Buscando a Nemo (Finding Nemo, 2003)

  04 Septiembre 2011

Educando a… ¿papá? 

Buscando_a_Nemo-0Veinticinco años se han cumplido ya desde las primeras producciones de Pixar. O si se prefiere de las de John Lasseter. Tanto monta. Una novedosa manera de entender, acercarse, a la animación o mejor de incorporar distintas formas de animación acordes con las nuevos avances tecnológicos. Película a película, bien en corto o largo, Pixar ha tratado de mostrar a lo largo de estos años su valor y supremacía en el género, enfrentándose a otras productoras norteamericanas involucradas en la misma tarea.

El encuentro, lógico y esperado, de Pixar con la Disney hizo posible, en una defensa-ayuda mutua, meritos aparte, que una (Disney) pudiera renovarse, mientras que la otra (Pixar) encontrase una lanzadera apropiada para sus producciones. Una asociación importante con todo lo bueno y lo malo que esa asociación lleva implícito. La mano de Disney es alargada y puede influir en ciertos planteamientos temáticos, en una ñoña (cada vez menos) ideología, en estereotipos demasiado elocuentes o en la reiteración (visceral) de algunos personajes. Aunque la mutua relación también puede llevar a que Disney, desde la modernidad y la incorrección, pueda abrirse a nuevas y originales propuestas, tanto en historias como en personajes.

En Buscando a Nemo los personajes malévolos —y no sólo en esta producción de Pixar— se acercan demasiado a los odiosos asusta niños de las producciones Disney. Son los terroríficos niños de Toy Story, esa especie de doctor Zaroff o Moreau con sus insoportables canes, capaces de tirar al traste toda la buena primera parte de Up o, por poner otro ejemplo, la sádica sobrina del dentista en el filme que comentamos.

De Disney, Pixar toma —o copia— algo que también toman como base prácticamente todas las producciones animadas como es la variada fauna —a veces muy brillante— de personajes secundarios que acompañan, o encuentran, los protagonistas a lo largo de la narración. Seres humanos, animales y hasta objetos toman vida, hablan, se mueven y hasta en algunos casos, sobre todo en las producciones Disney, cantan canciones muchas veces demasiado empalagosas. Lo que no es obstáculo para que haya que considerar en favor de Disney, que en sus estudios y en animación se rodasen los mejores musicales del cine americano de los años noventa: La bella y la bestia y El jorobado de Notre Dame, ambas dirigidas por Gary Trousdale y Kirk Wise.

Si Pixar ha impuesto hoy su ley en la animación se debe en general a unas buenas ideas y a unos trabajados guiones (más de lo habitual) en los que suelen existir abundantes referencias al cine. Debido a que los espectadores prefieren que se les ofrezca cosas conocidas, se echa mano de modelos establecidos y fácilmente asimilables, especialmente por los niños, pero sin olvidar guiños hacia el adulto. Lo original y lo archiconocido se mezclan inteligentemente.

No es que los filmes de Disney no hayan aportado nada al cine: su influencia (y seguimiento) es muy grande en el cine de animación. Tampoco Pixar representa la única aportación novedosa, rompedora de la animación. La historia del cine es amplia en ese aspecto. Lo que sí ha supuesto la irrupción de Pixar en los últimos años es el encuentro con propuestas más elaboradas lo que no evita que, ante algunas de sus obras, surjan dudas razonables.

En algunas películas, la sorpresa que supone la originalidad de la propuesta inicial, argumental o visual, se transforma en desencanto ante los múltiples errores que asaltan varios de los cortos o largos de la productora, como es el alargar los filmes, en el caso de estos, estirando la historia hasta lo indecible y sin fundamento, como ocurre en Up que se acelera en su inicio para contar magníficamente en los primeros minutos toda una vida y ralentizarse posteriormente sin que la película progrese o caiga en la mayor de las vulgaridades con la presencia de esa especie de doctor Moreau en su isla de seres perdidos. Lo que podría haber sido un buen corto o mediometraje se transforma en un fallido largo.

Discutible es también el proseguir una y otra vez un éxito anterior rodando segundas y terceras partes. La inventiva cede paso a la repetición, al menos en personajes. Hecho que curiosamente, no obstante, promueve una lograda Toy Story 3, después de la mediocre segunda parte, o una incomprensible repetición de la más bien poco lograda Cars. Quizá la impuesta necesidad de realizar una secuela es, en gran parte, la culpable de ello.

