Zombieland: Mata y remata (1)

  16 Noviembre 2019

Alguien se les ha comido el cerebro

zombieland-2-1Nada menos que diez años separan la primera y segunda entregas de Zombieland. Quiero señalar este hecho no como simple constatación de una efeméride, sino porque su realidad objetiva casa mal con alguno de los planteamientos de la película.

La cuestión es que los personajes han envejecido más o menos bien, y han conseguido mantenerse vivos por el tiempo indeterminado que, en el espacio cinematográfico, transcurre entre una y otra película. Se supone que éste no debería coincidir con la cronología real, dado que la pareja que se formó en la entrega original sigue felizmente enamorada, todavía hay gasolina, munición y comida en buen estado, algunos personajes sobreviven en un congelador desde la llegada de los zombis y la electricidad fluye por el sistema como si los operarios todavía pudieran cobrarla.

Los guionistas se han preocupado de dar una explicación —totalmente peregrina— a esto último; sin embargo, lo más difícilmente justificable es que Little Rock (Abigail Breslin) haya crecido tanto en —supuestamente— tan poco tiempo.

Ahora nos encontramos con una adolescente bien desarrollada con sus primeros tsunamis hormonales, y si bien aceptamos por mor de la suspensión de la incredulidad esta pequeña licencia —faltaría más, después de asumir un apocalipsis zombi como premisa inicial— no podemos menos que hacerlo notar en el debe del filme: para Abigail Breslin han pasado claramente diez años, pero para el mundo apocalíptico no puede haber sucedido tal cosa.

Por otro lado, la base argumental de la película es la misma que la de su antecesora: la supervivencia ante el horror merced a unas reglas de estricta observancia en un ambiente que ha perdido todo atisbo de corrección política.

No podría ser menos en un mundo en el que nadie suspira ya por el voto o la aprobación de nadie y la vida cotidiana se resume en encontrar refugio, comida y el ocasional abrazo de un congénere no contaminado por el virus mortal, que se te coma a besos sólo metafóricamente.

Hay que decir que esta ausencia de corrección política da los mejores chistes de la película: los arranques de ira de Tallahassee (Woody Harrelson) cuando se entera de la relación de Little rock con un músico de Berkeley, son de lo más desternillante que se recuerda por lo que tienen de descarnado y preciso retrato sociológico: no es sólo que Tallahassee se comporte como un típico votante medio de Trump, es que a la caricatura que hace del cantautor adolescente no le falta tampoco un ápice de realismo ñoño.

Del mismo modo, no se respeta ningún tipo de convención meliflua sobre género, clase o convicción política: hay rubias más tontas que Abundio, hippies fumados y colgados, vaqueros machistas y ultraconservadores, pacifistas inconscientes, belicistas hiperventilados y hasta gente normal —poca— intentando sobrevivir.

Todo ello en medio de un río de sangre y vísceras que intenta teñir de irrealidad un cuadro que asombra precisamente por su exagerado realismo cafre. 

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¿Pero por qué hablamos de realismo en una película que hace de los topicazos seña de identidad? Pues precisamente por el hecho de que se hace una afirmación sobre la existencia de ese tipo de gente, tan real como la que más, sin intentar ocultarla bajo toneladas de purpurina o buenos deseos.       

Pero todo esto no es suficiente para salvar una película que podía haber dado mucho más de sí, en caso de haber estado mejor escrita y dirigida.

No es un problema menor; el hecho de que los personajes se queden quietos en pantalla esperando la réplica de los demás traslada una sensación de chapucera impostura, y hace notar la falta de una dirección de actores y de un guión sin socavones.

Esto en cualquier película es un déficit gravísimo, pero en una de acción es directamente la muerte.

La sensación de improvisación —en una película que, no lo olvidemos, se supone que lleva preparándose diez años— es omnipresente: para solventar un cuarto de hora de metraje, aparecen dos clones de los personajes principales con la intención de, supuestamente, construir una comedia especular.

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Sin embargo, el argumento es fallido porque no llega a retorcerse lo suficiente o porque se acaba abruptamente, como si lo guionistas hubiesen decidido de repente pasar a otra cosa. Este problema se repite más de una vez, con más de un chiste; algún que otro personaje aparece y desaparece sin más explicación que un supuesto malentendido, sus actitudes o preferencias cambian de la noche a la mañana, e incluso se violan las reglas de la propia película para hacer uso del arma de Chejov mediante un deus ex-machina cuando conviene...

El intento de encontrar un leit motiv novedoso en esta entrega —algo así como las reglas para la supervivencia de la primera— se queda en un mero intento desaprovechado: la cuestión de que hay una clasificación de zombis y de que estos mismos evolucionan tiene poco recorrido real en el argumento, y es un asunto a todas luces desaprovechado.

Pero hay una cosa que me ha molestado particularmente: se pretende recurrir a la comedia del absurdo sin que el absurdo resulte particularmente ocurrente o justificado. Estoy pensando en la cuestión del congelador o en cómo se elige a los ganadores matazombis, que adolecen de los mínimos de incoherencia para resultar siquiera absurdos, deslizándose más bien por los derroteros de lo simplemente imposible o ridículo.

En honor a la verdad, hay que reconocer que algunas muertes de zombis, como las que suceden en Pisa, son de lo más gracioso. Lo difícil es saber cómo demonios iba el italiano a hacerse famoso a través de los continentes en un mundo sin más comunicación que el boca a boca. Otro tanto sucede con la expresión «hacerse un Murray»: tiene su gracia, pero es difícil saber cómo llegó a conocerse el hecho luctuoso si no hubo testigos.

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Hay algunos intentos de recurrir a subtramas que sólo adquieren coherencia en momentos distintos de la película, como el asunto de los búfalos y los pies negros, que resultan particularmente ocurrentes, pero que son la excepción en una película lineal y rutinaria.

Nos quedamos entonces con algunos destellos de humor ocasional y con el buen hacer de algunos actores principales que bordan sus papeles en medio de tanto desorden. En este sentido, cabe decir que hay dos escenas pos créditos con sorpresa.

Hay poco más que salvar en un mundo como Zombieland, en el que todo se descompone o devora tan rápidamente. Al parecer, lo mismo debe haber pasado con la imaginación de los guionistas: sus propias criaturas parecen habérsela comido.        

Escribe Ángel Vallejo


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