La mosca (The Fly, 1986)

  03 Enero 2012
Las dos caras de una misma moneda 

la_mosca-101En 1986 David Cronenberg dirigió a Jeff Goldblum y Geena Davis en uno de sus films más populares, La mosca. La película es un remake del clásico de terror de 1958 del mismo título protagonizado por Vincent Price, que a su vez adaptaba un relato corto del escritor George Langelaan.

En Encadenados hemos revisionado las dos versiones filmadas (obviando la muy floja La mosca 2, de Chris Walas) para tratar de establecer una serie de paralelismos y divergencias con los que retroalimentar este clásico imperecedero del pavor díptero.

La historia, que conjunta obvios elementos kafkianos con un discurso acerca de los peligros de la relación entre el hombre y la ciencia, narra la progresiva transformación física y psíquica de un científico, tras sufrir un fatal incidente mientras experimentaba en sus carnes los efectos de una máquina de teletransportación construida por él mismo.

Quizás pocos sepan que el relato original escrito por el periodista (y avezado espía durante la Segunda Guerra Mundial) franco-británico George Langelaan apareció publicado en 1957 en la revista Playboy (posteriormente se incluyó, junto con otros relatos fantásticos, en un volumen titulado Historias del antimundo). Sí, aunque pueda parecer pura ciencia ficción, en la histórica revista de Hugh Heffner entre picardías se podían hallar escritos de gentes como Bradbury, Matheson o el mismísimo Stephen King.

Langelaan es un escritor capaz de manejar adecuadamente el ritmo del relato hasta llegar a un final estremecedor y sorpresivo. La mosca no es una excepción, y en tan sólo un puñado de páginas consigue atrapar al lector con una historia clásica y macabra a la vez, una narración que caló tan hondo en los lectores de la época que tan sólo un año después consiguió que se adaptara a la gran pantalla.

El encargado de explicarnos la mutación de hombre a mosca por primera vez fue Kurt Neumann, un artesano especializado en películas de serie B (suyos son títulos tan marginales como el western Hacha de guerra o la aventurera Regreso a las minas del rey Salomón), quien orquestó una adaptación bastante más fidedigna al escrito original que la que treinta años más tarde llevaría a cabo el realizador canadiense.

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Y es en esta mutación donde vale la pena establecer las primeras diferencias entre las dos películas: mientras que en la de Neumann una vez consumada la tragedia en la que insecto y hombre se unen en la misma piel se nos presenta al científico siempre tapado con un trapo bastante ridículo en la cabeza, o en otros momentos guardándose el brazo-pata debajo de la bata de médico para que su mujer no pueda ver el desastre acaecido (accidente que por cierto tarda bastante en salir a la luz), en el film de Cronenberg todo el proceso de mutación no se le esconde en ningún momento al ojo del espectador, sino más bien se produce todo lo contrario: a medida que avanza el metraje vemos cómo al científico al que da vida un espléndido Jeff Goldblum se le caen las uñas, orejas, nariz... a la vez que le empiezan a crecer unos pelos asquerosos en la espalda y muestra signos inequívocos de comportamiento animal.

Cronenberg nos hace testigos directos de la degradación de la carne humana, con lo que así consigue desprenderse de la moralina del film de Neumann, más interesado en la transformación ética y moral del protagonista que en su alteración física. El asco y la repulsión se acrecientan de forma progresiva, flirteando sin pudor alguno con elementos gore que buscan el rechazo directo del espectador (y si no que se lo pregunten al pobre babuino achicharrado resultado de las primeras pruebas efectuadas en el film del canadiense).

Aquí ya no importa tanto el enigma de lo ocurrido como la enfermedad que conlleva la metamorfosis (en algunas críticas de la época se sugirió que Cronenberg quería referirse de manera metafórica al SIDA y sus consecuencias). Lo cierto es que la profusión de pústulas y el vómito continuo de efecto corrosivo pasan a capitalizar el tercio final de un film inolvidable.

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Otra diferencia sustancial entre ambas adaptaciones tiene como protagonista al personaje femenino de la función. A finales de los años 50 era impensable hablar en una pantalla de cine de temas tan incómodos como la locura o el suicidio, y menos aún si lo sufría una mujer. En el relato de Langelaan, Lady Anne Browning ingresa en un manicomio nada más saberse que ha asesinado a su marido y al final, cuando confiesa todo lo ocurrido a su cuñado, se quita la vida tomándose una cápsula de cianuro.

De todo esto en la versión de Neumann no tenemos noticia alguna: la protagonista, que ahora atiende al nombre de Helene Delambre, se queda en su propia casa en reposo por prescripción médica (controlada por una enfermera de la policía) hasta que se resuelva el embrollo. Cuando están a punto de declararla culpable del homicidio ocurre una rocambolesca situación (que aquí no desvelaremos para todos aquéllos que no conocían esta versión y a partir de este artículo se decidan a verla), que altera de forma sustancialmente positiva el destino de la dama.

¿Y qué hace con todo esto Cronenberg? Pues le da la vuelta de una manera radical. En su traslación de 1986 los tiempos han cambiado y la sufrida esposa de antaño se convierte en una intrépida e independiente periodista de una conocida publicación que investiga los experimentos científicos llevados a cabo por Seth Brundle.

Gracias a esta pirueta del guión, Cronenberg consigue que el espectador se identifique en primera persona con todo el proceso de enamoramiento de la pareja. Ahora sabemos que se quieren porque ha existido un romance y han acabado realizando el acto sexual (el contacto de la carne es un tema vital para el Cronenberg de esta época), por lo que todo lo fatal que ocurra a partir de ese momento lo viviremos de una manera más directa y sufrida.

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Esto le permite introducir uno de los puntos claves del film, el embarazo del personaje de Geena Davis, con lo que amplía de manera magistral el enfoque de lo que se ha venido a denominar la nueva carne (tanto en el relato breve como en la versión de Kurt Neumann el matrimonio ya tenía un hijo, que cobra una importancia capital en el devenir de la obra). Si del experimento fracasado se ha producido la fusión de hombre y mosca para dar como resultado un híbrido monstruoso, de la unión sexual entre el hombre infectado y su amada no sabemos cómo será su descendencia (aunque en una escena onírica, donde el propio Cronenberg realiza un cameo como ginecólogo, observamos cómo el personaje de Geena Davis va a dar a luz y el resultado es una especie de larva viscosa).

Por último, es importante resaltar la importancia que en cada adaptación se da a la verdadera causante de todo este estropicio, que no es otra que la inoportuna mosca que desbarata los planes de pasar a la posteridad del infectado erudito. Mientras que en la versión más vetusta la desesperada búsqueda del insecto se convierte en leitmotiv de la trama (hasta se llega a armar a la criada del hogar de un cazamariposas para poder atrapar al escurridizo bicho y se preparan trampas tan golosas como poner un poco de azúcar derramada en la mesa para que la mosca pique) en la adaptación más moderna pasa a ser un elemento plenamente secundario y en cuanto se produce el desastre genético no volvemos a saber más de ella.

Lo cierto es que ambas versiones (sopesando cada una con los condicionantes de la época en que se rodaron) son muy recomendables, dada su capacidad de ruptura con una época donde se estilaban ejercicios mucho menos osados. Tanto Neumann, con los pocos medios de subversión con los que podía contar, como Cronenberg, un auténtico maestro visionario copiado a posteriori una y mil veces, logran crear una atmósfera perfecta de horror y angustia mediante unas imágenes que se quedan grabadas a sangre y fuego en la retina del espectador.

Dos auténticas obras maestras.

Escribe Francisco Nieto

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