Categoría: Sin perdón

Las leyes de la termodinámica (2)

  26 Abril 2018

La comedia no es una ciencia exacta

las-leyes-de-la-termodinamica-01¿Responden los sentimientos a una ley física? ¿Se puede racionalizar el amor en base a teorías científicas? Estas son las preguntas que Mateo Gil plantea en su último trabajo, una comedia romántica en la que a través de cuatro personajes, dos parejas, asistimos a su devenir amoroso en el que nos muestra el encuentro, el enamoramiento, las crisis y las reconciliaciones, los éxitos y fracasos de unas relaciones sentimentales a lo largo del tiempo.

Manel (Vito Sanz), un astrofísico que se encuentra realizando su tesis, ordenado y racional, organiza su vida aplicando parámetros científicos que le ayudan a mantener el equilibrio, hasta que conoce a Elena (Berta Vázquez), una modelo aspirante a actriz con la que inicia una relación. Una comedia clásica «chico conoce a chica», donde los personajes son muy diferentes pues Elena tiene una concepción de la vida más vitalista, desordenada y sujeta a la improvisación que se pueda presentar en cualquier momento; pero que Mateo Gil reviste con una estructura de falso documental científico en el que Manel relata con su voz en off cómo la evolución de una relación amorosa se explica por las leyes de la termodinámica.

Este juego le permite al guionista y director introducir entrevistas divulgativas de los científicos siguiendo el patrón de los documentales (se oye la voz original en inglés sobre la que se impone el doblaje al castellano) y realizar una serie de tratamientos digitales de las escenas para explicar las teorías (gráficos y vectores que teorizan los encuentros, pantalla partida, cámara lenta, parada de la imagen), de tal forma que todo ello permite justificar a Manel que los sentimientos responden a una cuestión puramente física, que su fracaso tiene un origen al que no se puede oponer pues está en una ley física. Un encuentro no se debe a la casualidad sino que su origen está en una serie de elementos físicos (trayectoria, velocidad) que ordenan el universo.

El relato avanza y retrocede en el tiempo para confrontar las situaciones de pareja jugando con el pasado y el presente mediante la continuidad de un montaje que contribuye a resaltar las contradicciones siguiendo un patrón ya visto en otros filmes (desde Dos en la carretera hasta 500 días juntos, entre otros). Situados desde el demiúrgico punto de vista de Manel, nos encontramos que el amor, los celos, las inseguridades, los deseos y todo el catálogo de sentimientos que giran en torno a una relación, y en las que Manel intenta justificar su fracaso, terminan reventando las costuras de la encorsetada estructura científica.

La respuesta a las teorías que plantea la película las resumirá de una manera contundente el personaje de Elena en una escena clave en la que certifica su opinión sobre la ordenación del mundo personal y sentimental. Y el hartazgo de Elena se puede extender al espectador, sabedor desde el inicio del fracaso del protagonista, y que termina padeciendo la estrechez que ese disfraz de documental impone al propio desarrollo de la comedia. Una estructura que se impone en exceso al propio relato del filme.

La adecuada medición que el guión efectúa sobre los personajes secundarios como la pareja formada por Eva (Vicky Luengo) y Pablo (Chino Darín), que aporta una visión de las relaciones absolutamente diferente, o el estupendo personaje del profesor que encarna Josep María Pou, no tiene su equivalencia en las excesivas interrupciones provocadas por las disquisiciones de los científicos o la verborrea justificativa de Manel.

El envoltorio termina asfixiando el propio regalo que contiene en su interior y demuestra que la comedia es un género en el que no se puede medir el resultado final, pues la chispa que provoca la complicidad con el espectador depende de un conjunto de factores que tiene infinitas combinaciones que (afortunadamente) no se pueden reducir científicamente.

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Con todo, al margen de que pueda gustar más o menos, hay que reconocerle a Mateo Gil que en su filmografía como director muestra una absoluta libertad para llevar adelante los proyectos apostando por el riesgo frente al adocenamiento general de otras propuestas; una apuesta que en ocasiones termina desbordando el propio filme, y Blackthorn sería una buena muestra de lo que estamos hablando.

Las leyes de la termodinámica es otro paso de esa filmografía que va saltando de un género a otro, el thriller en Nadie conoce a nadie (un encargo que fue su primer largo), el fantástico en el episodio televisivo Regreso a Moira de la serie Películas para no dormir, el western en Blackthorn o la ciencia ficción en Proyecto Lázaro.

Este uso de los diferentes géneros que se completa ahora con la comedia romántica parecería indicar que su último filme no tiene relación con su obra, sin embargo, a pesar de su diferencias, en Proyecto Lázaro el conocimiento científico ya intentaba ordenar al ser humano en un drama existencial en el que los avances de una sociedad futura intervenían en las relaciones sentimentales o en el propio sentido final de la vida. Por lo tanto, la diferencia entre unos personajes y una sociedad que ordena la existencia mediante la ciencia frente a otros que no entienden ese planteamiento es un tema que ya aparecía ahí. El uso del plano-contraplano con los protagonistas en el bar de Las leyes de la termodinámica recuerda a su corto premiado con un Goya, Dime que yo, que ya enfrentaba a los personajes utilizando el recurso del montaje para jugar con el diálogo.

Estrenada mundialmente en el Miami Film Festival, donde Gil obtuvo el premio al mejor director, Las leyes de la termodinámica ha sido la gran apuesta de la actual edición del Festival de Cine Español de Málaga (en la producción está Atresmedia) para su inauguración. Mientras tanto, continuamos esperando que en su trayectoria como director Mateo Gil encuentre la proporción adecuada entre expectativa y resultado final, entre lo que pudo ser y lo que es.

Escribe Luis Tormo  

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