Del revés (Inside out, 2015)

  29 Julio 2015

No tan nueva

del-reves-11La última y muy esperada película de Pixar parece haber levantado pasiones entre crítica y público, y no sobran para ello motivos ni justificaciones: en el orden de los motivos, puede decirse que esta es la primera película —a excepción de Brave, en 2011— que no es secuela de ninguna serie del estilo de Cars, Toy Story o Monsters, y que tiene una personalidad propia alejada del clásico relato de princesas Disney. No parece irrelevante el hecho de que haya sido creada y codirigida por Pete Docter, el responsable del último éxito verdaderamente original de Pixar —Up (2009)—, que cosechó grandes y merecidas alabanzas por parte de todo el mundo.

En el aspecto de las justificaciones, debe decirse que Del revés, es, efectivamente, una película original, amena y bien construida. Que su ritmo no decae y que sus personajes están bien caracterizados y consiguen su propósito de enternecernos o cabrearnos cuando y donde toca, muchas veces sin que podamos resistirnos a ello. Ese es mérito indiscutible de unos guionistas que han hecho un trabajo estupendo jugando con nuestros sentimientos y que viene a corroborar una de las ideas fuerza del filme: todas las emociones son necesarias, hasta las que no nos gustan, y al final nos daremos cuenta de ello y acabaremos por aceptarlo.

Además, si hay algo que destaca en Del revés, es su habilidad para caracterizar cada uno de los elementos operativos de nuestra mente e integrarlos en una historia coherente. Si bien es cierto que existen algunos conflictos teóricos a la hora de casar algunos paradigmas conceptuales —cognitivismo con psicoanálisis, fisicalismo con mentalismo— éstos aparecen como menores cuando quedan subsumidos bajo el imperativo de la suspensión de la incredulidad, esa que nos lleva a asumir sin problemas que hay pequeños seres que gobiernan nuestra mente desde una consola de mandos en el cerebro.

Así, aparte haber metaforizado perfectamente el funcionamiento de la mente en irrenunciable combinación con las emociones, las diversas teorías psicológicas que se muestran en la película, han servido de excusa para construir los conflictos que necesita toda narración dramática, jugando con la idea de que el subconsciente es una prisión que alberga miedos, que el olvido es un mal implacable pero necesario, que hay hechos que se confunden demasiadas veces con opiniones y, desde luego, que la madurez es un proceso irreversible que cambia los puntos de vista de nuestra peripecia vital, construyéndose sobre la frustración y no pocas veces sobre la destrucción de lo que creíamos indestructible: las verdades de la infancia.

Esto, que constituye la fuerza y la originalidad del filme, es paradójicamente una de las fuentes de su debilidad: los elementos teóricos están tan bien integrados que muchas veces se corre el riesgo de que la acción constituya un elemento de caos en esa magnífica arquitectura. Uno tiene la sensación de que la película se torna por ello más descriptiva que activa, y que la historia no tiene más enjundia que la de llegar a un sitio pasando por diversos escenarios preconcebidos que no acaban de tener un papel relevante en la misma. Es decir, la fuerza dramática se ha diluido un tanto en el proceso expositivo.

No creamos por ello que Del revés es esencialmente plana o no desarrolla determinados conflictos: hay algunos particularmente trabajados y por sí mismos serían suficientes para sostener una película de menor entidad. Lo que sucede es que uno espera de una obra de orfebrería tan minuciosa que albergue algo mucho más valioso en su interior. Es decir, como en muchas películas de Christopher Nolan, el argumento no está a la altura del diseño de sus componentes dramáticos.

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Nada que objetar a los personajes encarnados por las emociones: son clichés, pero con gracia. Aquí se ha hecho bueno el fundamento de casi todo chiste que se precie y que consiste en explotar la coherencia hasta el absurdo. La alegría es alegre hasta lo irreflexivo, la ira irascible hasta lo irracional, el asco es elitista, el miedo prudente para lograr la salvación —o la paralización— y la tristeza… la tristeza es la más indeseable pero necesaria de las emociones, porque mueve a la acción a todas las demás. En la película, se hace acreedora de un rechazo tan notorio que logra que el personajillo que lo encarna produzca hastío y consecuentemente, antipatía. Pero eso sí, gracias al concurso de numerosos avatares nunca conduce a la peor de las situaciones: la apatía, ausencia de emociones que es como una muerte en vida.

Esa coherencia nos guía a los espectadores de un modo magistral hacia la deliciosa trampa de los guionistas, nos atrapa en su relato y nos muestra una lección vital. Es sin duda el hallazgo más notable de la película.

