Sed de mal: a vueltas con Méjico

  25 Octubre 2011
Apuntes sobre el género negro ambientado en Méjico

—“Léeme el futuro”. Le pide Quinlan a Tanya.
—“Ya no lo tienes”.

touch_of_evil-118Soy de la opinión que las películas que transcurren en Méjico (y más si son de género negro) adquieren un carácter especial que les hace ganar enteros. Cuando rememoramos films negros del periodo clásico, sólo algunos pocos están ambientados total o parcialmente en este país, y sin embargo estoy convencido que es precisamente este detalle lo que los trae a nuestra memoria y los destaca sobre el resto.

Esto es así porque en la mente de los protagonistas y por extensión del espectador, Méjico se convierte más en un concepto abstracto y mítico que en un lugar físico concreto; es la representación de la libertad y el refugio seguro, el soñado nido de amor y de aventuras o el destino ineludible al que acudir o del que se debe escapar.

La representación icónica de Méjico (la mayor parte de veces representada en estudio o en localizaciones de los Estados Unidos) adquiere sin pretenderlo tanta transcendencia que se convierte en un personaje más del film. Este aspecto no lo he observado en otras ciudades norteamericanas donde se desarrollan la mayor parte de las tramas de género negro, ninguna alcanza ese halo mítico, y la mayoría de estas urbes quedan desdibujadas o sencillamente ignoradas. Quizá sólo Nueva Orleans pueda competir en fascinación con Méjico.

Sed de Mal (Orson Welles, 1958), es el perfecto ejemplo donde observamos cómo Méjico (y más concretamente la frontera) se transforma en un personaje clave en el desarrollo del film, que aporta trascendencia y profundidad y se convierte en el escenario perfecto para una historia de corrupción y traición.

Sólo unos pocos minutos de travelling magistral al inicio del film sirven para presentarnos las populosas calles del pueblo mejicano fronterizo de Los Robles, donde observamos cómo se coloca una bomba de relojería en el coche de un millonario americano, que a su vez se entrecruza con la pareja de recién casados (el policía mejicano Vargas —Charlton Heston— y su mujer americana Susan —Vivian Leigh—), y tras el estallido del coche ya en territorio americano se producirá el cruce definitivo de estos personajes con el policía Hank Quinlan, un tremendo Orson Welles, en una de sus composiciones más logradas.

Como veremos más adelante, el film destaca el enfrentamiento, siempre contradictorio y lleno de matices, entre estos dos personajes (Vargas y Quinlan) de moralidad contrapuesta, y por extensión de dos modelos de ciudades y paisajes, la civilizada Norteamérica y el primitivo Méjico, que se ensamblan en la ciudad fronteriza, donde como dice Vargas a su apesadumbrada esposa en un momento del film: “Esto no es el Méjico autentico. Las ciudades fronterizas tienen lo peor de cada país”.

Retorno-al-pasadoNo era la primera vez que Welles  ambientaba un film en Méjico. En La dama de Shangai (1948), los principales protagonistas iniciaban un crucero de placer hacia Acapulco. Aquí Welles no puede evitar mostrarnos todos los tópicos del Méjico representado habitualmente en las películas de Hollywood, con las bandas de Mariachis que reciben a los turistas, las aldeas de pescadores, las playas con hoteles lujosos, el calor sofocante… y sin embargo consigue crear un ambiente de una textura especial, donde los principales protagonistas (los inolvidables O’Hara, Elsa y Arthur Banister y Grisby) se ven arrastrados por una mezcla de lujuria, codicia y locura y acabaran dándose dentelladas unos a otros como tiburones cegados por la sangre. Será precisamente en este ambiente opresivo y pegajoso de la costa mejicana donde se gestarán las ideas más inverosímiles, como proponer tu propio asesinato.

Un año antes, también en Acapulco se había ambientado parte de la historia (apenas unos 15 minutos) de Retorno al pasado (Jacques Tourneur, 1947), basada en un guión de Daniel Mainwaring (Geoffrey Homes), sobre su propia novela Build my gallows high, donde Jeff Markam (Robert Mitchum) busca a la novia de un gangster de la que se acabará enamorando (Jane Greer). Y no es casualidad que el amor surja entre los protagonistas precisamente en ese Méjico soñado como tierra de refugio seguro y también de libertad, nuevamente con sus playas adornadas con las redes de los pescadores, bungalows a la orilla del mar y bares de evocadores nombres (“La Mar Azul”), convirtiéndose en el lugar mítico donde los amantes, cuando ya todo esta perdido, desearían volver para intentar rehacer sus vidas.

Años más tarde, también con guión de Mainwaring, Donald Siegel convoca a los mismos protagonistas de nuevo en Méjico, intentando reproducir la química conseguida en Retorno al pasado; se trata de El gran robo (1949), aunque por desgracia los resultados obtenidos son mucho más pobres y no alcanzaran ni de lejos el lirismo y la profundidad de Retorno al pasado. El film constituye una sucesión de aburridas persecuciones entre delincuentes y miembros del ejército americano por las polvorientas carreteras de Veracruz, recordando en ocasiones los westerns de serie B.