El volver sobe lo conocido o explotar personajes que han tenido éxito, también planea sobre algunos de sus cortos. Es como si la existencia continuada de los personajes fuera necesaria para asegurar la importancia de Pixar. Algo que sí ocurría con algunos personajes de Disney. Sin embargo su reiterada presencia no nacía de los largos sino de los cortos. Caso del Pato Donald o el ratón Mickey con su amplia comunidad afectiva familiar. Eran en definitiva cortos sobre esos personajes.

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En Pixar no ocurre eso. Cuando se vuelve sobre personajes anteriores se los entresaca de los largos, como sucede con algunos de los coches de Cars o los monstruos de Monstruos S.A. Parece que la existencia de esos cortos no tiene otro objeto que recordar o promocionar el largometraje en el que aparecían esos personajes. Lamentable en cuanto Pixar ha sido capaz de ofrecer varios cortos notables. Por supuesto la originalidad, la inventiva no es algo que se genere todos los días. Por ello a veces es necesario evitar un trabajo exageradamente continuo.

Quizá sea el miedo al fracaso comercial el que lleve a Pixar a mirar atrás, a volver sobre sí mismo, revisar y revisitar historias o personajes en un caminar errático por viejos caminos demasiado transitados.

Pixar, en sus juegos y guiños, ha tomado frecuentemente como base o refuerzo de algunas de sus historias el propio cine. No sólo en cuanto referencias explícitas o implícitas a ciertos momentos de algunas películas, sino, incluso, a la misma historia. La excelente Wall·E toma demasiado de 2001, una odisea del espacio, mientras que Bichos sigue casi al pie de la letra Los siete samuráis de Kurosawa. O quizás se refleje más en una de las muchas revisiones de aquel gran filme japonés, concretamente en Los siete magníficos de John Sturges. Juego sobre el juego como lo son los hitchcockianos toques que aparecen en distintos momentos de Buscando a Nemo, como es la utilización de la música de Psicosis en el momento que aparece la sobrina del dentista o aquel otro instante, procedente de Los pájaros, en que las gaviotas, de una en una, comienzan a instalarse en una valla para observar a sus próximas presas.

Como ha quedado dicho, el ritmo de una película por año puede resultar abrumador para mantener la necesaria calidad. Pixar, de momento, piensa que es mejor estrenar año tras año (a lo largo del verano) en la creencia que la taquilla le será fiel aunque lo que ofrezca no sea más que una faena de alivio para salir del paso. De momento parece que tal sistema (alternando normalmente buenos filmes con otros mediocres) da resultado… económico. De todas formas la productora, con este sistema, está jugando una especie de ruleta rusa en la que no existe posibilidad de marcha atrás.

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¿Felicidad?

Buscando a Nemo, pese a contener elementos erráticos, mirarse en la acartonada sensiblería propia de los filmes de Disney e, incluso propugnar por momentos una defensa de la familia tradicional desde un cierto condimento meloso, dentro de una línea de corrección política-social, sabe salir airosa del envite dando, incluso, la vuelta a los planteamientos más tradicionales y reaccionarios.

Parece imposible que el filme consiga elevarse por encima de (las aparentes) las trampas lacrimógenas que se esparcen en su desarrollo, pero lo hace de manera contundente, de forma que el filme se eleva para conducirnos mucho más allá de la aventura marina de cánticos celestiales centrada en la supremacía del amor paterno-filial.

Lo que aparentemente se nos ofrece en el comienzo no hace pensar que nos encontremos ante un filme notable tanto en el desarrollo como en su temática. Los giros narrativos, en el inicio, parecen afirmar lo contrario. Las primeras imágenes nos presentan a una pareja feliz (dos peces payasos en este caso, una propuesta, la elección de tal especie, ya de por sí temerosa) que acaba de encontrar una casa en la que habitarán felices junto a los hijos que están a punto de nacer: un lugar perfecto, ideal de paz y concordia. Todo lo que rodea a la pareja es sinónimo de alegría. La anémona-casa que les cobija es amplia y el entorno perfecto para la habitabilidad. Cerca tienen, aparte de fáciles amistades, todo lo que necesitan para que la vida sea maravillosa tanto para ellos como para sus inmediatos hijitos, que contarán, incluso con un buen colegio situado como quien dice a la vuelta de la esquina. Hay que pensar en todo. Estamos en una comunidad perfecta de acuerdo a lo que se entiende como una sociedad honrada, digna, ajustada al derecho.