Algún otro personaje brilla con luz propia: es el caso de Bing Bong, el amigo imaginario de Riley. Uno siempre piensa que puede ser el típico personaje histriónico y pesado hasta el desaliento, con la sombría amenaza del síndrome de Jar-Jar Binks sobre sus hombros, pero en Pixar han conseguido que caiga simpático y que protagonice una de las escenas más auténticas de la historia reciente del cine infantil y que merece un comentario aparte.

Pero también, como se había supuesto, hay objeciones: el personaje humano que alberga esas emociones está en sí mismo poco definido; aparece como un mero reactivo a todo lo que maquinan —nunca mejor dicho, desde el paradigma cognitivo-conductual aderezado con tecnología informática que ilustra la película— sus emociones, y por tanto es difícil no considerarlo una especie de robot a quien ellas dominan.

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Si hacemos bueno el planteamiento de la película, son las emociones y no la imaginación o el razonamiento lógico y abstracto, las que gobiernan nuestra vida; al fin y al cabo esto no es más que la reformulación de la vieja idea de que es más importante el corazón que la cabeza. Algo muy Disney.

Abundando en lo viejo, tampoco es novedoso el planteamiento de que la familia unida lo solucionará todo, pero al menos se ha tenido la delicadeza de sugerir que a pesar de las dificultades, ésta no tomará en consideración los caprichos de la niña por encima de las obligaciones laborales. Complaciente, sí, pero no tanto: el principio de realidad está por encima de los buenos deseos, y los conflictos muchas veces nos hacen madurar y crecer.

En este sentido, tampoco es novedosa la ya mencionada escena crucial que protagoniza Bing Bong, pero lo que tiene la categoría de elevarla por encima de los planteamientos Disney es que tiene un propósito, y éste es coherente con el presupuesto básico de la película: la madurez avanza incansable y deja cosas por el camino, también las más entrañables. Lo que hace grande esta escena es la sencillez de su resolución, la ausencia de dramatismo impostado y el silencioso convencimiento del personaje que la protagoniza.

Así pues, encontramos diseminadas por toda la película algunas de las más viejas premisas Disney, convenientemente remozadas y pulidas por la inteligencia de los creativos de Pixar. Estas personas son también las que han decidido —de un modo acertado— no incluir villano alguno en la película, fuera de los desordenados vaivenes emocionales de la protagonista.

Esto por un lado esquiva el chirriante maniqueísmo de los clásicos Disney, demasiado amigo de los personajes de una sola pieza; pero por el otro viene a sugerir que el enemigo está dentro de uno mismo reincidiendo —quizá ya no de un modo tan loable—, en el proverbial individualismo egocéntrico de las culturas occidentales.

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Pero a pesar de las pequeñas reservas, todo ello está contado de una manera tan ocurrente, tan bien planificada y a veces tan chistosa, que no podemos dejar de reírnos con los tópicos que abundan en el futbolero despiste de los hombres, en el idealizado romanticismo de las mujeres, en las hormonalmente alteradas emociones de los chicos adolescentes y en el deseo de vacaciones de los profesores.

Uno asiente con sorna, sí, y se regocija de lo bien plasmado de esos tópicos —algunos realmente descacharrantes— pero al mismo tiempo se da cuenta de que nos los han colado, en forma de recuerdo coloreado y agradable, en la memoria a largo plazo.

Si la película de Pixar acierta en algunos de sus planteamientos psicológicos —y no siempre parece aventurado creer que es así— entonces debemos coincidir con ella en que las opiniones, mediatizadas por las emociones a veces se confunden con hechos, y que hay algunas opiniones como mínimo discutibles y como máximo peligrosas. Saber en qué ámbito se inscriben los tópicos antes mencionados es tarea titánica, y pertenece a la esfera de lo racional. Colarlos alegremente y de tapadillo en una película para niños quizá no sea una actitud del todo honesta para quienes presumen de actitudes pedagógicas.  

Ese quizá sea el último de los bastiones de Disney que desde la innegable valentía de Pixar cabe derribar: no se deben introducir prejuicios, por inocentes que parezcan, de un modo sibilino.

El penúltimo debiera ser el de no incluir cortos tan sosos y ñoños como Lava en el prefacio de sus películas. ¿Qué se ha hecho de la saludable retranca y socarronería de Birds, Presto, El hombre orquesta o Pobre cigüeña?

Escribe Ángel Vallejo


Más información sobre Pixar:
Monográfico dedicado a Pixar Animation Studios

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