Wall·E: la humanidad en peligro

  12 Septiembre 2011

A la búsqueda del tiempo perdido

wall-e107Es fácil criticar una mala película, resaltar sus defectos evidentes. Ante una obra maestra, la labor del crítico es mucho más compleja, porque las palabras siempre reducen el valor del arte auténtico y, sobre todo, porque una mera acumulación de adjetivos no haría sino resaltar la impotencia del crítico ante la obra contemplada (1).

Al final de Ratatouille (2007), la anterior película de Pixar, el crítico gastronómico se encerraba durante la noche antes de decidirse a escribir sobre lo que acababa de descubrir: se había enfrentado a la obra maestra culinaria, pero el creador era ni más ni menos que una rata. El crítico se veía obligado a reconocer que la realidad superaba su propia capacidad... y optaba por sumergirse en ella, aunque para ello debía renunciar al papel de crítico distante y alejado de esa misma realidad, a cambio de disfrutar de una cocina difícilmente repetible, qué importa quién fuera el cocinero.

Cine cine

Lo primero que destaca de Wall·E es la armonía y perfección en todos los detalles: desde la construcción de la historia, con sus distintos niveles de lectura, hasta el diseño de personajes, la animación hiperrealista y su voluntad de ser un cine para todos los públicos, en el que cada uno puede quedarse en el nivel que desee.

La estructura responde a la clásica división en tres actos: tras una presentación de la vida cotidiana de Wall·E solo en la Tierra, continuando impasible su titánica labor de limpieza, aparece Eva y esto cambia su situación inicial, llevándole a descubrir que hay algo más que recoger basura; el bloque central muestra el intento de seducción entre estos nuevos Adán y Eva, periodo que sufre un giro brusco cuando la acción se traslada a la nave espacial donde aparecen unos humanos reducidos a poco menos que vegetales; la tercera parte servirá para consumar la seducción, al tiempo que se produce un nuevo “amanecer del hombre” y éstos regresan a la Tierra que habían abandonado setecientos años antes.

Pero el argumento es sólo eso, la línea básica que conduce el relato, pero no la única, ya que las tramas se multiplican y todas ellas ofrecen historias de interés, entre ellas:

a) a la historia de amor hay que sumar la historia de amistad entre Wall·E y el insecto que le acompaña durante su monótono trabajo de limpieza (que remite a grandes títulos sobre la amistad, como Dos cabalgan juntos);

b) el robot que controla la nave y la vida de los humanos es un homenaje al Hal-9000 de 2001, una odisea del espacio, pero también aporta una reflexión sobre el control que las máquinas ejercen cada día más sobre todos nosotros;

c) incluso el pequeño robot obsesionado con la limpieza está definido con una riqueza de matices y realiza una aportación tan importante a la trama que es un ejemplo perfecto del modélico guión elaborado por los gurús de Pixar Animation Studios;

d) y, en fin, los humanos han quedado reducidos a esos amorfos seres dedicados al placer y el disfrute diario, incapaces de usar la mente, las manos o las piernas, de ahí que su cuerpo haya evolucionado en esos siete siglos hasta convertirse en marionetas inútiles manejadas por el ordenador central.

Y si el guión está cuidado hasta el último detalle, más impactante resulta la planificación, que nos hace olvidar continuamente que estamos ante una película de animación, o mejor dicho, demuestra que Pixar hace cine-cine, sin importar si filman con cámaras o renderizan con ordenadores, lo importante es concebir una historia y saber desarrollarla con imágenes y sonidos.

El realismo fotográfico obtenido durante toda la película (excepción hecha del papel de los humanos, pero a ellos dedicaremos un capítulo más adelante) se plasma en imágenes que parecen haber sido filmadas por cámaras, con sus múltiples focales (atención al uso de los teleobjetivos y la profundidad de campo), con unos movimientos funcionales, con una iluminación absolutamente realista... si no fuera porque sabemos que todo, absolutamente todo, es inventado, creado por los más de mil ordenadores que trabajan diariamente en cualquiera de la producciones de Pixar.

Como complemento a esa planificación extraordinaria, un hito que sólo había logrado hasta ahora Kubrick con su 2001: la película prácticamente carece de diálogos, excepto en la parte final con la presencia de los humanos, por lo que toda la historia es sugerida al espectador a partir de la fuerza de las imágenes y de una extraordinaria banda sonora concebida por Ben Burtt... y cuando hablamos de banda sonora nos referimos tanto a los sonidos, los ruidos, el lenguaje de los robots y, en último extremo, la música y los diálogos.