Claramente se puede comprender que lo dicho, aunque el filme se desarrolla en el mundo marino y sean peces los protagonistas, no es sino una proyección del mundo real, de ese en el que vivimos. Un buen mundo burgués ordenado y ¿feliz?

Condimentos iniciales propios para cocinar una comedia tiernamente familiar.

No hay tiempo para saborear la felicidad: en cualquier lugar, cuando menos se piense, surge el mal, agazapado esperando la bajada de guardia de la feliz pareja. Serán atacados sin piedad, destrozando los sueños. Y es que siempre, como tantas películas proclaman, hay que estar vigilantes. Una cara que representa alegría al darle la vuelta puede reflejar el terror.

La propuesta inicial de Buscando a Nemo no está tan lejos de la presentada en el comienzo de Tiburón, en La aventura del Poseidón o en el viaje maldito de Titanic. El cine y la literatura (o las conclusiones que se sacan de algunos hechos reales) desde normativas bíblicas nos sermonean sobre la necesidad de estar alerta siempre ya que las cosas pueden cambiar, alterarse en un plis-plas. El enemigo, el mal, nunca duerme. El cine americano ha sabido explotar este aserto en muchas películas. Una idea que late en el imaginario colectivo.

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En Buscando a Nemo el terror lo marca una barracuda que termina con la felicidad querida y lleva el filme al final de su obertura: sólo el pez payaso sobrevive al ataque junto a un huevecito perdido en el fondo de la casa. El antipático y feo pez asesino, se ha privado de devorar al pater familias y también, para que Marlín —que así se llama el pez payaso— no se encuentre solo, deja que pueda nacer el pequeño Nemo. No, no deja dos o tres o cuatro huevos entre los cientos que se le ofrecían, sino sólo uno. El preciso y necesario para que el pobre Marlín pueda tener un poco de felicidad y... de descendencia. Al menos le queda una pequeña esperanza de que su ascendencia continuará. Nemo es y será el futuro. Ahora lo que hace falta es protegerlo y educarlo.

Mientras Marlín mira el huevo del que nacerá Nemo en la pantalla aparece el título del filme.

Elipsis posterior para ver a Nemo, ya niño, dispuesto a ir a la escuela. En ese comienzo, donde se inicia la historia padre-hijo, asistiremos a la dañina relación entre padre-hijo, enquistada, probablemente, por la tragedia vivida.

Marlin quiere preservar a Nemo de cualquier peligro. Por ello le protege pero en exceso. Lo hace de forma obsesiva. Más que una relación amorosa padre-hijo es una relación de carcelero-prisionero. Nemo es cautivo del amor paterno. Se encuentra atado por unas cadenas que le privan de tomar decisiones, de poder realizar algo, investigar el mundo que tiene delante de él. Un ser convertido en dependiente debido a su superprotección. En esta relación, sin darse cuenta, Marlín también se convierte en prisionero de sí mismo.

La obsesión de Marlín por su hijo, por protegerle, se explicita en el mismo comienzo, en el instante en que el pececito queda atrapado en una parte de la anémona y el padre no le permite salir por sí mismo de esa situación. Se ve obligado a ayudarle. Así mal le puede ir a Nemo en la época adulta. No existe el pequeño, sólo su padre. Su intento de protegerle le lleva a la privación de la libertad, de la lógica exploración personal del mundo, de su mundo.

Hasta ahora el filme parece moverse en una línea empática-piadosa para que el espectador se apiade del desvalido Nemo, que, además, para que nada le falte, ha nacido con una (pequeña) deficiencia: una de sus aletas es más pequeña que las otras. Es un dato que le confiere una cierta anormalidad. Tal hecho, poco o nada justificado en el guión, no tiene otro objeto que señalar, marcar al protagonista. Su defecto más que una realidad se plantea como una metáfora personal por lo que su afán de lucha y de superación debe ser aún más difícil. Es por eso, también, por lo que varios peces, bien secundarios o con un cierto protagonismo, poseen ciertos defectos: al pequeño pulpo le falta un tentáculo, mientras que la charlatana Dori tiene un problema de memoria, siendo aún más marcada a lo largo de la aventura marina por medio de las heridas que recibe después de su paso por el espacio habitado por las medusas. También el pez jefe del acuario, por citar uno más, posee rasguños en su piel.

