaje, Mimic sea quizá su película más lograda o al menos la que menos altibajos presenta.

El que en este caso (y en cierta forma en El espinazo del diablo) intente introducir mundos fantásticos como única forma de vida de unos personajes condenados a vivir una situación terrible, no hace ni mucho menos que la película, como alguien ha dicho, tenga concordancia con la excelente El espíritu de la colmena. El lúcido discurso de Erice sobre el terror nada tiene que ver con el que aquí se nos propone, aunque ambos títulos rememoren épocas cercanas al final de la guerra civil española, y en ambas existan niñas, represores y oprimidos. Erice unía de manera total el relato fantástico con la realidad vivida, algo que aquí no existe, y además, resulta demasiado evidente su simbolismo.

El relato es en general simple, aunque se plantea de forma compleja en su entendimiento: narra la huida de unos seres perseguidos a través de un mundo de leyenda, de los cuentos de hadas donde existen seres de una pieza, buenos y malvados, princesas y ogros, al igual que en el mundo real. No hay duplicidad en ningún personaje real, sujeto a los mismos estereotipos de los cuentos fantásticos. Incluso el ogro perseguidor equivale a ese capitán terriblemente maligno, símbolo del fascismo represor que presentó el régimen franquista. Los personajes malvados, caricaturizados al máximo, representantes del poder (ejército, alcalde, esposa, curas...) no se muestran como “reales”, sino como expresión de lo que representa el mal, al igual que ocurre con los maquis o el doctor por lo que respecta al otro bando: el de los buenos o héroes.

Aunque al parecer esa era la idea del director, un simbolismo tan plano, tan elemental, no permite en ningún momento que tales seres puedan ser una representación universal del fascismo. Como máximo, de cierto fascismo... y con todas las reservas posibles.

Estamos ante una película demasiado simple para lo que promete. Una simplicidad que también se apodera de ciertos elementos del guión difícilmente aceptbles como, por ejemplo, que los maquis abran la puerta que guarda los alimentos sin forzarla (lo cuál condena lógicamente al personaje de Mercedes como única responsable) o que el capitán “malo” sea incapaz de relacionar la primera ampolla de antibióticos en poder de los maquis con su médico.

Ingenuas trampas, como lo es también la interpretación exagerada de la mayor parte de los personajes, sin duda intentando encontrarse acorde con el esquematismo propio de cómic que representan. Un ejemplo de lo dicho sería el de casi todos los militares, con Sergi López a la cabeza. De todas formas, tal idea se ajusta poco a la interpretación (errónea) de algunos otros intérpretes, como es el caso de la escasamente convincente Ariadna Gil.

La película narra la introducción de una niña en un mundo de cuentos de hadas. La necesidad de poder huir o sobrevivir en un ambiente de muerte y odio, donde además se quiere dar la vuelta a la verdad de las cosas. Por ejemplo –y aquí entraríamos ya dentro de lo simbólico–: Ofelia, la niña, no es hija del capitán. Su padre ha sido un sastre (se presume que ha muerto en la guerra). Su madre se ha casado con el capitán y ambas marchan hacia el lugar donde éste se encuentra luchando contra los últimos focos de resistencia franquista, los maquis. La madre, además –otro símbolo–, esta embarazada. No hay duda, para el capitán, que quien nazca (al que debe salvar por encima de todo) será un niño. Hay que salvarle por encima de todo, aunque muera la madre (que morirá), porque el niño representa el futuro que se está tratando de gestar en la España de Franco.

El laberinto del fauno intenta, sin demasiada fortuna, unir la historia fantástica de Ofelia en busca de las clásicas tres pruebas que deben ser superadas y la de Mercedes, la ama de llaves del improvisado cuartel, y que en realidad colabora con los maquis, siendo su hermano uno de los cabecillas del movimiento. Se montan en paralelo las ensoñaciones y aventuras de Ofelia en su mundo fantástico, con las vivencias de Mercedes en el mundo real. Las tres pruebas que debe pasar la niña se corresponden con las acciones que ejecuta el personaje de Mercedes. La transición de unas acciones a otras se produce por barridos o encadenados sobre árboles u otros objetos.

Ofelia deberá matar al sapo para “que un árbol casi eterno vuelva a crecer”, ocultarse del monstruo que le ofrece tentadoramente una mesa llena de ricas viandas para tomar una daga y sacrificar a un ser inocente para poder ella convertirse en un ser poderoso. Su renuncia a este último punto confiere la salvación del futuro y también la suya, ya que se demuestra que esta prueba era una trampa. El símbolo de este último no sacrificio es claro: el futuro (el bebé) debe ser salvado, aunque sea entregado por el capitán del ejercito a los caquis, que lo aceptan advirtiéndole que nunca sabrá nada de su existencia. El padre, o uno de los padres generadores del nuevo estado, concede la alternativa a los grupos perseguidos que serán quienes protejan el tiempo futuro. Ni siquiera quedará el recuerdo de ese reloj que se paró cuando él murió (como la historia del padre del capitán y que él niega).

Ficción y realidad intentan unirse en el relato sin conseguirlo, hasta el punto que por momentos parece que nos encontramos ante dos historias totalmente diferentes. Ni siquiera lo irreal se une a lo real como ocurriera en Sleepy Hollow de Tim Burton. Y cito este filme simplemente por ver cómo no todo aquél que procede del mundo del tebeo tiene que llegar a proponer, en sus películas, unas propuestas idénticas a las que utilizó en otro medio; de lo que se trata es de algo muy diferente: quedarse con uno de ambos ambientes e impregnar el otro del primero. Sin duda, insisto, este es el problema de esta película que por otra parte es entretenida y bella... pero que se queda sin profundizar en el tema que desea tratar.

No está nada mal querer equiparar a los ogros con el fascismo devorador, pero no basta con quererlo hay que mostrarlo, o tratarlo de una forma más rica, menos facilona. Aquí todo tiene ese carácter simple y, en sus excesos, un cierto tono que raya en lo risible como es el recibimiento final de la princesa en el trono de sus padres. O la ingenua escena en que los maquis rodean a Mercedes, que tiene al niño en los brazos.

Queda la riqueza visual de muchos momentos, la presencia del dolor y del terror de una época llena de oscuridad, y ciertos atisbos de lo que representó la represión y la brutalidad de los vencedores de aquella guerra nuestra que algunos han querido negar incluso que existió. Y también la oscuridad que preside toda la película y que refleja la propia realidad del momento donde el miedo forma parte de lo cotidiano.

En esta película, visualmente tan cuidada, sorprenden algunas cosas, como por ejemplo el comienzo con ese escudo que parece recién pintado en la puerta del coche o los nuevos e impecables trajes que ostentan los militares. Y algunas chirriantes o exageradas interpretaciones, aunque en algún caso esté en función de la idea que se quiere transmitir.

Más lograda, en definitiva, que El espinazo del diablo, pero un espectáculo que funciona más como tal que como una película de tesis o profunda.