Sólo por el placer de disfrutar de una historia contada sin absurdos diálogos explicativos ya merece la pena ver el noveno filme de Pixar.

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Una técnica exquisita

Desde su irrupción en el campo del largometraje con Toy story (1995), John Lasseter y sus chicos de Pixar han tenido la habilidad de hacer cine animado, pero para todos los públicos.

Si bien en un principio se asocia la animación a los más pequeños, sus historias, con sus diferentes niveles de lectura, han permitido siempre que el público adulto se acerque atraído por temas que son de su interés.

De ello tomó buena nota su competencia directa, Jeffrey Katzenberg y sus chicos de Dreamworks, quienes dieron en la diana con Shrek y desde entonces se han limitado a repetir la misma fórmula por enésima vez (como demuestra cada verano la nueva secuela de Shrek o de Kung fu panda, tonterías con presuntos chistes, artes marciales y, en fin, una alarmante falta de imaginación).

Pero la diferencia entre el maestro y el simple arribista queda clara cuando comprobamos cómo lo que en Dreamworks es mera repetición de un acierto puntual, en Pixar es una evolución permanente y un desafío continuo. Así, es posible comprobar cómo la “gran aportación” de Kung fu panda es el cuidadoso trabajo con los pelos del animal protagonista... algo que Pixar ya había superado, con matrícula, en el año 2001, cuando animó con absoluta perfección a Sulley, el protagonista de Monstruos, SA.

Desde entonces, Pixar ha continuado investigando en las posibilidades de la animación, trabajando los fondos, la integración de personajes en su entorno, el empleo del color, el realismo fotográfico a todos los niveles y, en Wall·E, trabajan a fondo las texturas, gracias al enfrentamiento entre el robot limpiador (oxidado, envejecido, viejo) y la impecable Eva (limpia, inmaculada, con unos reflejos aún más difíciles de conseguir que los pelos del protagonista de Monstruos, SA).

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Una película didáctica

Pero no sólo a nivel técnico hay diferencias entre Pixar y toda su competencia, es en el ámbito de las historias que narra donde el abismo que los separa es, si cabe, más evidente.

Frente a tanta acumulación de gags con doble sentido, de canciones dejadas caer para vender la banda sonora y de anacronismos históricos que pretenden la risa a toda costa, Pixar opta por el rigor en la construcción de los guiones y, sobre todo, por abordar temas que puedan resultar instructivos a los chicos... y los mayores.

Dentro de setecientos años no existirá la Tierra tal y como la conocemos hoy, y tampoco existirán los humanos que hoy nos dedicamos a ensuciar nuestro entorno. Reducida a un gran estercolero la primera y convertidos en algo parecido a babosas, los segundos, sin apenas extremidades ya que no las usan, su evolución natural es el resultado del mundo que vivimos: hemos sustituido la protección del entorno por la dependencia de ordenadores, televisión y consolas, convirtiéndonos en seres pasivos rodeados de basura.

Alerta niños, alerta todos: tenemos que trabajar para evitar convertirnos en una babosa y para impedir que la Tierra se convierta en un estercolero inhabitable que nos obligue a lanzarnos al espacio en busca de cualquier otro planeta que habitar... y destruir. A eso se le llama hacer cine de concienciación, he aquí una película didáctica, que enseña valores positivos al espectador... y que no los grita. Simplemente el mensaje está ahí. Un ejemplo perfecto del cine que propone Pixar: diversión y concienciación van unidos en toda su filmografía.

Un repaso rápido a su obra nos permite comprobar que la idea no es nueva. Así, la defensa de la amistad, de la camaradería y del trabajo en grupo para lograr un objetivo común aparece en títulos como Toy story (1995), Bichos (1997), Toy story 2(1999) o Cars (2006).

La educación de los hijos es el tema central de ese viaje a la madurez que supone Buscando a Nemo (2003), de la que los padres debemos aprender que no siempre la superprotección es el mejor camino para lograr la felicidad de nuestros retoños. También la familia, que es defendida como concepto, aunque todos debemos aprender qué papel debe desempeñar cada uno para ser útil y respetado en el entorno familiar, es la protagonista de títulos como Los increíbles (2004) y Ratatouille (2007). Y, en fin, el afán de superación, la apuesta por mejorar el mundo en el que vivimos, es una constante en todo su cine, desde Toy story hasta Wall·E, aunque quizá sea en Cars y, sobre todo, en Monstruos, SA (2001) donde mejor se aprecia.