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Un filme didáctico

En la secuencia posterior al título, Marlín llevará a su hijo Nemo a su primer día de colegio. Una estupenda secuencia en la que se pasa revista a una mañana cualquiera en el arrecife donde habitan. Por allí se mueven los futuros compañeros de Nemo, los padres que les llevan a clase, el maestro-raya. La normalidad de un día en el agua no es más que una transposición de la vida en tierra.

La humanización —¿disneyana?— de los animales plantea una serie de metáforas sobre la existencia, sobre todo referidas a aquellas basadas en las relaciones familiares y en la educación. Y es que el filme, asentándose en ello, se va a erigir en una obra didáctica. Las peripecias de los protagonistas van más allá de la simple aventura al plantear una curiosa reflexión sobre las relaciones familiares y sobre la necesidad de aprender a vivir… en libertad.

Conocimiento y clase aplicada sobre el mar y sus habitantes. Datos que poco a poco se van dejando caer sobre especies marinas, su forma de comportase. Ello rodeando el gran tema del aprendizaje de unos personajes. El filme parece en todo un libro abierto sobre cómo mirar, ser y actuar. Sobre la necesidad de aprender a aprender.

El guión sigue directamente, de forma clara, su idea primaria, aunque se urdan trampas sentimentales. Muchas, y no solamente las citadas hasta ahora. Aun queda una más, muy jugosa desde el punto de vista sensiblero, y que es la que va a precipitar el desarrollo de la aventura.

En su primer día de clase Marlín siente la preocupación ante las experiencias que va a vivir Nemo. Y que van a estar fuera de su control. Cualquier cosa puede pasarle. ¿Cómo puede permitirlo?

Nemo debe liberarse de su padre, comprender que está sujeto a su enferma obsesiva tutoría.

Marlín aconseja a Nemo, desconfía del maestro, incluso de los compañeros que le van a acompañar. La perdida que ha sufrido Marlín (su compañera) es grande y piensa que estando constantemente encima de su hijo, haciendo y deshaciendo su vida, evitará que le pase algo.

Frente a una estructura que fácilmente podría desembocar en un torrente de lágrimas o buenos sentimientos, la historia en sus múltiples giros opta por lanzar lecciones desde un didactismo eficaz aunque elemental. No hay que olvidar que esta producción de Pixar-Lasseter ha sido dirigida por Andrew Stanton (en la ficha técnica aparece codirigida por Lee Unkrich, lo cual sin embargo no aparece suficientemente confirmado en los letreros de crédito), que ha sido también responsable como guionista y director, entre otras, de dos grandes películas de la productora, como son Bichos y Wall·E. A Stanton le corresponde el próximo año (es de esperar) devolver el sello de calidad a Pixar después del gran fiasco que ha supuesto Cars 2. Suyo, en parte, era también el guión de la tercera parte de Toy Story. La nueva película que ahora realiza (estreno verano 2012) toma de base una novela del autor de Tarzán y se titula Brave.

Buscando a Nemo cuenta con un guión preciso que posee notorias trampas pero fácilmente asimilables. La más contundente se centra en la (forzada) caída de las gafas del buceador, hecho que posibilita que los buscadores de Nemo puedan descubrir dónde ha sido trasladado, ya que en ellas —¡qué fortuna!— se encuentra escrita la dirección. Gafas que aparecerán y desaparecerán definitivamente cuando ya no tengan interés para la trama. Todo ello, claro, por exigencias del guión. El guión, a pesar de su contención, a veces estira demasiado ciertas situaciones, o las apaña y empaña como ocurre en la parte final que lleva a salir Nemo por el agujero del lavabo de enjuagues del dentista y su posterior encuentro con Doris.

Antes de la aventura marina se produce otro hecho trágico. Faltaría más. De esa manera se pondrá en marcha todo un itinerario conducente a la liberación del hijo y del padre: que el pequeño pueda aprender a vivir por sí mismo, mientras que el padre deja a un lado todos los miedos que le han mantenido preso durante toda su vida. Nemo y Marlín son algo más que unos peces payasos. Son peces válidos, normales y necesarios, capaces de relacionarse con los demás porque son como ellos. Forman parte de la sociedad y han aprendido a ser y a vivir, lo cual es mucho después de todo lo que habían pasado y pensado. Por si fuera poco hasta Marlín puede llegar a ser gracioso contando finalmente ese chiste que nunca había sabido contar.