De nuevo Mainwaring (escritor izquierdista incluido en las listas negras del senador McCarthy) creará una obra social de temática mejicana con la novela y posterior guión de El forajido (Joseph Losey, 1950), y aunque la acción no transcurre en Méjico sino en California, describirá el enfrentamiento entre jornaleros mejicanos y la población anglosajona del lugar, haciendo hincapié desde una óptica progresista (en plena sintonía con el director Joseph Losey) en los problemas raciales y sociales que genera la convivencia de ambas comunidades.

El_gran_robo

En esa época resalta con luz propia otro film clásico, Persecución en la noche (Robert Montgomery, 1947), ambientada en un caluroso Méjico (aunque rodada en Nuevo Méjico, USA), narra una historia de redención y esperanza, destacando el enfrentamiento entre un excombatiente (el propio Robert Montgomery) con el gangster local, y la intervención de la amistad y la ayuda desinteresada representada precisamente por los personajes mejicanos (Pancho y la muchacha Pila). Resulta inolvidable la ambientación con la magnifica fotografía de Russell Metty, destacando el plano-secuencia al inicio del film en la estación de autobuses, el tiovivo de Pancho que se convierte en lugar de refugio, la taberna Las tres violetas o el pueblo de San Pablo en fiestas.

Mucho menos interesante y con unos intérpretes perfectamente olvidables resulta Misterio en Méjico (Robert Wise, 1948), que narra una torpe historia sobre un robo de joyas y la desaparición de un agente de seguros. Rodada íntegramente en Méjico gracias a un acuerdo de la RKO con los estudios Churubusco, nos resulta extraño imaginar al mejor Wise metido en esas lides y sólo podemos destacar una buena ambientación característica del noir (nightclubs, callejones solitarios, algunos planos reales del Méjico de la época)  y una evocadora fotografía en blanco y negro.

quiero_cabeza_alfredo_garciaVolviendo a Sed de mal, basada en la novela Badge of Evil de Whit Masterson, el guión original que recibió Welles estaba ambientado en la ciudad americana de San Diego, pero este lo reescribió y trasladó la acción a la frontera mejicana (Los Robles). La película realmente se rodó en la población californiana de Venice, según Welles porque los censores mejicanos nunca le hubieran permitido dar a Tijuana el aspecto miserable que necesitaban para la historia. No obstante el trabajo de dirección artística de Robert Clatworthy y Alexander Golitzen resultó perfecto, y aprovecharon al máximo el gran parecido con la ciudad mejicana, con sus calles porticadas, sacando verdadero partido a los pozos petrolíferos (que por cierto no existían en los alrededores de Tijuana) y al sucio canal que aparece al final del film.

Este ambiente conforma el marco preciso para el enfrentamiento entre el integro Vargas y el corrupto Quinlan. Se da la paradoja, en una perfecta inversión de roles, que el personaje positivo (Vargas) procede de un país donde precisamente la corrupción campa a sus anchas, mientras que el asesino Quinlan forma parte de la “civilizada” y avanzada Norteamérica.

Quinlan, siempre vanidoso, se vanagloria de su procedencia  y hace gala de un evidente racismo, con frases como: “Volvamos a la civilización”, cuando se cansa de recorrer las sucias calles de Los Robles, o refiriéndose a Vargas despectivamente (“Veo que hasta han invitado a un mejicano”). Welles intenta equilibrar la balanza con la creación de un personaje algo insulso, el ayudante del fiscal, de aire izquierdista con su traje ajustado y sus gafas de pasta, que formará equipo con Vargas en el desenmascaramiento de Quinlan (los dos únicos personajes masculinos que representan la modernidad y las ideas democráticas y que casualmente no llevan sombrero).

La decadencia física que acompaña a Quinlan (la obesidad, su desaliño y suciedad), unido a su decadencia anímica y moral (la soledad, la perdida del ser querido, el odio, la traición), se engarza a la perfección con el ambiente nocturno de las calles mejicanas, con sus deprimentes cabarets, la suciedad removida por el viento y los nostálgicos acordes de la pianola de Tanya.

La fotografía expresionista de Russell Metty, repleta de claroscuros, nos muestra el deambular mortecino de Quinlan hacia el cabaret de su antigua amante, donde por fin encuentra algo parecido al reposo, y llegamos a comprender que ese Méjico, el que Welles representa en la pantalla, es en definitiva el verdadero hogar de Quinlan.

En algunos films negros más actuales se seguirá profundizando en esta imagen de Méjico, llena de delincuencia, brutalidad y corrupción, desde Quiero la cabeza de Alfredo García (Sam Peckinpah, 1974) hasta títulos más recientes como Traffic (Steven Soderbergh, 2000) o El fuego de la venganza (Tony Scott, 2004).

Méjico. Sangre, suciedad y sudor. El lugar ideal para personajes al límite, muertos en vida como el propio Quinlan.

Escribe Miguel Angel Císcar

touch_of_evil-120