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Escuela de cine

El interés de Pixar por defender el séptimo arte es tal que hoy en día son prácticamente los únicos que continúan realizando de forma regular cortometrajes y, además, se preocupan de que estos pequeños trabajos se vean en los cines.

Así, desde hace años sus estrenos cinematográficos van precedidos de un corto de su propia cosecha, lo que sirve para que esas pequeñas obras experimentales tengan una salida comercial y, al mismo tiempo, recuperan una costumbre histórica ya perdida en la distribución comercial actual, tan preocupada por lograr el máximo número de sesiones diario: el programa doble, o mejor dicho, la proyección de un complemento antes de la película estrella de cada sesión.

El corto que acompaña a Wall·E se titula Presto y de él lo mínimo que se puede decir que está a la altura del propio largometraje. La relación entre un mago excesivamente vanidoso para admitir la importancia en su número del conejo que ha de salir de la chistera da pie a un continuo juego del gato y el ratón, en el que durante unos breves pero brillantes minutos asistimos a todo tipo de tropelías que remiten al mejorcartoon de la Warner, con Tom y Jerry, Correcaminos y el Lobo, o Silvestre y Piolín a la cabeza.

Un gran trabajo que, suponemos, sirve de ejercicio de aprendizaje para los técnicos de la casa, pero también de banco de pruebas para ideas, conceptos y diseños que seguramente aparecerán en futuros largos. Presto también es, en su género, una obra maestra.

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Homenajes de película

Casi una parte consustancial al cine de hoy es la presencia de secuelas, remakes y citas a filmes anteriores. Una costumbre que en algunos casos no pasa del mero oportunismo y en otros se limita a un juego mimético y que finaliza en sí mismo.

Para Pixar, los homenajes (tanto a cine como literatura) suelen jugar un papel algo más importante y, de hecho, pueden estar tan encubiertos que incluso lleguen a pasar desapercibidos, como en el caso de Bichos, un imaginativo giro a la trama Los siete samuráis o quizá de su remake americano, Los siete magníficos.

Toda la parte inicial de Wall·E podría ser un ingenioso giro a Soy leyenda, donde el único humano superviviente ¡es un robot! Precisamente el diseño de este robot remite sin disimulo a Cortocircuito, y su abandono en la Tierra recuerda a ET, el extraterrestre. La comedia central, con el intento de seducción entre robots, combina momentos del más puro slapstick con otros propios de cualquier película de adolescentes. Mostrar los últimos vestigios de la humanidad salvados en una nave bien podría ser una referencia a Naves misteriosas, con un curioso chiste: aquí también se salvan a los vegetales... aunque los vegetales son los propios humanos. Y su parte final, con la presencia de los humanos sometidos, contiene ecos de títulos como Un mundo feliz, 1984 o La fuga de Logan.

Pero es 2001, una odisea del espacio la película que juega un papel crucial en la concepción de Wall·E. Ya hemos hablado de la similitud en su construcción, con la ausencia de diálogos en gran parte del metraje, pero hay más: nuestro protagonista realiza un viaje a través de su propia “puerta de las estrellas”, aunque en este caso lo hace cogido al exterior de una nave como buenamente puede; hay un vals en el espacio, aunque no son naves, sino robots, los que se mueven al ritmo de la música... y de los impulsos de un extintor de incendios; hay un robot cuyo diseño es idéntico Hal-9000, el “gran ojo” que todo lo controlaba en la película de Kubrick; también este robot se rebela y debe ser “desconectado” para que el ser humano de un paso decisivo en su evolución.

Y, finalmente, está la utilización de Así habló Zarathustra, la música de Richard Strauss que Kubrick utilizaba en la primera parte de 2001 para señalar el “amanecer del hombre” tras descubrir la violencia y el uso de las armas. Aquí, ese tema también es usado para contar un nuevo amanecer del hombre, pero en este caso cuando se atreve a dar un primer paso, a valerse por sí mismo tras siglos de verse reducido a poco más que un vegetal.

Un ingenioso giro que a algún miembro de la redacción de Encadenados le cabrea por considerarlo demasiado evidente, pero no es un giro gratuito, porque enlaza con el papel que Pixar ha reservado en su cine a los seres humanos...