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Algo más que una aventura marina

Marlín deja con temor (para él semejaría una especie de abandono) a Nemo en la escuela. Tiene lugar posteriormente un juego entre los nuevos compañeros para ver quién es capaz de alejarse más del arrecife, de la casa, de adentrarse en mar abierto. Ese hecho va a producir un lamentable accidente. Nuevamente la felicidad, el juego, el relajamiento, la despreocupación da paso a la tragedia. ¿Qué existe más allá de lo que se conoce? ¿Por qué no explorar el espacio inmenso fuera de los límites del mundo conocido?

El no salir a mar abierto, ante lo que allí pueda haber o encontrarse, lleva al enfrentamiento de Nemo con su padre (te odio, papá). ¿Desobediencia o simple manera de asumir la propia personalidad demostrando que se es capaz de realizar aquello que alguien piensa que no podrá hacer equiparándolo con una inutilidad? Ambas cosas se funden en esa decisión que, naturalmente, conllevará un castigo (Nemo es capturado por un buceador), lo que conduce a ambos (padre e hijo) a comprender que el mundo es más amplio que su pequeño espacio, debiendo abrirse (los dos) a una libertad responsable.

Al final del viaje de ida y vuelta arrecife-Sidney-arrecife, padre e hijo habrán aprehendido tantas cosas que sin duda sus conceptos sobre el aprendizaje y la convivencia familiar habrán evolucionado. Un trayecto que sirve para que padre e hijo conozcan el mundo que les estaba vedado y puedan en su relación con el exterior abrirse a múltiples experiencias y comprender cómo, desde ese momento, deben ser las suyas.

Lo que también conlleva la relación con los demás porque en el filme funciona la idea de trabajo o esfuerzo colectivo frente a la idea tan extendida en el cine norteamericano de la individualidad. Aunque, eso sí, que nadie se olvide, el mundo (cualquiera) es un enfrentamiento entre héroes y malvados. En el mejor estilo norteamericano. El filme se encarga de tipificar convenientemente ambos grupos y no solamente referido a los peces. Así existirán los pelícanos (no todos buenos), que no comen peces sino que son sus amigos, enfrentados a las malvadas gaviotas depredadoras.

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Los seres humanos se dividen en sufridores (los pacientes del dentista) y torturadores (el dentista y su sobrina), mientras que los animales marinos servirán de ayuda (y también de aprendizaje), como es el caso de las tortugas (ejemplar su forma de educar en libertad a sus hijos ante la sorpresa de Marlín), sembraran el terror (la barracuda, los abisales, las medusas) o se interrogarán sobre la voluntad de cambiar (los divertidos tiburones que quieren dejar de comer peces siguiendo la regla de los pasos que tanto utilizan, sobre todo los americanos, para superar los distintos tipos de adicciones. Otros animales marinos, como la ballena —en otro claro truco de guión, y no de los más afortunados— es utilizada para realizar de forma más rápida el transporte de Marlín y Doris hacia su objetivo.

Nemo, el pobre, a los pocos minutos de haberse iniciado el filme no es únicamente huérfano. También será secuestrado. De esa forma, la estructura de cuento infantil —y primordialmente disneyano— queda suficientemente remarcada. La madre muerta y el padre lejano, desaparecido o ignorado unido a unos niños perdidos o secuestrados por desobediencia de los padres son tópicos evidentes, máxime si los pequeños son encerrados en una jaula o en una casa de la que no pueden salir, con el fin de servir de alimento a brujas u ogros malditos. Historias que resumen cuentos como Blancanieves, Caperucita, Pulgarcito o Hansel y Gretel, sin olvidar, dentro del mundo Disney, Bambi, El rey león o Pinocho. De todas formas, y a pesar de ello, lo que debe quedar claro es que Buscando a Nemo no asume el didactismo corrector de inclusión social del personaje en el orden establecido, sino una lección basada en conceptos tan abiertos como la libertad y la comprensión.

El filme no sólo se mira en los cuentos infantiles, sino que también plantea un curioso juego con el propio cine, al tiempo que se permite ironizar sobre costumbres, formas o creencias. En este aspecto, habrá que hacer referencia a las reuniones de los tiburones para dejar su adicción a comer pescado. Secuencia que concluye con la dificultad que eso conlleva ante las primeras de cambio (el sentir sangre), pero cuya posibilidad se cierra en la última secuencia con su sumisa presencia.

