EL HOMBRE DEL TIEMPO (2)

  12 Diciembre 2006

Título original: The weather man
País, Año: EE.UU, 2005
Dirección: Gore Verbinski
Intérpretes: Nicolas Cage, Michael Caine, Hope Davis, Gemmenne de la Peña, Nicholas Hoult, Gil Bellows, Michael Rispoli, Judith McConnell
Guión: Steven Conrad
Producción: Escape Artists, Paramount Pictures
Fotografía: Phedon Papamichael
Música: Hans Zimmer
Montaje: Craig Wood

Deriva existencial
Escribe Daniela T. Montoya

Empieza a ser habitual toparse en las carteleras con alguna película estadounidense (obviamente independiente) de carácter existencial en la que el protagonista, un sujeto que suele habitar en el pesimismo, se enfrenta a un momento de crisis personal e intenta encontrar el equilibrio con más o menos sentido de humor y raciocinio.

Desde la ácida ironía que desprendía American Splendor (2003) para contarnos la historia real de cómo Harvey Pekar (Paul Giamatti) supo sacarle el jugo a su ofuscación dibujando tiras cómicas, hasta las dudas que asaltan al joven Justin (Lou Taylor Pucci) de Thumsucker (2005) cuando ha de elegir el camino para llegar a ser lo que aún no sabe que quiere ser, pasando también por la edulcorada Entre copas (2004), la estética de irrealidad que imbuye Miranda July al pequeño colectivo de Tú y yo y todos los demás (2005), la provocación estilística de Sam Mendes en Jarhead (2005), o la tormenta vital en la que se pierde El hombre del tiempo (2005), descubriremos cómo en las carteleras últimamente tienen cabida títulos que difícilmente podemos ubicar ni en el ámbito de cine de género ni en el de aventuras y entretenimiento. Al margen de la variedad de estilos narrativos, todas estas películas mencionadas (y otras más que nos habremos dejado en el tintero [1]) tienen en común perfilar antihéroes cuyo estado anímico fluctúa entre la confusión y la infelicidad, entre el desencanto y la frustración, y todo ello a pesar de estar bien acomodados en la sociedad del bienestar. Sujetos desorientados, incapaces de hallar el justo valor de las cosas, van dando tumbos en busca de un asidero que dote de sentido su existencia.

En el caso que nos toca, Nicolas Cage se plantea un nuevo reto interpretativo y carga sobre sus espaldas el sustento fundamental de El hombre del tiempo, dirigida por un especialista del cine de entretenimiento Gore Verbinski (el encargado de hacer la trilogía de Piratas del Caribe). Interpretando el personaje de David Spritz, un meteorólogo de televisión que se encuentra en plena crisis vital, Cage se explaya plantando cara de constante embobado, alguien a quien todo el que pasa a su lado quiere lanzarle algo pringoso a la cara. Y no es para menos ante la falta de reacción de un tipo que permanece en un constante estado de estupefacción ante lo que le rodea, que es incapaz de predecir el tiempo (él tan sólo se limita a pregonar con una sonrisa lo que un experto en la materia ha analizado), a quien su padre y su ex mujer ningunean por su obvia torpeza (o inoportunidad, según se mire), y el cuál ni sabe cómo dirigirse a sus propios hijos. Si bien, a pesar de todos estos inconvenientes, David Spritz podría ser muy feliz sobrellevando su vida de exitoso meteorólogo en la cadena de televisión más destacada de Chicago, el problema que le impide levantar cabeza parece radicar en su obsesión por dirigir su propia existencia y la de los que tiene a su alrededor cuando, en realidad, los contratiempos le sobrepasan hasta el punto de estrellar cada uno de sus proyectos. Divorcios, abandonos, caídas, insultos, abusos en ciernes, enfermedad, muerte. Todo lo que le rodea adquiere un aire desproporcionadamente absurdo hasta el punto de abocarle en el sumo desaliento vital.

Para la narración de esta crisis existencial en primera persona Verbinski se vale de un hilo discursivo abrupto que incide más en la búsqueda de paradojas ocurrentes que no en la reflexión sobre las causas de tal desazón y las posibles soluciones. Sin proponerse hurgar demasiado en la ofuscación, la frustración o las pequeñas alegrías cotidianas que repercuten en el estado anímico de los personajes, principalmente el protagonista, Verbinski opta por dejar pasar el rato permitiendo que Spritz decaiga constantemente en sus ridículas observaciones (por ejemplo, explicarnos por qué maquillaron su apellido para resultar más “refrescante”, el apodo de connotaciones sexuales que le han puesto a su hija en el colegio, o la variedad de productos que le lanzan) mientras el mundo gira a su alrededor sin detenerse.

Convertido Cage-Spritz en el omnipresente (¿egocéntrico?) narrador, los devaneos pseudo-reflexivos que se van sucediendo cobran la forma de un breve paréntesis en el que, a modo de explicación simplificada, abrevian a la vez que exageran las proporciones de los diversos problemillas. Si bien mediante estas hilarantes rupturas en la línea narrativa Verbinski trata de insuflar algo de comicidad para evitar que el espectador se derrumbe con tanto pesimismo, la reiteración en la irrelevancia y la obcecación con que el protagonista ansía el reconocimiento público conducen al obvio distanciamiento respecto a lo que se está visionando. Más aún cuando, pretendiendo captar la simpatía hacia un sujeto hundido por su propio fracaso, finalmente resulta que él mismo, por sus propios medios, es capaz de sobreponerse a su decaimiento existencial con tan sólo firmar el contrato millonario con una cadena de televisión estatal que le permite enorgullecerse de su mejora en el estatus social, a la vez que le da fuerzas para salir de la alargada sombra de su padre triunfador (soberbio Michael Caine) y creerse capaz de imponer el orden a base de mamporros.

El hombre del tiempo es una película que, salvo cierta hilaridad facilona, logra concatenar con buen ritmo, y sin caer en el melodrama, los momentos claves de las relaciones familiares (los más o menos tópicos, el paso por la adolescencia, la ruptura matrimonial y la aproximación a la muerte) en los que es fundamental acertar con la decisión adecuada. Situaciones en las se pone en evidencia la calidad humana de los individuos. Es una lástima, pues, que teniendo un elenco de personajes tan variado e interesante, el hilo conductor de la narración se haya asentado sobre un personaje que impone su mirada lacónica y se obceca en simular un éxito de pastiche.

Al margen de las connotaciones éticas, comentar que el montaje es correcto (exceptuando un error de repetición del corte cuando Spritz deja a su hija en casa de su exmujer) y la fotografía acompaña la visión deprimente que invade todo el relato. Sin más.

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[1] Si me apuran, podemos hablar también de American Beauty (1999), Crash (2005) y Magnolia (1999), Lost in translation (2003), Adaptation (2002) o A propósito de Schmidt (2002).