Ratatouille (Ratatouille, 2007)

  15 Septiembre 2011

Pixar entre fogones

Ratatouille-100Desde su comienzo, hace 25 años, Pixar se presentó ante el panorama de la animación americana como una compañía que apostaba por la innovación. John Lasseter, empleado de Disney en los ochenta, fue despedido de la productora precisamente por este motivo, por su afán creativo y su nueva propuesta de realizar las películas mediante la animación digital. Propuesta que no encontró su lugar entre las princesas y los sapos, pero que le sirvió para fundar Pixar y cosechar un gran número de éxitos incluso desde su primer largometraje, Toy Story, con la que ganó un Oscar especial, y la confianza de los críticos mas escépticos. Sorprendentemente Lasseter es ahora el actual director creativo de ambas productoras.

Con Ratatouille (Brad Bird, 2007) esta paradoja se trasladó a la gran pantalla, incluso parece estar retratando la supuesta venganza personal de Lasseter al ver que su trabajo había sido por fin bien valorado y elogiado. Detalle que habría pasado algo más desapercibido si el protagonista del film no fuese un ratón. Las semejanzas con el roedor de Disney están más que claras, porque ahora Pixar ya tiene su propia versión pixelada de Mickey Mouse. Evidentemente, todo son especulaciones, pero salta a la vista que la elección de este personaje no ha sido al azar, zanjando definitivamente la guerra que comenzó con Toy Story en el mundo de la animación: ¿píxeles o tinta?

Ya son pocas las películas que se realizan a la vieja usanza, Tiana y el sapo es el ejemplo más cercano, consiguiendo las recaudaciones esperadas. Otras productoras como Dreamworks Animation (curiosamente fruto de otro despido  de la compañía Disney) se subieron al carro de la animación y con El príncipe de Egipto se obtuvo lo nunca esperado, ser uno de los films no distribuidos por Disney de más éxito.

No tuvo tanta suerte El gigante de hierro, fantástica película de Brad Bird, que a pesar de haber sido acogida por los críticos con gran entusiasmo, tuvo una pésima recaudación. Seguramente la productora, Warner Bross Pictures, especializada básicamente en sus famosos cartoons no se esperaba en 1999, fecha del estreno de la película, el cercano auge de la animación digital. Pero el “daño” ya estaba hecho en el momento en que Toy Story pasó a la gran pantalla y el concepto de dibujos animados se redefinió.

Brad Bird sí que aprendió la lección, encontrando más éxito en Pixar. La llegada de Ratatouille a los cines no supuso ningún riesgo para la productora como podrían haber sido Toy Story, o incluso El gigante de hierro, por su lectura más madura. Por aquél entonces la animación digital ya había obtenido el beneplácito de los espectadores y Pixar ya tenía la suficiente fama después de siete largometrajes, como para que el público y los críticos estuviesen esperando su nueva película.

La historia de Ratatouille, al igual que el resto de filmes de esta compañía, se caracteriza por presentar diferentes niveles de lectura a pesar de estar destinada mayoritariamente a un público más joven. Esto ha generado un tipo de espectador con otras exigencias, y un nuevo tipo de crítico que se ha endurecido frente a las películas “infantiles”. El clásico musical Disney con un idílico final había pasado a la historia.

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Con toda esta situación, Brad Bird ha creado una bella metáfora en el argumento de Ratatouille. La película comienza haciéndonos un breve resumen de lo que fue la fama del chef parisino Auguste Gusteau, consiguiendo las cinco estrellas en su restaurante, pero sin llegar a satisfacer al crítico gastronómico Antón Ego. Tras la muerte del cocinero, y a pesar de que el local perdía cada día que pasaba el prestigio que un día tuvo por la mala gestión de su nuevo chef Skinner, las palabras de Gusteau seguían resonando en las cabezas de sus seguidores, “cualquiera puede cocinar”.

Remy es una rata con el olfato extremadamente desarrollado que sigue al pie de la letra este lema y, por azares del destino, llega al mismo corazón de París tras separarse del resto de su clan, el restaurante de Gusteau. Allí conocerá a Alfredo Linguini, y junto a su condición humana, y las habilidades culinarias de la rata, conseguirán lavar el nombre del cocinero y descubrir que es en realidad el padre de Alfredo, así como ablandar al temible Antón Ego.

Podemos interpretar el planteamiento de la película como el gran éxito de la animación digital ante el crítico más severo y escéptico, que finalmente se rinde delante de una obra de arte.

El personaje de Antón Ego nos muestra la cara más oscura de su profesión. El crítico gastronómico, al igual que el crítico de cine o de cualquier otro ámbito, puede cometer el error de seguir unos prejuicios o de regodearse en las críticas negativas tan fáciles y divertidas de hacer como de leer. Antón Ego (curioso y acertadísimo nombre para un crítico, por cierto) advierte que el restaurante de Gusteau va recuperándose poco a poco gracias a un nuevo cocinero, y decide hacerle una visita para valorar su trabajo. No podía ser más intimidante su aspecto y sus modales.

Brad Bird hizo hincapié en mostrar a este personaje como “el malo de película” (sin tener en cuenta, claro está, al chef Skinner) pero este antagonista finalmente se despoja de su maldad, da su brazo a torcer y cae ante la maestría de Remy, que a pesar de ser una rata, es un gran cocinero (o un minichef como le llama Linguini). El discurso final de Antón nos muestra lo fácil que es criticar, lo fácil que es valorar el esfuerzo que ha hecho otra persona y lo poco arriesgado que es mostrase ante el público con la cara de crítico y no con la de autor. Finalmente acaba por aceptar la frase que tanto despreció del cocinero Gusteau, “cualquiera puede cocinar”, pero sólo los audaces llegan a ser chef.