O en los brillantes diálogos (si se creen los amos del mundo serán americanos), sin olvidar las varias referencias cinéfilas, además de las hitchcockianas referidas al comienzo de este artículo. Citemos la secuencia  del submarino y el torpedo (filmes de guerra submarina); Nemo pasando la prueba de fuego para ser elevado por el brujo de la tribu a miembro de la comunidad (momento que supone también un ritual de cambio personal); esquivar el paso (muy westerniano) por el desfiladero donde puede producirse una emboscada. El evitar tal paso (dando la vuelta en ese caso al tópico) conduce a un peligro mayor, como es el paso por un terreno minado, en este caso repleto de medusas.

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Dos acciones, una misión

En su inicio, el filme posee una estructura lineal siguiendo la historia prácticamente en su totalidad a través del personaje de Marlín. Es el punto de vista utilizado en esos momentos, salvo el pequeño instante posterior a la llegada de Nemo a la escuela. Marlín es la voz conductora y el referente de la narración. Sobre él se abre la película y desde su punto de vista se asiste a la captura de su hijo.

La linealidad se rompe con posterioridad al encuentro de la desmemoriada Doris, uno de los grandes aciertos de la película, siempre divertida y ocurrente, si salvamos la larga secuencia de la ballena con su repetitiva utilización del leguaje ballenil.

La conversión del relato lineal en alternante con dos puntos muy marcados de interés —centrados en lo que ocurre indistintamente al padre y al hijo— se produce de una manera brillante, después del episodio vivido por Marlín y Doris con los tiburones y los peces abisales. La alternancia-relación-unión entre las dos acciones se produce por medio de un personaje enlace: un pelícano. Inicialmente su aparición resulta incomprensible. ¿Qué sentido posee la aparición de tal ave? La explicación de tal aparición se efectuará posteriormente. Al aclararse el misterio de su presencia comprendemos con claridad su misión enlazadora de las dos acciones.

Al abandonar a Doris y Marlín y antes de ir a Nemo tiene lugar la aparición, en un plano de corta duración, del pelícano. Se deja a la pareja buscadora porque ya saben dónde se encuentra Nemo. El problema consiste ahora en cómo llegar al sitio para rescatar al pececito. La dirección a la que ha sido trasladado aparece casualmente escrita en las gafas del buceador-raptor, que cayeron casualmente al mar. Casualidades asumidas en función de la continuidad narrativa. Como también lo será que Doris, a pesar de que pierde la memoria, sepa leer y, eso sí, a pesar de sus olvidos, retener la dirección que aparece en las dichosas gafas.

El plano siguiente no salta, como era de esperar a Nemo, sino a un pelícano. Un plano muy breve, para después pasar a Nemo, que no sabe adónde le han llevado, hasta que descubre que se encuentra en una pecera, como le explican los peces que allí se encuentran, quienes con gran sorpresa descubren que Nemo procede del océano contaminado, pero al fin y al cabo símbolo de libertad, lo que contradice su estatus de peces nacidos y criados siempre en cautividad.

De cualquier forma el esquema se contrapone: Nemo, que viene de un lugar libre, no ha saboreado la libertad, mientras que ahora en un lugar en el que se encuentra encerrado aprenderá a saber lo que significa vivir en libertad. O mejor descubrirá lo que realmente significa ser libre.

El encierro de Nemo es el primer paso para ser sacrificado, lo que ocurrirá si cae en las manos de una horripilante (fea y además malvada) niña.

En la jaula donde se encuentra el pequeño pez payaso aprende varias cosas, entre ellas la importancia de la solidaridad y el poder de uno mismo para valerse o solucionar, sin ayuda o imposición exterior, una situación. Una gran lección que recibe en aquel lugar cerrado. Se produce, tal convencimiento, en una escena pareja a la que al principio había supuesto su pequeño aprisionamiento en la anémona. Su padre acudió entonces solícito para sacarle del pequeño embrollo. Ahora, en la pecera, nuevamente Nemo queda encajonado. Será el pez jefe, distinguido, solitario y marcado como tantos otros con unas heridas en su piel, más metafóricas que reales, quien impide que Nemo sea ayudado por los otros peces. Sus palabras son claras: “puedes salir por ti mismo”. Es el primer acto en el que Nemo sabe que es y existe. Supone también el proceso en el que inicia su crecimiento, rompiendo en cierta medida el cordón sobreprotector del padre. Le recuerda, claro, y le echa de menos, pero sabe que por sí mismo debe actuar si quiere ser él mismo. Hay diferentes formas de estar encerrado y no es el único el encontrarse en una pecera.

