Categoría: Sin perdón

La vida de Calabacín (4)

  25 Febrero 2017

La transcendencia de la infancia

la-vida-de-calabacin-3En La vida de Calabacín (Ma vie de Courgette, Claude Barras, 2016) observamos la transcendencia del cine como dispositivo complejo, capaz de crear y ofrecer una pluralidad de significados ciertamente estimulantes.

En primer lugar, sus imágenes son totalmente plásticas o artificiales, ya que se trata de una película de animación, por lo que las posibilidades creativas se amplían de una manera ciertamente sugestiva, siempre en el terreno fértil de la fantasía creadora.

En segundo lugar, la adopción de una estética puramente fantástica otorga a la película una cualidad fabuladora muy propia de la infancia, lo que se manifiesta en una puesta en escena donde lo simbólico cobra fuerza. No obstante, y como tercer elemento, toda la capacidad formal de la película, su estética fabuladora, entra en confrontación con una trama realista, alejada del cuento y más propia del documental.

Lo primero que cabe destacar de esta maravillosa película es una estética ciertamente sugestiva, quizás al principio demasiado original, pero que adquiere una sutileza y una humanidad evidentes. Toda la puesta en escena, con el uso de los decorados y la utilización de objetos de fuerte carga simbólica, suponen la ilustración de una fábula sobre la importancia del amor hacia la infancia, en un alegato hondamente humanista.

El entorno duro al que deben enfrentarse los niños y niñas protagonistas está ubicado en un espacio que va adquiriendo el calor del hogar, a partir de un uso envidiable de la animación, otorgando a cada encuadre una emotividad fuera de lugar, a la vez que el modelado de las figuras y sus movimientos consiguen invocar ante nosotros la magia de un espectáculo de marionetas, impregnando toda la estética del film con la mirada de la infancia.

Son las habitaciones, aulas, patios y objetos los que consiguen ubicarnos en la melancólica representación de un orfanato, pero con la luz del optimismo siempre presente. A este respecto, es ciertamente enigmática la primera escena que muestra a Calabacín en su buhardilla, aislado del mundo infernal de los adultos, resguardado en su cometa.

Más allá del tono fabulador de su estética, la trama la película supone un relato sobre la marginación infantil y la dureza de una vida sin familia. Este relato no se elabora desde los supuestos de la fábula, ni siquiera mediante un tono fantástico, cercano a los cuentos para niños, como cabría esperar de la estética que plantea Claude Barras. Muy al contrario, el guion nos cuenta una historia cruda, más cercana a las propuestas sociales del cine francés que a la imaginación simbólica de los dibujos animados.

No obstante, este contraste está perfectamente equilibrado en toda la película, y aparece de forma espontánea, para otorgar seriedad a lo que se narra, para proponer una denuncia a través de una narración contundente, en la que no se trata lo infantil como un medio de aislamiento del mundo, sino como una etapa transcendente.

En este sentido, los protagonistas desarrollan ante nuestra mirada un crecimiento fascinante, lleno de complejidades, sin caer en el tópico, convirtiéndose en unos personajes tiernos y profundamente humanos, llenos de vida e incertidumbre, lo que nos contagia con la mágica luz del cine.

En definitiva, La vida de Calabacín es una película de una gran fuerza humana, que representa un paso hacia adelante en la animación, en la que la compleja estética formal no consigue imponerse a un relato contagioso y cálido sobre la infancia.

La vida de Calabacín es una gran obra cinematográfica, compleja y cercana, capaz de ofrecernos una mirada certera sobre la importancia vital de la infancia.

Escribe Víctor Rivas

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