Dogman (1)

  15 Noviembre 2018

Retrato de una humillación

dogman-1Una década después del inflacionario éxito que obtuvo con Gomorra, Matteo Garrone intenta estirar el rédito de su fallida radiografía del humus delictivo napolitano, incurriendo en los mismos vicios y defectos: fiarlo todo a un verismo naturalista que por sí solo, sin apenas cocción dramática, sea capaz de ofrecer esa especie de juego del revés, de otra cara de la luna, que se esconde tras el glamour de la marca Italia.

El método Garrone consiste en una especie de aplicación del norteño Dogma escandinavo a la visceral, estridente y latina bota italiana, tal vez por aquello de la geografía peninsular compartida. Ahora, el foco recae sobre un protagonista individual, sobre un estereotipo de l’uomo qualunque que tan buenos resultados ofreció en el cine italiano y español de décadas pasadas (Sordi, López Vázquez, Landa…).

El título de la película responde al oficio que desempeña: una especie de peluquero canino, cuidador de perros, pseudo veterinario sin título (dispone de instrumental quirúrgico con el que le extraerá una bala a su compinche), alojador y hostelero de chuchos… Este sujeto, su apaleada y mohína mirada, señala la perspectiva del relato, a la cual sólo renuncia para remarcar un significado simbólico en el que el director se regodea: sólo cede su mirada a la de los atribulados canes a los que cuida, en un intercambio lógico y constante y reiterativamente subrayado: el protagonista también es un perro apaleado por la sociedad, la vida, su propia y fracasada trayectoria personal…, un superviviente en medio de la jungla social y cuya existencia es una derrota que roza los márgenes de la legalidad.

Como mecanismo de compensación a su gris existir, suele esnifar rayas de cocaína, eso sí, sin ser un toxicómano dependiente, simplemente como evasión, escapatoria, controlando, aunque también ejerza de camello ocasional. Con ese estilo tan característico y próximo a un aparente distanciamiento entomológico, casi microscópico, pseudo-documental, el director va exponiendo la cotidianidad de este anodino ser: tiene una hija por la que se desvive, una mujer de la que está separado y con la que no cruza ni una sola palabra en toda la historia; un grupo de fieles amigos compuesto por pequeños propietarios (esos pequeños burgueses reaccionarios por definición de la teoría marxista: una especie de perista que gestiona una tienda de compra de oro; otro que regenta unos billares con máquinas tragaperras) con los que comparte su ocio y que constituyen su verdadera familia, su vórtice de integración social (las comidas, los partidos de fútbol).

Cabe resaltar la anonimia del barrio donde transcurre la acción, un lugar muy próximo a la costa y cercano a Calabria; una especie de suburbio popular, frente a un mar que prácticamente no se muestra (excepto en una secuencia en que es contemplado por el protagonista y que precede al clímax, al estallido de violencia) y al que Garrone se empeña en degradar, como si el salitre de la corrupción y la marginación lo fueran corroyendo paulatinamente.

Como detonante catalizador de este bodegón del aurea mediocritas de un vivir anodino y popular, surge la figura de una fiera corrupia en la forma de un antiguo boxeador tronado y medio oligofrénico, con una fuerza física descomunal y una mente psicótica por su enganche a la cocaína. Este individuo actuará como una especie de Goliath frente a nuestro enclenque y minúsculo David, estableciéndose una dialéctica amo-esclavo sazonada con ribetes de una amistad propiciada por la soledad de ambos tipos.

Este animal de bellotas se convertirá en la bestia negra del barrio por sus desafueros extremadamente violentos y por su actitud incontrolable, que repercute negativamente en los pequeños propietarios, víctimas de sus fechorías delictivas y de su fuerza irracional. Nuestro perrero, acostumbrado a lidiar con perros de presa, sabrá controlar y canalizar la ira de su volcánico compañero. Éste lo utilizará en sus chanchullos criminales, minusvalorando y despreciando su escasa participación.

Como anécdota, tras el asalto a una residencia burguesa, en la que Marcello, nuestro dogman, ha hecho de conductor, a pesar del escaso botín con el que se le retribuye, regresa al lugar del delito para liberar a un perro encerrado en un congelador por sus alarmantes ladridos. He aquí hasta donde llega el corazón de Marcello.

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Las secuencias en que bucea con su hija ofrecen una posible escapatoria, evasión a la sordidez que lo circunda: con ella en las profundidades puras del mar es feliz, en una más de las secuencias pretendidamente objetivas y tan simbólicas como enfáticas con las que nos deleita el director.