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Nemo es admitido desde ese momento en la pequeña comunidad, aunque antes debe mostrar su valor en una ceremonia grupal que supone el ritual de su paso a una nueva etapa y en el que recibe el nombre de Cebo, su apodo guerrero.

El incomprensible pelícano que fugazmente ha aparecido se descubrirá ahora como el punto de unión (ser libre que vuela y puede ir de un sitio a otro) en cuanto su misión de emisario y contacto entre el mundo de la pecera y el océano. En el primero se encuentran Nemo y sus compañeros, con los que el pelícano dialoga amigablemente desde la ventana, abierta al océano, de la consulta del dentista. En el segundo, el mar abierto, es por donde nadan Marlín y Doris al encuentro de Nemo. Lo malvado no se encuentra en tal ave, que a pesar de lo previsto no se alimenta de peces, ya que son sus amigos, sino en su deportista carcelero, el dentista que cree tener a sus prisioneros satisfechos por el hecho de tenerlos limpios y abastecidos.

El pelícano es un personaje importante tanto como transmisor de noticias (será quien conozca la aventura marina de Marlín y se la notificará a un incrédulo Nemo) como parte fundamental del encuentro padre-hijo.

A partir de la secuencia en que descubrimos a Nemo en la pecera, y los peligros que le acechan, la película alterna las peripecias de Doris-Marlín con las de Nemo y sus compañeros. Aquéllos para encontrar al pececito, éstos para ver la manera de lograr la libertad, en sintonía con varias películas centradas en el tema de cómo escapar de una prisión.

La estructura del relato es tan vieja como el cine. Dos historias paralelas emparentadas por la misma idea temática de llegar a tiempo a un lugar para salvar a alguien, lograr algo o cumplir una misión. No se está tan lejano del montaje paralelo de Griffith o de las peripecias de los interminables filmes de jornadas. El paso de un acción a otra se llevará a cabo con un interludio interrogativo, expectante en la línea del inmediato y sabroso “continuará”. Porque en esa continuación se llegará probablemente a la resolución de la trama a no ser que el nuevo episodio se cierre con una nueva situación inquietante después de haber resuelto la anterior. Aquí las situaciones no son una sino dos. Ambas se dan paso mutuamente en momentos clave. Hasta que lógicamente acaban uniéndose.

Hay soluciones de guión excelentemente tramadas para que la aventura avance manteniendo el punto de interés. Uno de estos momentos corresponde al encuentro de Doris y Marlín con las tortugas, no solamente en cuanto esa secuencia supone que Marlín reciba una lección sobre el aprendizaje de los hijos en libertad valorando sus posibilidades. Un momento esencialmente didáctico (alusiones a las corrientes del golfo, al cierre irónico sobre la edad de la tortuga) en cuanto centra toda la temática del filme en cuanto a educación, relaciones y libertad se refiere. También es una secuencia notable desde el punto de vista narrativo ya que el relato que realiza Marlín sobre su camino es propagado por los diferentes habitantes marinos hasta llegar al pelícano, quien a continuación trasmitirá la noticia a Nemo.

Buscando a Nemo es una película ocurrente, dividida en secuencias notables (el encuentro con las tortugas, los tiburones, el cegar el limpiador de la pecera, el episodio del banco de sardinas o el paso entre las medusas) y que posee unos efectistas y oportunos personajes secundarios.

Al final, la película (salvo el chiste trágico de los perdidos habitantes de la pecera encerrados en una bolsa en el mar) vuelve al arrecife donde reina, como era de esperar, la tranquilidad. El sitio ha recuperado su rutina y a ella se incorporan Marlín, Doris y Nemo, pero después de producirse un cambio esencial en sus relaciones. A lo largo de su caminar han aprendido a vivir, a respetar a los otros, a saber lo que significa educar y vivir en libertad.

Buscando a Nemo, con sus errores, una cierta propensión a lo sensiblero, es un buen divertimento lúcido y clarificador desde un planteamiento abierto y aventurero.

Escribe Adolfo Bellido López

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