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Y cualquiera puede hacer cine, pero sólo los audaces llegan a ser grandes directores. Que se lo digan a Brad Bird o John Lasseter, ya que fue la iniciativa de hacer algo nuevo lo que creó Pixar. El estreno de Toy Story fue toda una declaración de intenciones de la compañía. Por si quedaba alguna duda, está claro que esta productora, con su ratoncito pixelado, le ha ganado el pulso a ese temible crítico como podía ser Antón Ego.

Otro aspecto a destacar, y que no podía faltar en toda película de dibujos animados, son los valores. Recordemos que Pixar —a pesar de ser una compañía que no admite los convencionalismos típicos que podríamos encontrar a menudo en Disney, que ha apostado por ofrecer otro tipo de reinterpretaciones en sus filmes, y que ofrece fantásticas referencias de grandes clásicos del cine— no deja de ser una productora destinada a los más pequeños. Las buenas intenciones y lo políticamente correcto es el mandamás en todos sus guiones.

En Ratatouille la amistad es lo que une definitivamente a los dos protagonistas. Lo que comienza siendo una relación por puro interés, ya que ambos se necesitan, Linguini por ser una persona extremadamente patosa en la cocina, y Remy por ser una rata, acaba convirtiéndose en un fuerte lazo de lealtad y compañerismo.

Otro de los pilares de la película es el famoso imperativo “no robarás”. El minichef, desde un primer momento, se siente disgustado por su propia naturaleza al estar relacionada con el robo. Las ratas roban aquello que los humanos desechan, pero Remy no quiere robar, quiere crear. De este punto surge el conflicto entre humanos y ratas, así el roedor se comporta incluso más humanamente que los antagonistas, y únicamente se rebaja al nivel de las ratas cuando éste y Linguini discuten dando de comer a su clan de la despensa del restaurante.

Es interesante como en la película los personajes no se comportan por lo que son, sino que son por cómo se comportan. Remy camina sólo con dos patas para tener limpias las manos con las que come, sabe leer y entiende a los humanos, por no hablar de su sentimiento inconformista no limitado únicamente a la comida. Por este motivo siente gran admiración hacia las personas. Este es el gran hándicap entre Remy y su padre, el líder del clan, que opina que las relaciones entre humanos y ratas nunca han salido bien, una visión más realista que la que tiene el protagonista. No obstante el final de la película es un claro ejemplo de cómo ambas especies pueden convivir, es decir, se opta por el progreso y el respeto, por el cambio.

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Todos los personajes de Ratatouille, a pesar de estar presentados con un enfoque humorístico, son en realidad figuras solitarias que finalmente acaban por cumplir un sueño, viven más felices o consiguen su merecido.

Tanto Remy como Linguini encuentran sus carencias el uno con el otro, se complementan, y es fantástico como Brad Bird ha sabido plasmar esto con las imágenes de Remy manejando el cuerpo de su amigo. El primero de ellos se siente incomprendido por su familia y anhela algo “imposible” dentro de su existencia, llegar a ser cocinero. Por otra parte, Linguini, que ofrece divertidas escenas en la película, es una persona solitaria, como muestra su pequeño apartamento, y sin un futuro claro.

El resto de cocineros del restaurante, como Colette Tatou que intenta protegerse a sí misma siendo extremadamente dura con Linguini al principio, también muestran una mirada algo sombría. El chef Skinner, es el gran antagonista de esta película y lo han querido presentar como tal, un personaje bajito y repelente que quiere ante todo enriquecerse con el trabajo ajeno, además de no parecer muy inteligente, muy diferente a como pintan al crítico gastronómico Antón Ego.

Al final del filme vemos cómo la situación de cada uno de ellos mejora notablemente, no íbamos a tener un final idílico, pero en una película de dibujos animados lo menos que se puede esperar es un final como poco feliz. Remy ve cumplir su sueño, además de contar con el apoyo de su clan; Linguini y Colette acaban finalmente juntos olvidando así la soledad de ambos, y Antón Ego se vuelve más afable, se relaja, en definitiva, vuelve a ser feliz rememorando su infancia con la fabulosa receta de ratatouille que le prepara Remy.

No podemos pasar por alto el admirable trabajo de producción de la película. El diseño de los personajes ha sido cuidado al máximo, sobre todo al realizar el clan de ratas, dándoles un cierto aspecto antropomórfico y rasgos humanos en las facciones para que fueran más expresivas, pero sin perder la esencia del animal. El resto de personajes humanos han sido muy caricaturizados, destacan sobre todo Antón Ego, con su aspecto vampírico (¡incluso su despacho tiene forma de ataúd!) y Alfredo Linguini. También es curioso el parecido entre uno de los cocineros del restaurante, Larousse, y el actor francés Dominique Pinon, al que hemos visto recientemente en la película Micmacs. Sobra decir que Pixar ha cuidado hasta el último detalle en crear una perfecta ambientación parisina, acompañada de la excelente banda sonora de Michael Giacchino.

Finalmente, Ratatouille ganó uno de los cinco Oscar a los que estaba nominada, el de mejor película de animación, alcanzando gran éxito de crítica y público. Es por su perfección técnica y la profundidad de los personajes una de los mejores logros de Pixar.

Al igual que el plato principal que preparaba Remy a Anton Ego, Ratatouille es un filme que mezcla  de forma exacta las dosis justas de clasicismo y modernidad y que como en la buena cocina han dado como resultado una obra excelente.

Escribe Ana Císcar

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