Obviamente, en un momento dado (cuando el guión ya ha agotado todo el elemento descriptivo y aquello no da más de sí), Marcello será objetivo de su amigable perro de presa, que lo quiere involucrar en el atraco mediante butrón de la tienda vecina a la perrera. Pese a la negativa, el atraco se comete, y el silencio cómplice y fiel de Marcello lo conduce a la cárcel. No desperdicia Garrone la ocasión  para mostrarnos un espacio carcelario tópico y típico, con una serie de alimañas que no dejarán de Marcello ni los huesos.

Afortunadamente, tras la entrada en prisión se recurre a la elipsis, elipsis que propiciará una metamorfosis (?) en nuestro vapuleado protagonista y que le hará enfrentarse a su verdugo, convirtiéndose de víctima en victimario. Se cargarán las tintas para propiciar tal reacción por el ostracismo con que lo reciben sus anteriores amigos-propietarios, que lo consideran culpable.

Huelga decir que por el camino el guión ha obviado, ha supuesto y ha manipulado toda una serie de pequeños detalles (¡tan importantes!) con el único fin de conseguir su propósito de hundimiento y extrañamiento social de Marcello: todo el proceso del robo en la tienda de oro resulta forzado y sin sentido, así como la reacción de sus antiguos amigos. Su hija desaparece durante el año de prisión pero luego está allí esperando y abrazando a su padre como si nada; ídem con la silente esposa, ambas testigos del rechazo que provoca su regreso en el barrio.

También sorprende cómo en poquísimo tiempo Marcello, no obstante lo anterior, recupera su clientela y sus adorados perros. Eso sí, parece que haya perdido su piso (que lo tenía, y bastante apañadito, con pecera incluida) pues ahora se ve obligado a dormir en su tienda.

Un ataque de ansiedad en una inmersión subacuática con su hija durante una recobrada escapada vacacional prefigura el estallido que se aproxima. Marcello se enfrenta a su amigo, solicitándole su parte del botín por el atraco que lo llevó a prisión; ante el desdén de su reclamación, arremete contra la motocicleta de gran potencia que, a modo de caballo, aquél monta y con la que recorre sus dominios. Simone, ultrajada su propiedad, ejercerá toda su fuerza bruta sobre Marcello, quién urdirá una trama para vengarse de tal ignominia (¡a buenas horas!).

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Todo el sutil simbolismo desplegado a lo largo de la narración se materializará cuando Marcello consiga encerrar en una de sus jaulas para perros a su violenta Némesis, desatándose la resolución del conflicto con la consabida y propiciada conclusión, el sacrificio de la bestia debido a su carácter salvaje e irreductible.

Resulta cuanto menos inverosímil que Marcello tenga potencia física suficiente para arrastrar y soportar el peso del cuerpo de Simone, pero lo arrastra y se lo carga en los hombros, tal y como aparece en la fotografía del afiche de la película, imagen que induce a extraer  unas expectativas positivas que el posterior desarrollo fílmico se encarga de invalidar. Y es que ya hay películas que no solo se agotan en el tráiler, sino en el cartel publicitario, como esta.

En el desenlace, Garrone apela a una perspectiva delirante, justificando la reacción del dócil y perruno protagonista en una especie de ataque psicótico, cuyo catalizador son las voces ¿imaginadas? de su grupo de amigos, subrayando por enésima vez el apartamiento y la soledad de Marcello.

El sostenido plano final del rostro de Marcello no sólo no profundiza en su psique, sino que evidencia todas las carencias del modus operandi de Garrone: por mucho que durante minuto y medio enfoque en un primer plano a su protagonista, esto no basta (al menos no le basta al director italiano) para transmitirnos toda la humillación que ha soportado y que soporta su personaje, ni al abrir el plano a uno general resultará convincente ofrecer el entorno como otra posible justificación de lo acaecido.

En suma, cine que se quiere social y crítico y de denuncia y que utiliza el retrato de una humillación individual para ofrecer una naturaleza muerta de la sociedad italiana, todo ello con unos trazos gruesos, con pinceladas abruptas y sin ningún tipo de atención al detalle, sin capacidad para profundizar, desde su supuesto estilo gélido y distanciado —mentira—, en la configuración de los personajes y las situaciones, tosca y burdamente esbozados par mimetizar una práctica de laboratorio social y psicológico a la par.

Tal vez Salvini y los del movimiento cinco estrellas la revitalicen, a la moribunda bota italiana, o tal vez acaben por recitar su gorigori. Dese luego, Garrone no la salvará, cinematográficamente hablando.

Escribe Juan Ramón Gabriel

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