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¿Humanos en el cine de Pixar?

Al margen de las dos películas de Pixar en las que los humanos no tienen ninguna presencia física (Bichos y Cars), en las otras siete películas su papel es reducido, a veces casi anecdótico, pero en todas ellas guarda una característica común: los humanos no tienen aspecto humano, sino que son feos, deformes y, como mucho, remiten al cartoon clásico... y ese aspecto no es sino el reflejo del alma.

La idea no tendría más importancia si no fuera por su desajuste con el resto de personajes de las películas (juguetes, monstruos, peces, ratas, robots), personajes que alcanzan un realismo impactante. ¿Por qué entonces los humanos reciben un trato especial, un diseño menos realista?

Repasando su filmografía se advierte que ya en las dos partes de Toy story los humanos eran caprichosos y egoístas con sus juguetes, a quienes acababan abandonando cuando crecían (si no es que decididamente optaban por desmembrarlos y lanzarlos con cohetes, como simple pasatiempo). La niña de Monstruos, SA empieza siendo precisamente el único monstruo de ese mundo paralelo en el que transcurre la acción, aunque acabará como portavoz de un mensaje mucho más positivo: la risa es más importante —y genera más energía— que los gritos y los sustos. Los superhéroes de Los increíbles han quedado reducidos a meros funcionarios que han de ocultar sus poderes en un mundo más pendiente de la igualdad —mejor dicho, de la uniformidad— que de valorar los rasgos diferenciales de cada uno. El dentista y su sobrina en Buscando a Nemo, que son vistos como auténticos psicópatas, acentúan la idea de la falta de humanidad de los humanos; algo que se prorroga en el crítico gastronómico de Ratatouille (con un aspecto inspirado en el Nosferatu de Murnau) y que culmina en los humanos ya definitivamente deformes de Wall·E.

Si el final de Ratatouille ya aportaba una cierta humanización del crítico (que elegía abandonar su fría profesión para disfrutar de la impagable comida que le puede ofrecer la rata-chef en su nuevo restaurante), es en Wall·E donde parece que Pixar apuesta por la definitiva “humanización” de un hombre que, por fin, toma conciencia de que ha de abandonar el camino de la “comodidad infinita” para recuperar su propio aspecto, su razón de ser y su hogar.

En este sentido, Toy Story 3 aporta algo de luz: el final de la película nos ofrece a un Andy ya crecido, que va a marcharse a la universidad y que ha aprendido, ha madurado... aunque ese aprendizaje signifique separarse de los juguetes que le habían acompañado en su infancia. Al fin y al cabo, pese a que le duela, ha descubierto en su madurez que los juguetes han de tener su propia vida... y ésta pertenece al mundo de la infancia, de ahí que acabe regalándolos a una niña que los hará vivir de nuevo.

Los humanos, después de tanto tiempo, hemos aprendido a vivir y dejar vivir... y hay que ponerse manos a la obra para recuperar el tiempo perdido. Curiosamente, Cars 2 parece ahondar en esta idea: ahora son los coches quienes se comportan como humanos (incluidos los agentes secretos, las conspiraciones mundiales, la ecología...) y son ellos quienes viven todas las aventuras propias de humanos... aunque sea de los humanos en el cine.

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¿Crítica, qué crítica?

Como al final de Ratatouille, el crítico cinematográfico debe meditar un tiempo antes de decidirse a escribir sobre lo que ha disfrutado. Puede pasar sobre el cine de Pixar de puntillas, como un pasatiempo más, y considerarlo una “simple película de animación”, o intentar descubrir qué se esconde tras la amable apariencia de una película como Wall·E.

Como el crítico de Ratatouille, este cronista reconoce que la película supera su propia capacidad y ha optado por sumergirse en la “realidad animada de Pixar” y disfrutar de ella: reír, llorar, emocionarse con una historia, reflexionar, aprender... son experiencias que hacía tiempo que no vivía en una sala de cine, aunque para ello haya que renunciar al papel de crítico distante y alejado que se le supone a un cinéfilo serio.

Escribe Sabín


 

(1) Esta crítica fue publicada en Encadenados en verano de 2008, con motivo del estreno de Wall·E en los cines españoles. Con algunas pequeñas modificaciones la incorporamos también al monográfico de Pixar en verano de 2011.

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